Uno de los lugares comunes más visitados entre el mundo de la crítica musical, aunque perteneciente por su definición al ámbito de la publicidad, es el del artista o grupo resucitado; lista en la que se podría inscribir The Decemberists desde el lanzamiento de The King is dead (2011), saludado en su momento como una saludable vuelta a las raíces del folk, descripción también bastante socorrida por lo general con la que más de uno se gana el jornal y la tranquilidad.
Hará cosa de un año la banda liderada por Colin Meloy publicaba un estimable disco, «What a terrible world, what a beautiful world», en el que tenía cabida una diferenciación respecto al anterior: sonaba más auténtico, y por ende más emocionante, con unos postulados que en determinados temas alcanzaban notables grados de belleza.
Recientemente (octubre de 2015), tras el barbecho de rigor, que no deja de ser una idiotez en un sobresaturado mercado incapaz de comprender qué entra y qué sale con claridad, o en honor a esta, qué hay, aparece el epé Florasongs, compuesto por cinco temas. La sospecha, por tanto, ha de sobrevolar el mismo a causa del escaso tiempo transcurrido en el entretanto, más aún si se atiende a la carátula que lo sustenta: estampa a modo de tapiz, que, casualidades, evoca la misma cromática del What a terrible world. Así pues, ¿estamos ante un ejercicio oportunista de la banda (o bien de su productor) antes de lanzarse a la creación de una nueva criatura? Nada de eso, se trata de, con todo el descaro del mundo, colocar unos cuantos descartes que en su día no tuvieron cabida en el álbum, ahora unificados como mero apéndice. Pero, llegados a este punto, ¿tiene algún sentido artístico esta maniobra?
Recientemente mi compadre Javier Arnedo publicó una alucinada y estimulante reseña del segundo disco de descartes de Crudo Pimento. La diferencia con el aquí tratado estriba en que, además de reconocerse en cuanto tales, dichos descartes son piezas que naufragaron de una publicación primigenia y, transcurrido un tiempo, el creador observó que volvían a flote como pecios; es decir, que tenían un valor innegable aunque hubieran quedado fuera del disco, y en consecuencia eran dignas de tener una visibilidad antes negada.
Esto en modo alguno sucede en Florasongs: las canciones que lo integran, además de sobrar en el disco, sobran en sí mismas, adoleciendo de una debilidad compositiva que no soporta una mínima comparación con las de What a terrible world: Why would I know? intenta sin éxito dialogar retóricamente acerca de la pérdida amorosa, amén de ser una emulación poco afortunada del Neil Young de Harvest, The harrowed and the haunted reivindica el poder de la balada sureña con resultados sonrojantes (There is amber in the embers/there are riches on the reef (?)), Fits & Stars es una de las últimas bromas a las que nos acostumbra Noel Gallagher. En definitiva, canciones con toda justicia desterradas en un principio, habitantes momentáneas de un olvido del que nunca debieron haber regresado.

