Ignasi Terraza y Keb' Mo' en el Festival de Jazz de San Javier: «De premios y consuelos»

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Todos los años el Festival de Jazz de San Javier trae algo distinto, fresco y atrevido. Me gustaría pasarme un texto entero rimando, pero no dejaría de ser algo tonto y aburrido –mierda–. Bueno, no sé qué tengo yo con los premios del festival que siempre me parecen desacertados y no sé hasta qué punto son un agradecimiento al continuo paso por el Auditorio Parque Almansa. Este año le tocaba a Ignasi Terraza, y como si esto fuera una rima, salió solo por ripio. Pobre Ignasi, que mientras firmaba discos lo echaron porque el siguiente concierto debía comenzar. Si este es el fantástico jazz que se promociona en la patria y si los que lo premian son los mismos que patean a sus premiados mientras reciben los merecidos vítores, habrá que darle la vuelta otra vez al chiste que contó el pianista: «Para salirse en la música española solo existen tres vías: tierra, mar y aire». Fijaos qué casualidad, en San Javier se dan todas.

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Yo, un joven que no tiene ni idea de jazz, tampoco voy a decir que Ignasi Terraza no merezca tales honores. Lo que sí está claro es que su concierto del pasado viernes no. Fue un jazz aburrido, típico y carente de ritmo. Ni Steve Pi (batería) ni Horacio Fumero (contrabajo) engrosaron el trabajo de Ignasi que por encorsetado aburría. La gran esperanza estaba en Ronald Baker (voz y trompeta) que mostró graves carencias en su voz a pesar de los hermosos vibratos con los que finalizó cada una de sus canciones. La sorpresa vino de mano de Gabriel Amargant (saxo) poniendo el riesgo a pesar de su corta edad y por tanto experiencia, pero alzándose sobre el propio Baker. ¿Menos es más? Quizá para otros tríos. Quizá el excesivo clasicismo de aunar piano, contrabajo y batería una vez más, y todas las que nos quedan… Sin escapatoria.

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A veces ocurre que las mejores bandas viven en nuestro país e incluso en nuestras ciudades. En Murcia sin ir más lejos tenemos a Bosco, Crudo Pimento, Garaje Florida y Second. Para el público y la organización del Jazz San Javier una de las estrellas es el catalán Ignasi. Yo me siento tan fuera de lugar como cuando estoy entre fans de Second: veo un proyecto conformista que si dice de ser más indolente se convierte se convierte en estatua de sal. Y luego está el alcalde trazando un discurso triunfalista: «El Jazz San Javier es el epicentro de la cultura». Coño,  aunque todos le tengamos un respeto y un cariño enorme, siempre hay que guardar algo de humildad. El concierto llega a su fin. Ignasi tiene una simpatía primorosa que demuestra cuando espeta que no recuerda cual es el bis. Habla para intentar acordarse y saca carcajadas al público. De repente se arrancan con un tema que me calla la boca. Algo completamente arriesgado. La batería da sentido a todo y el resto se complementa por primera vez. Me están levantando del asiento, a mí y a todos. Joder, ¡qué lástima que solo sobre la lona sean capaces de revolverse!.

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Cuando echan a Ignasi del procenio, sale Keb’ Mo’. Honestamente, ni lo había escuchado. Sale con un dobro en formato ¾ de estética Les Paul enganchado al hombro. Esto, esto, esto es brutal. Se marca unos temas de puro fingerpicking estilo John Fahey sumando la magia del cuello de botella. Ha decidido hacer un concierto con coherencia temporal, es decir, resucitando a los muertos del blues para luego ir enterrándolos con su propuesta regeneradora. Me flipa porque hasta cuando deja de tocar para torcer el cuello y soltar un «¡…Oh!» me dan ganas de desabrocharme el cinturón. También echo de menos tener un pañuelo y menos orgullo para echar unas lágrimas al tiempo que grito.

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Un zagal a mi espalda le dice a su padre: «Creía que ya no podía hacer caca pero ahora por fin lo he conseguidooo». Estas conversaciones intempestivas siempre dan qué pensar. Yo pienso en ese estreñimiento que hemos sentido todos alguna vez, en el placer resultante de evacuar todo el veneno y en la dicotomía de ambos conciertos. Miro a Keb’ Mo’ porque con esa pose es imposible no mirarlo, lo miro y rezo porque con el arqueo de su pierna hacia atrás no se vaya a partir en dos. Lo miro porque no puedo dejar de mirarlo solo para ver si descubro cómo coño se puede cantar tan bien y no partirse la pierna que tiene arqueada hacia atrás sin partírsela. Pero conforme avanza el concierto y se aleja de la raíz de blues da grima. Un tío tan válido, tan potente, tan exultante sobre el escenario, se ha especializado en la cadencia más sensiblera y plana del blues. Pero bueno, mezcla de manera soberbia el country con un pianista clásico pero inteligente a la hora de aplicarse y un bajista que se atisba a lo lejos su portento. Entre Keb’ Mo’ y Stan Searbant (bajo) serían capaces de polinizar el auditorio entero. Pero de verdad, para terminar esta paja. Cuando se vuelve a enganchar la acústica deja de ser un poser-lover y él y todos, embarazados o no, bailamos.

Keb’ Mo’ me ha dado un par de lecciones. La segunda es que el blues puede eclipsar el jazz del Jazz San Javier. La primera, bueno, es ser consciente de que jamás voy a follar tanto como él.

Fotografías de Elisa Blanco

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