Un muerto que, más o menos, vivía

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Arruga el morro. Se encoge de hombros. Es el portero. Es casi tan ancho como alto. Literalmente, cuadrado. A su lado, un armario empotrado que lleva el dobladillo de los pantalones a la altura de la espinilla, se ríe de sus propios chistes. Es de ese tipo de personas. Le agarra de los hombros. Dice: ¡¡Es un cachondo, es un cachondo!! Él sigue con los hombros encogidos. Los suelta y me suelta: A mí me da igual, no voy a tener problema para encontrar otro curro. Hace unos segundos le pregunté si el cierre de Sala B le dejaba en el paro. Ya es de día.

Me giro. Bajo el escalón y me acerco a la fila de coches. Me apoyo en un coche azul. Creo que es un Ford Focus. También creo que voy a potar. Me viene a la cabeza el diálogo que he tenido con Fafi y Checo hace siete u ocho horas. Alguno de los tres dijo: ¿Vamos a ir a lo de Sala B? Otro dijo: ¿Qué hay en Sala B? El primero respondió: La cierran, tío. Esta es su última noche. Se va a petar. Otro ha dicho: Pues vamos, pero es un poco hipócrita no haber ido en tres años y aparecer en su funeral. Otro ha lapidado: No, si yo voy por eso, voy a escupir en su tumba. Recuerdo que, al rato, el Fafi dijo que había ambiente en el centro de Murcia para ser 15 de julio. Eso solo podía significar una cosa: el centro de Murcia estaría más muerto que Manuel Fraga.

Esta semana, el cierre de Sala B ha surcado Facebook. La mayoría de mis conocidos ha reaccionado con una especie de sorpresa desbravada. Todos sabíamos que Sala B iba a chapar. La cuestión era cuándo. Quiero decir: las últimas tres veces que he ido, se respiraba allí el mismo ambiente de fiesta que en un día apretado en Sachsenhausen. Entrabas y oías el chasquido que los camareros se sacaban de la boca. Justo ahora –parecían decir– que íbamos a sacar el Scattergories. El rollo es que, esta noche, Sala B ha estado petada. Creo que en otras condiciones podría sacar alguna conclusión de lo que eso significa. Ahora no. Me limito a sonreír como si hubiera bebido litros de amargura. Es triste, susurro.

La única batalla musical que los de mi generación no podemos ganar –o, al menos, plantar cara– a las generaciones anteriores es la de los garitos. Resulta frustrante hablar sobre Mariano de Rojas con alguien de 35 años. Tú abres la boca pensando que hubo un tiempo –más o menos desde 2008 hasta 2012– en que aquello era el Soho. El otro, canoso, resabiado y con unas New Balance en los pies, te explica que lo que tú has vivido en Mariano de Rojas se parece más a las fiestas de Gebas que a una calle en la que es factible cruzarse con Mark Arm. Así que lo de Sala B y lo de Mariano de Rojas –convengamos que este garito era el más simbólico y representativo de lo que se ha cocido en la avenida en la última década– viene de lejos. Ha sido una muerte lenta. Hay mil razones: la puta crisis (que, por cierto, a fuerza de convertirse en algo crónico está dejando de ser una explicación de nada), más movimiento en el centro, menos conciertos que obligaran al público a desplazarse a las afueras de Murcia, Mendoza, que seguro que tiene algo que ver…

Hago reconocimiento de fuerzas. Creo que seré capaz de mantener mi propio peso. Sí, lo consigo. Me acerco al puesto de las pizzas. Me apoyo en la barra. Miro al tío de las pizzas. Él me devuelve la mirada. No sé por qué, ni siquiera me pregunta qué quiero. Se ríe con amargura. Le pregunto que cómo lo ve. Se encoge de hombros. Especifico: ¿Cómo ves el cierre de Sala B? Me contesta con ternura, como si se hubiera dado cuenta de que soy tan gilipollas que le acabo de preguntar justo eso. Me siento gilipollas perdido. Él sigue. Me suelta: ¿Cómo lo voy a ver? Cierra Sala B y cierro yo. No hay más. Está limpiando el mostrador. Le pregunto que por qué no monta el puesto en el centro. Termino la frase y me doy cuenta de que todavía puedo ser más gilipollas: se lo pregunto como si él no hubiera pensado en todas las putas alternativas. Niega con la cabeza. En el centro no, en el centro no. Esta noche cierro, dice. No me explica por qué. Suelta la espátula y, con las manos, hace ese gesto que quiere decir que algo ha acabado. Esta noche cierro y me voy al paro, dice.

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Lo peor de Sala B es que hace mucho tiempo que dejó de ofrecer nada. Nada que no fuera el pack Extremoduro-calimocho-Marea-calimocho-LaFuga-calimocho-Rulo. Nada que te pudiera sorprender lo más mínimo una vez que se ha jubilado el primer futbolista que te provocó espasmos de felicidad. Nada que te pudiera interesar lo más mínimo una vez que entiendes que no hace falta escuchar heavyungaunga para situarte en la trinchera opuesta al reggaetón. Sala B fue la última parada de esa secuencia de bares que pretende hacernos creer que los Stones son Start me up y Satisfaction, que Tony Iommi solo se inventó el riff de Paranoid y que Jim Morrison solo escribió Break on through. Se convirtió en una auténtica meca de la homogeneización del rock -adiós a cualquier acepción del término contracultura- y a sus peores clichés. Tuvo la extraña facultad de convertirlo todo –TODO– en tópico. Joder, hasta mi colega Perico y yo rajando de la música y pidiendo una de Lou Reed nos convertimos en un tópico.  Con este panorama, su localización acabó siendo letal: en el centro tienes lo mismo y no tienes que cruzar ningún desierto. Las cuentas dejaron de cuadrar hace mucho. Así que sí, es una mierda que chape cualquier garito en el que había conciertos, pero hay que ir más allá: Sala B terminó significando lo mismo que Axl Rose al frente de AC/DC. O que el PSOE. Maquillaje mínimamente progresista que esconde lógicas conservadoras. Gato por liebre.

Así que le doy ánimos al tío de las pizzas y me despido y vuelvo a la sala. El sol está empezando a picar. Me encuentro con Lucía en la puerta. Al unísono, nos decimos: ¿Nos vamos? Nos vamos. Pillamos un taxi. El taxista pregunta si había ambiente. Lucía dice que la sala estaba petada. El taxista repite: Ya ves, estaba petada, estaba petada. Yo digo: Estaba petada, pero…él me interrumpe: estaba petada, estaba petada. Parece satisfecho. Yo abandono la conversación y me concentro en no tapizarle los asientos de falafel.

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