Seamos sinceros: cuando en julio del año pasado murió Arthur Cave, todos pensamos en cómo se reflejaría la tragedia en la música de su padre. No había que ser un lince para intuir que Skeleton tree (Bad Seed Ltd, publicado hoy mismo) sería un disco de duelo. Estaba claro. Lo interesante –o lo más interesante aún, el disco perturba- es conocer el proceso de gestación del álbum. One more time with feeling va de eso. Las reglas estuvieron claras desde el principio: Nick Cave encargó una peli a su colega Andrew Dominik, Dominik grabó todo lo que quiso durante diez días y Cave se reservó el derecho de veto. El resultado es sobrecogedor.
Y aquí tengo que aclarar una cosa: leerás las palabras perturbador, sobrecogedor, trágico, sublime y abrumador. Son palabras gordas, sin duda. La mayoría de veces se usan porque sí. El rollo es que aquí no. En esta historia –en todo lo que tiene que ver con Nick Cave, en realidad-, ESAS palabras son precisas. Sigo.
One more time with feeling muestra a un Cave lleno de dudas. Sigue sin entender qué le ha pasado. Se mira al espejo y ve a otra persona. Escribe canciones porque es lo que hace, porque no puede hacer otra cosa, porque quiere encontrar alguna respuesta, alguna explicación, y solo se topa con más preguntas. La peli en sí misma es una especie de gran signo de interrogación. Cave se llega a preguntar si está perdiendo la voz. Explica que es consciente del plan: minimizar el trauma “hasta algo tan pequeño como una tarjeta de presentación”. Algo que le permita vivir. Se le quiebra la voz cuando cuenta que es mentira eso de “está dentro de mi corazón y sigue vivo”. Dice que no, que Arthur sigue dentro de su corazón, pero que no está vivo. Lo mejor de todo es que Dominik consigue contar esta tragedia sin recurrir a lo fácil. La peli no es lagrimosa –claro que lloras, vaya un pijo, pero no hay ni un segundo de morbo–, es sobria, elegante. Las canciones encajan en la narración (y no al revés) y todo rezuma honestidad. Hay montaje, por supuesto, pero nada de trampa.
Y todo el rato flota una idea: la vida sigue. La luz –encarnada de forma magistral en Susie Bick, su mujer, y Earl Cave, su otro hijo– sigue ahí. Cave es consciente. Seguirá escribiendo canciones. Seguirá intentando tomar perspectiva con respecto a sí mismo. Seguirá buscando respuestas, por mucho que fracase. Tiene en Warren Ellis –“¿Qué haría sin él?» Se llega a preguntar– a un catalizador genial. El escudero barbudo sabe convertir las uñas sangrientas de Cave en discos descomunales. Entonces aparecen los créditos y suena una versión de Deep Water cantada por Arthur y Earl Cave y tú te das cuenta de que esto, un tipo buscando explicaciones a través de la música, apretando la mandíbula, asegurando que no llora, es lo más hermoso que has visto en mucho tiempo. Y te viene a la cabeza la palabra arte. Y tienes reservas, porque esa palabra se suele utilizar en vano. Entonces, ya en el tranvía, las reservas desaparecen y te hundes en un océano de silencio.

