Muero por ser el nuevo héroe de esos idiotas: Bestia Bebé y los disparadores emocionales

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Estoy obsesionado con una canción. Me pasa a menudo. Abro los ojos y miro al techo y me doy cuenta de que me vuelve a pasar: la necesidad de escuchar algo es la GRAN razón para levantarme. No es la única, pero sí la más importante. Escuchar una canción, mear, desayunar, buscar trabajo. Algo así. El caso es que la busco y le doy al play y me pongo a hacer cosas. Al rato, cuando la he escuchado cinco o seis veces seguidas, alguien, normalmente Lucía, me coge del brazo. Me pregunta si de verdad voy a volver a poner la canción. Entre la y canción suele meter adjetivos realmente desproporcionados e injustos. Yo digo que sí, que qué remedio, que qué voy a hacer si no volver a darle al play. Y vuelvo a darle.

La última canción que se me ha metido en los sesos, que me ha asaltado en el puto Día mientras dudaba entre pimiento verde y pimiento rojo y en la cola del kebab de enfrente de Trémolo, se llama Muero por ser el nuevo héroe de esos idiotas. Pertenece a Bonitas Páginas, el primer EP de Bestia Bebé, editado en 2012. Repito: Muero por ser el nuevo héroe de esos idiotas. Jo-der. ¿Qué haces con un título así? ¿Acaso necesitas escuchar algo para que no se te escape una sonrisa de superioridad, de esa superioridad inevitable que da saber que tienes la razón, después de leer eso? ¿Cómo no vas a trazar la relación entre ese título y tu puta ciudad, llena de capullos que se creen los reyes del mambo por tener 50 Me gusta en Facebook? Imposible no amar una toma de partido tan instantánea. Bravo, Bestia Bebé. ¿Y sabes lo mejor? La canción ni siquiera ha empezado.

Y vuelvo a pulsar el play. El sonido surge de la Escuela Matador. Yo La Tengo, Pavement, Pastels, ese rollo. Ese rollo que, sumado a una épica cotidiana muy concreta –la de jóvenes menores de 30 en la Provincia de Buenos Aires de principios de siglo, con sus crisis, sus ¿esperanzas? de futuro y sus cosas– ha convertido al sello Laptra en una de las dos o tres grandes referencias del rock independiente en castellano. Entonces entra Tom Quintans y suelta: Ya no me hables de Dios/ Porque no te voy a creer/ Pero no creo que hables de él/ Si no juega al fútbol. Y ahí está, de nuevo, todo.

Para empezar, ahí está esa hostia en la cara a los amargados que nos tachan de babuinos por ser futboleros. Ahí está la hostia en la cara a los que nos preguntan por qué en nuestro universo referencial están a la misma altura escritores, músicos, actores, directores y futbolistas. Ahí está ese intento de estirar indefinidamente la niñez y la protección y la fe en algo que te hace sentir seguro cuando ya te has dado cuenta de que tus padres no te pueden ofrecer ni un paraguas para ese gran temporal que está cayendo ahí fuera.

Siempre es lo mismo con vos, sigue Quintans, Nunca me vas a entender/ En un choque de autos/ Vamos a morir. Y la guitarra sube y sube y sube y tú aprietas la mandíbula y te pegas el culo a una silla o a una pared porque te sientes al borde del precipicio. Y vivo. Quintans remata: Ey, mi amigo/ No te olvides de mí. Todos los amigos que se han ido para siempre y los que vuelven con el rabo entre las piernas y nunca vuelven a ser los mismos y vuelven a casa para lamerse las heridas y volver a pirarse, porque saben que ni paraguas ni hostias. Porque saben que solo nos queda apretar los dientes.

Y parece que todo va a explotar, pero Quintans vuelve a pensar en escupir a estatuas de madera. Lo repiten todo como si fuera la primera vez. Vuelves a recordar el olor a barro en las botas, los granos de arena que se te clavaban en las piernas de escobilla de váter cuando jugabas en contra del aire y las vueltas a casa. Y le ves sentido a eso de las canciones como disparadores emocionales, artefactos que te retrotraen a sensaciones jodidamente concretas. Y concluyes, concluyo, que ciertos recuerdos solo te vienen a la cabeza a través de canciones. Quiero decir: hablas de tu niñez, del instituto, de las primeras veces, pero de un modo general. Sin una puta canción es imposible volver durante dos o tres minutos a aquello. Con tus granos, tu inocencia plastificada, tu vida recién estrenada y tu buscarle una lógica extraña a cualquier cosa y no entender nada. Y entonces vuelvo a pulsar el play.

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