Joshua Redman en el Festival Internacional Jazz San Javier: «Paz, amor y música»

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Hoy he soñado que se me caía la piel. Lo recuerdo mientras escruto la vejez en las arrugas de mis manos. Por ahora no temo a la muerte, sino cómo acercarme a ella. La germana me dijo antes de llegar a España que nos pegaríamos un «festivalaco». Como siempre que se emociona, gritó. Yo, por precaución, miré el cartel. Me gustó, pero solo me emocionó pensar que lo compartiríamos. «Ya has venido muchos años, ya estás viejo como para que solo te emocione la música sin relacionarla con la vida», me dije. Mientras la germana estuvo triste, todos los conciertos fueron mediocres. Hoy Joshua Redman Quartet se enfrentaría a ella sin saberse en una encerrona.

Por primera vez, los músicos entran juntos. No hay paripé, no hay teatro. Tras el aplauso de bienvenida, Joshua se sonríe, se moja los labios como una jirafa rebañándose los dientes y se mete el saxo a la boca. Con absoluta ligereza hacen la primera gran intro del Jazz San Javier. El público mancha hasta el asiento. Han llevado el jazz moderno al templo del jazz clásico como el año pasado lo hiciera Brad Mehldau o al otro Triosence. Es complicadísimo tocar dos acordes sin  que te tachen de simplista. Se precisa una intención y un tema que, efectivamente, empapa toda la obra del «hombre rojo». Solo hacía falta esto. Bueno no, esto es un ejemplo muy superior de hasta dónde puede llegar el jazz sin repetir las mismas puñeteras ruedas. Y es que no son tantos los que se atreven a salirse de ese camino y Joshua lo cabalga agarrado a la crin de un cimarrón desnudo.

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Nos hemos sentado tan escorados que ni siquiera vemos que el batería viste falda. Se debe a que hay dos niñitas muy monas en los asientos centrales. Mientras Joshua se desgañita, pasea o se saca sonidos marcianos para un saxo, ellas discuten sobre la importancia de llevar bien abrochados los zapatos y sobre Dios sabe qué, pero tanto les va la vida en ello que gritan y gesticulan más que Mussolini en un balcón. Estoy seguro de que les ha calado más que a su padre –que las ha abandonado dos filas más atrás, junto a mí, mientras él echa fotos–. Mueven las piernas al ritmo de la música. Ojalá nunca dejen de abrocharse bien los zapatos y mañana siganjoshua-redman-festival-jazz-san-javier sabiendo bailarlo. Es curioso porque lo que han montado es tan complejo que yo a penas veo tempo y ellos están aún están viajando por el espacio en una dimensión distinta. No hay fórmulas gastadas, no hay repeticiones innecesarias, no hay séptimas de más pasando por novenas de más, no hay más virtuosismo del debido ni ápice de patanería: solo genialidad+alegría+elegancia. Tocan Sweet Caroline, Kalypso (“with K”) y cuando Joshua acaba de solear se aparta por detrás de la batería porque sabe que en medio acapara una atención que no merece.

Cuando algo suena realmente bien, mi cuerpo, predispuesto, admira el alrededor. A la luna que en cuatro días conectará con millones de mujeres. A la única nube que hay en el cielo y avanza lentamente hacia ella. Es un fenómeno extraño. Solo con una referencia o entre nubes es posible apreciar su velocidad y violencia. Como, para mi desgracia, no todo en esta vida está sujeto al símil, solo me imagino que ocurre algo parecido en el cuarteto de Joshua. Nosotros los vemos moverse a toda velocidad y escupirnos toneladas de aire, pero sus revoluciones son infinitamente más bajas. Ellos pueden respirar dentro de la nube, a nosotros nos pasa de largo. Dios Santo, ¡se les puede oir! Joshua usa un micrófono de condensador que recoge el sonido de todo el escenario. Así, cuando se aparta y deja a Joe Sanders (contrabajo) soleando se le oye cantar las notas, tomar aliento, soltarlo, gemir y exhalar aliviado. Es tan bello como aquello que propugnaba Pina Bausch en su danza-teatro. La respiración es parte de la danza. El esfuerzo físico, el aumento de la intensidad. No hay acto más necesario que respirar cuando se trata de dejarse la vida en un escenario.

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¿Ya está?, se pregunta la germana. Se van. Jorge Rossy (batería) que me ha estado destrozando el cerebro plegando y replegando el tiempo durante todo compás, se va; Kevin Hays (piano) declarándole amor a cada acorde, haciendo las veces de Brad Mehldau, se va; Joe Sanders, un tío al que le sobran dedos, se va; Joshua, con su falta de miedo a medio cerrar llaves, a ensuciar octavas sobre octavas, a tocar lento, a tocar rápido y a dejar el escenario en silencio, se va. Nosotros acabamos tirados en la arena. La germana mira a la luna, yo al mar. Me pregunta que por qué me he quedado tan callado. He encontrado la paz, respondo.

Fotografías de Elisa Blanco

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