A veces uno tiene la oportunidad de ver leyendas. O, mejor dicho, lo que queda de ellas. Pero hay que aprovechar las oportunidades. Y da la casualidad de que por nuestra hermana y vecina urbe mediterránea de Alicante suele darse esta oportunidad a menudo. Esta vez era con motivo de la próxima celebración del Fuzzville de BeniYork en septiembre. La gira que promociona este fantástico festival no es sino la de The Real Kids. Unos carrozas pioneros.
La sala que los acoge después de Madrid y antes que Valencia es la Stereo. Tenía muchas ganas de venir. El martes pasado fue mi primera vez. Desde hace algún tiempo, la gente de Producciones Baltimore y la propia sala es una referencia nacional a la hora de traer bandas de rock’n’roll. Me quede con muchísimas ganas de venir a ver a los Flamin Groovies las últimas dos veces que han pisado a esta sala, que mola sobremanera por el mosaico de grupos y bandas que adornan sus paredes. Además, está como la sala Rem, en todo el centro de la ciudad, junto el mercado central. Me da gusto ver este logo de nuevo, ya que era el que presidía el escenario del ahora llamado Garaje Beat.
El bueno de John Felice, el protagonista de la noche, con 15 años ya tocaba en The Modern Lovers. Y en el 72 ya se montó su grupo sobre todo por las fiestas que se pegaba. Hace casi 40 años que el cuarteto siguió los pasos de Ramones, emularon a los New York Dolls, y a otras bandas de la costa este, pero empezaron a llegar las drogas y pasó lo que suele pasar. Que se diluyeron. La banda ha sufrido varias rupturas y vivido varias reuniones en diversas décadas y diferentes resultados. Los cuatro músicos que íbamos a ver no eran exactamente los originales: el bajista y guitarrista originales fallecieron hace escasamente un año. Por lo visto los miembros antiguos llegan a la decena. Su sonido está más cerca de The Who, de Mc5, y de unos Rolling Stones puestos de cafeína, que del sonido puramente punk. El rock’n’roll de los 50 es un elemento palpable de la música de estos bostonianos, aunque no hacen ninguna versión. Luego está el polémico tema de las reuniones de bandas, que si lo hacen por la pasta, que es ridículo, que si no se llevan bien, que si no tocan como antaño… que sí, que es un tema a debatir, pero también nos podrían dar las uvas, y lo que hay que hacer es contar lo que fue el concierto.

La sala está llena cuando cuatro señores muy viejos suben al coqueto escenario. Podrían ser mis abuelos, pienso, pero más por lo castigados que aparentan estar que por la edad. Se presentan: somos de Boston, Mass, Estados Unidos y que si patatín patatán. Los guitarras llevan pelos descuidados y papadas antiguas. El bajista, gorra y el batería, gafas de sol.
“I dont want no more excuses” berrean en la primera canción. Ya es una muestra de su carta de presentación: cambios de ritmo, estribillos pegadizos, bailecitos, algún shalalala, un solo de la ostia. Y así como empezaron, siguieron todo el concierto. No hay parafernalia. Solo rock. No hay chorradas de pedales ni cosas rimbombantes. Puro rock’n’roll de toda la vida. Me pongo a pensar y analizo: esta banda podía haber surgido en cualquier década. Desde los 60 hasta el 2016 ha existido y existe este sonido. Es inherente a la música. Mientras vivamos los humanos, este sonido perdurará. Entran dudando, como si no quisieran errar, en su clasicazo “Do the Boob”, el cual me sorprendo cantando a coro con treinteañeros rockeros de Alicante, que sorpresivamente se saben la mayoría. Lo peor son los largos parones entre canciones. Pero el público aprovecha para hablar y les dispensan.
Al cantante no se le entiende apenas. A ver, Felice nunca ha cantado bien. No esperaremos que cante bien con más de 60 años y todas sus jaranas, ¿no? Pero en los solos de guitarra apabulla. Sobre todo en los difíciles. Parece que nos está vacilando. El segundo guitarrista la lía. Parece que ha roto una cuerda. Se va a reparar su Les Paul. Y el frontman decide tocarse una suavecita entre los tres que quedan, uno de los mejores momentos de la noche. En el rock’n’roll no hay baladitas, pero “Just Like Darts”, casi llega a la categoría. Vuelve el guitarrista con la cuerda nueva. Empiezan otra y el batería pone la pierna derecha encima de su bombo. Parece que está estirando. Pero es que su batería se ha desmontado. Siguen tocando hasta terminar. Paran a recolocarse y a recuperarse. Están cansadetes y van por la mitad del bolo. Se secan el sudor.
Con el punteo de su canción más famosa la gente se vuelve loca. En “All Kindsa Girl”, el que no cabecea, baila, y los de las primeras filas hacen pogo suave. Olé, joder. Es como si hubieran rejuvenecido. Me acerco a John y veo que tiene principio de parkinson. Durante el solo le abanican y lo agradece sobremanera. Todos nos desmadramos. La alargan y se bajan. Los bises tardan en llegar mucho, pero podemos escuchar la pegadiza “Rege Regge”, que es puro stoggeismo. Una de las más protopunkarras del repertorio. Y como dice el personaje de José Mourinho: Top. Top la que organización apueste por estos sonidos. Top el público que lo disfruto y top por los Niños Reales, que, aunque empezaron serios, acabaron sonriendo.
¿Mereció la pena el viaje en coche para verles? Sin duda, sí. Quién sabe cuándo volverán a pasar por el país, quien sabe si seguirán tocando mucho más. En nuestras retinas perdurarán sus guitarrazos viejunos en la noche alicantina.

