Los Zigarros en Garaje Beat: «Ese escalofrío que te sube por la espalda»

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Tener la mosca detrás de la oreja. Joder, no entendí esa expresión hasta hace un par de semanas. Conseguí el segundo disco de Los Zigarros y me pasaba los días obviándolo, dando vueltas a su alrededor, inventándome tareas estúpidas –limpiar el baño, hacer la cama, comprar comida- para no escucharlo. Tenía una razón: estaba acojonado. Tenía miedo de que Los Zigarros la cagasen. Quiero decir: me flipa el rock and roll, y no estaba dispuesto a encajar la hostia de un segundo disco decepcionante de la mejor banda de rock and roll de esta puta broma de país. Porque, no nos engañemos, en 2016 es MUY fácil cagarla haciendo rock and roll. Es muy fácil imitar los gestos de Keith Richards y adornar tu micro con pañuelos de seda y calzar botines de Carnaby Street y decir ¡oh yeah, baby! Pero es que –aquí viene la revelación, prepárate- el rock and roll no va de eso. Eso es el anti rock and roll, de hecho. Es como si, de pronto, Rajoy se expresase con naturalidad. Así de anticlimático.

El caso es que voy de camino a Garaje Beat y llego tarde y pienso en que menos mal que el segundo disco de Los Zigarros no es una mierda y me convierto en un señor bigotudo y digo Sí, ya, pero el rock and roll se defiende en directo, hijo. Llego y veo el pescuezo de mi colega Mario. Le pego una colleja y el cabrón levanta la mirada como si le acabara de sacar de un trance extraño. Con su rigor habitual, me informa de que la birra cuesta tres riñones y  siete sábanas santas. La sala está llena. Hay personas de todo tipo: señoras con el pelo rosa y camisetas de AC/DC que les llegan por las rodillas, señores con camisetas de Burning y botas de cowboy, hijos con camisetas de los Stones sentados en la puntera de las botas de cowboy de sus padres, hijos bastardos de Alice Cooper, tipos disfrazados de Gram Parsons y con unas caras que dicen ¿Será posible? ¡¡Otro que no se da cuenta de que soy Gram Parsons!! y esas personas que se quedan apoyadas en la barra y escupen medias sonrisas y hablan de modelos de guitarra y pedales de distorsión y amplificadores.

Entonces aparecen Los Zigarros y Álvaro Tormo suelta el riff de A todo que sí y a mí me sube un escalofrío por la espalda y cojo a Mario del pescuezo y le grito ¡¡ACHO, ACHO, ACHOOOOO!! y pienso en que el rock and roll va de esto: las mismas cuatro cosas de hace 60 años, velocidad, actitud, cara de a lo mejor me follo a tu novia, máquina, la constatación de que no hace falta ser Dylan para escribir una letra guapa, canciones sobre follar y salir a bailar y mandar a la mierda a policías y jefes y ese escalofrío que te sube por la espalda y que te hace pensar en que no te tiras de un puente por ese riff. Por ese puto riff. Por esa repetición de tres o cuatro notas que te la pone durísima y te obliga a bailar y a mover la cabeza como un cabrón. Y esto no es un tópico: esto se siente.

Los Zigarros son el último eslabón de esa cadena que empezó con Chuck Berry. Stones, Faces, Dr. Feelgood, Tequila, Rodríguez, Pappo, Burning, Platero, M-Clan…los cabrones suenan a lo que tienen que sonar. La banda está rodadísima. Se nota que llevan kilómetros y kilómetros y años y años y años dándole al rollo. Álvaro Tormo es ese guitarrista que, sin ser virtuoso, puede convertir una mermelada en una banda de rock and roll: pura energía; Nacho Tamarit (bajo) y Adrián Ribes (batería) le dan empaque a la historia, pero la banda es Ovidi Tormo. El cabrón lo tiene todo: voz, actitud, dedos, alma, magnetismo y carisma. TO-DO. Despachan canciones con una suficiencia que acojona. No obstante lo cual, Voy a bailar encima de ti, Odiar me gusta. Ovidi consigue deshacerse de esos uuumpa-wawaluba-uhuh-dudú que han tomado su boca y presenta a Ángel nosequé, “el mejor armonicista desde Little Walker”. A mi lado hay una señora con pelo rosa y camiseta de AC/DC que le llega por las rodillas. Dice: ¡¡EL MEJOR ARMONICISTA DESDE LITTLE WALKER, DICE, ESO ES MUCHO DECIR!! ¡¡EL MEJOR, DICE, ME CAGO EN DIOS, QUÉ CACHONDO!! Y entonces yo me alegro porque no sabía que en Murcia había una persona que controlara tanto de armonicistas. Qué cojones, ni siquiera sabía que existía la palabra armonicista. Yo qué sé: chaval que toca la armónica, el de la armónica…algo así. ¿Armonicista? En la vida. También pienso en lo jodido que es que un rock and roll tan bien hecho, tan inmediato, no suene a todas horas en la radio. Es realmente jodido. También pienso en por qué la sala no está petada de adolescentes graníticos con callos masturbatorios en las dos manos, adolescentes que encuentran algo de empatía en el rock and roll. Porque esto era así, ¿no? Esta música te llegaba y te robaba el alma para toda la vida. Igual el rock and roll ya no significa eso. No sé. Pienso muchas tonterías. Entonces Adrián nosequé ruge a través de una armónica y suena Cayendo por el agujero y se me escapan los pies me pregunto una última cosa: ¿Qué coño hago formulando hipótesis en un concierto de rock and roll? Esto va de sentir, me repito mentalmente.

Tocan Dentro de la ley y se piran. Mario se gira y resopla. Dice: ¡¡QUÉ LOCURA, TÍO!! Salimos. Mi colega dice que va al centro y que si quiero que me acerque. Le digo que sí. En el camino, me cuenta que Chuck Berry ha estado siempre en su vida. Me despido y cruzo la Plaza de la Merced y me doy cuenta de que he vuelto a sentir el mismo alivio que experimento siempre que escucho a Los Zigarros. Algo así como: Vale, no han inventado nada, pero hay que ser un puto cínico de mierda para rajar de esto. Y, qué pijo, que me alegra a mí ser joven y que haya una banda haciendo ROCK AND ROLL aquí y ahora.

Yo qué sé, a lo mejor resulta que el rock and roll es el invento supremo para transmitir ganas de follar y bailar y mandar a tomar por culo a policías y jefes. A lo mejor resulta que no hay nada que refleje de una forma más instantánea lo que significa ESTAR VIVO. A lo mejor no hay que darle más vueltas.

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