Comprarte una Fender Telecaster, colgártela a la altura de las rodillas y tocar quintas hacia abajo no te convierte en músico. Apellidarte Morente, escribir canciones, cantar flamenco, fusionarlo con otro estilo, no te convierte en buen músico, ni mucho menos titularlas Si tú fueras mi novio o preguntarte Si eres un vampiro o eres un mortal. Supongo que el que quería convertirse en buen melómano era yo, y me dejé llevar por el apellido.
Soleá tiene el plante de alguien que se ha subido al escenario tropezando con los escalones. No atina a presentarse, ni a sus músicos. En cierto modo es tierno, pero la parafernalia que lleva tras de sí extingue toda nube de azúcar. Abre la glotis y se arranca desafinando. Junto las manos, deseo que solo sean nervios, pero a la cuarta canción las manos me sudan y me doy por vencido, Dios no me ha escuchado. Aunque en registros que requieren de gran potencia lo clava, no es así el resto del tiempo. Decido entonces fijarme en otras cosas, como… las letras. Las letras en el flamenco suelen cobrar sentido cuando se interpretan. Así que asumo esa carencia y se la añado al rock alternativo. Digamos que cualquier cosa vale y si es amor, mejor aún. Pero joder… ¿Eres un vampiro o eres un mortal? ¿No había otra cuestión filosófica a mano? Bueno, sigo con mi escrutinio y llego a los sintetizadores –o sintes, o como se diga ahora–. ¿Es hortera querer sonar como los teclados de Los Chunguitos en Ay que dolor? Pues yo qué sé, el modernismo imperante al parecer lo cubre todo con su manto de tachuelas. Cavilo entre interferencias. Provienen de un exceso de reverberación que lo ensucia todo.
Sería injusto decir que me tuve que ir del concierto antes de desfallecer. Lo hice, pero debo apuntar algo que al amante de este mejunje tan extraño como necesario, le interesa saber. El proyecto de Soleá Morente camina por el desierto cuando el pop le dice al flamenco qué debe hacer, pero al revés, el arte, que eso sí es algo que se lleva en la sangre o en la cultura –según se quiera pensar–, florece y convierte un proyecto vacío en algo bonito con pasajes incluso trascendentes. Pero perdonadme, el resto es vivir del apellido. Experimentación es lo que hizo Enrique. Si no quieres que te comparen con tu padre, no repitas sus fórmulas, no bautices el proyecto con tu propio nombre bien grande, bien delante; sé brava, ten vergüenza flamenca, abandona a “los evangelistas” y predica tú misma.
PD: No es necesaria una recogida de firmas vía Change.org, pero advertimos de un peligro real, el técnico de luces de la sala Miguel Ángel Clares atenta contra las córneas de los espectadores, la dignidad de los músicos y los sensores de las cámaras fotográficas, y no es un caso aislado. Desde Piso28 le aconsejamos al bedel al que le toque ese día ponerse con la mesa de luces, que a veces es preferible alumbrar y no manchar la escena con el filtro de color más intenso.
Fotografía de Diego Montana

