Ludovic Beier Trio y Myles Sanko en el Festival Jazz San Javier: «Los solitarios caminan solos»

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El verano es un tiempo de paz. Paz para pensar y paz para hacer aquello que se había pensado hacer: ese viaje a Islandia, aprender a tocar la guitarra, hacer escalada, apuntarte a un curso de buceo, abandonar a tus hijos con tu suegra, ir a practicar tu escritura en el festival de Jazz de San Javier… Eran las 21.15h cuando recogí al cubano para ir a casa de su madre, tomarle prestada una cámara compacta e ir a toda hostia por un camino desconocido hacia el Auditorio Parque de Almansa. Llegaríamos más de media hora tarde por una carretera llena de baches y cambios de rasante en mitad de curvas. Descubriríamos que la advertencia de la Consejería de Sanidad sobre la inminente plaga de mosquitos tigre era cierta. Al llegar llenos de cadáveres y sangre sobre nuestra piel, gastando toda la gasolina que se gasta haciendo 50 km (ida) – 50 km (vuelta) de madrugada, al escribir para 30 personas que no te reconocen nada, al decirle a un periodista que estás cubriendo el festival y se ríe de ti en tu puta cara, pasa que entras a la zona de prensa y, donde has disfrutado 2 años, empiezas a pensar que esos hijos de puta (fans, abonados, familiares de, amigos de, listos) que tienen mejores sitios que tú donde pone PRENSA merecen un par de hostias, que te mereces por la simple y mera promoción de este evento una mísera cerveza, o ni eso, que puedas meter una mísera cerveza de 20 céntimos del chino y que no te la metan al abrir la boca para pedir. Piensas que buscabas paz y que cada día que pasa y que esto no sirve para nada es un triunfo para los periodistas que se ríen de ti cuando les dices que estás cubriendo el festival (a saber cómo mierda quieren que llamemos a escribir de un festival). Pienso, sin paz y con rabia, que como esta noche me vuelva a tragar otro concierto mediocre no vuelvo a pisar este auditorio. No quiero gastar más gasolina, ni quiero más sangre de mosquito, ni más noches de vuelta y frío en la moto. Pero veo a Kiko Asunción y me acuerdo de sus palabras mientras me sonríe: «No hay que rendirse, vais por el buen camino, y para lo que necesites aquí estamos nosotros que ya hemos pasado por eso». Relajo los hombros. Respiro.

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Llegamos a la cuarta canción de Ludovic Beier Trio & Costel Nitescu con la lengua fuera. Mal. Me centro. ¿Qué estoy viendo? ¿Qué estoy oyendo? Hasta llegar a recobrar la consciencia y el oído, solo oía notas a todo copón. Ahora que atiendo escucho polifonías a todo copón, notas octavadas con una maestría difícil de apreciar. Pero ahí están. La velocidad parece solo una necesidad del estilo, aunque en Ludovic Beier (acordeón) es algo más. Es trascendente verlo dirigirse como un caballo cegado por el sol al acantilado y no morir de fatiga antes. Antonio Licusati (contrabajo) maneja ese galopar como si hubiera pasado una vida entera espoleando a un regimiento. No le hace falta pasear sobre el mástil. Engancha cada nota con ritmo más que con acierto. Y mientras tanto, el tamborilero, que en este caso es Doudou Cuillerier (guitarra manouche), que va haciendo la pompa, no precisa del rasgueo veloz del gypsy-swing. Están transformando el estilo y adecuándolo a un trío poco convencional con roles intercambiados. De repente, el guitarra, se arranca a cantar casi con la misma velocidad que el acordeón creando uno de los momentos myles-sanko-san-javiermás excitantes de la noche. Para cuando queremos darnos cuenta, Beier está contando que una gitana va a comprar vino y patatas a la ciudad. Una canción de amor, apostilla. Y ahí es cuando, después de todo el tiempo que Costel Nitescu (violín) ha estado tocando, se aparece la esencia gitana desbocada, no en temperamento sino en el desasosiego del sentimiento. Miro a Elisa y al cubano; a ella no le tira el gypsy, al cubano algo más, ambos tienen la mirada desencajada.

Acaba. Elisa dice que no ha estado mal pero que se esperaba más. Yo esperaba haber podido escuchar más. Le toca a Myles Sanko. Otra de esas concesiones que hace el festival. Espero que no se equivoquen. Mientras empieza–no empieza huelo un perfume extraño. Suave, dulce, embriagador. Miro alrededor. No veo a nada ni a nadie. ¿Será Sanko? Primero sale la banda –como siempre–. Luego, un tío embutido en un traje italiano de corte alto, zapatos marrón claro y una barba perfecta. Myles, como sabrán, es negro, bajito y canta de puta madre. ¿Por qué dicen que es la nueva sensación del soul europeo? Tratemos de desentrañarlo en base a un concierto –cosa complicada–. Myles es elegancia extrema, pero no de la impostada. Es la delicadeza en los movimientos. Va cantando en progresiones extremadamente lentas y a su vez camina pasito a pasito. Con ritmo, con fuerza, pero sin dejar huella en el suelo. Canta con una dulzura que en el soul apenas existe. Quizá esa sea su baza, pero falta algo más: carácter, rabia, tristeza, emoción visceral que no se pueda comedir. Sin embargo lo hace tan bien que no puedo esgrimir un mal gesto. Dice: «This is soul music, soul sang to the heart». Levanta al público. Todos cantan: «I need you more than you know». Too typical, pero, ¿y qué? A todos y cada uno de ellos les ha dicho algo en su interior. Transmite una energía complejísima, invisible al ojo. No me gusta, no me gusta una puñetera mierda su música, pero quiero que siga tocando y cantando, de algún modo estoy enganchado a lo que ha creado.

Si Sanko reivindica algo es el concepto de «llevar a una banda detrás». Se ha pasado la mitad del concierto en la boca del escenario, a unos 7 metros de sus músicos. Entiendo que es una banda de concierto. Nadie destaca ni lo desea. Los vientos que lleva consigo le arreglan sin molestar. Ojalá molestaran porque entonces, además de con el público, la comunión sería con su banda.

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Sigo oliendo una colonia suave. Debe de ser Sanko. Embriagado de ella cojo al cubano y nos vamos a una playa virgen. Por el camino unos solitarios caminantes pasean a distancia prudencial unos de otros en total oscuridad y silencio. Quizá sea el ritual de la sodomía en paraje salvaje. Nos sentamos a beber, a escuchar música. Estamos bailando como cuerpos poseídos. Le espeto: «Joder, qué asco me da la música de Sanko pero qué bueno que es el hijo de la gran puta». El cubano me grita que sí, joder, que es un maldito profesional, que ha hecho lo más difícil: escarbar en cada uno de los presentes y llevárselos consigo. Seguimos bailando, escuchando lo que nos gusta escuchar, bebiendo lo que nos gusta beber, congelándonos con los pies y las ropas mojadas, sabiendo que a la vuelta nos esperan más cadáveres de mosquitos, más oscuridad, más dolor. La semana que viene volveremos porque, por mucho que nos joda pagar por desarrollar un trabajo, no hay Dios que nos quite algo que la pobreza nos ha dado: la pulsión por intentarlo con aquello que nos salva la vida y nos mata. Santini Rose nos lo recordó el otro día en boca de Caitlin Moran: «Los pobres pueden escribir. Es de las cosas que la pobreza, y la falta de contactos, no puede impedirte hacer».

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Fotografías de Elisa Blanco

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