Muchos serían los ejemplos con que justificar tal título, pero tomemos dos bien ilustrativos. El primero, el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero, durante su tarea de gobierno, de modo habitual y ante la coyuntura favorable, cualquier dificultad que se le apareciera la solventaba –al menos ante la opinión pública– con buena cara, simpatía artificial y mirada rayana con lo pasmarote: todo le parecía estupendo y estimable, en eso que –con un marketing espectacular a su servicio– se vino a llamar talante, que no dejaba de ser un: pudiendo echar balones fuera, para qué entrar en conflictos. Y hete aquí que, su rival más enconado – por único – en lo político, y actual regidor en funciones del Reino de España, Mariano Rajoy, siguió (y sigue) con singular astucia la misma estrategia, eso sí, de manera bastante más burda. Cuando le da por ahí prefiere acudir al sano populismo que da el bálsamo mitinero en tertulias futboleras o entrevistas a La Razón, denunciando los dislates del Maduro de turno o, llegado el caso, escaquearse de su función en funciones acompañado de un buen cigarro puro y su fiel Marca; en el resto de situaciones, ya se sabe, mucho españoles, en definitiva, todo estupendo.
Pues bien, en el ámbito de la cultura, estas actitudes tan extendidas en lo político y que han calado en buena medida en ciertos segmentos de la población tienen su epicentro en el gobierno socialista de González, en la década “gloriosa” de los ochenta, con España entrando en la Unión Europea, la OTAN y la reconversión industrial tacherista. La estrategia cultural implantada por aquel entonces y, para beneplácito del electorado, promovía y prodigaba el descarado concepto “la cultura es una fiesta”, eslogan totalitario de consecuencias terribles cuyo efecto inmediato fue el despilfarro general. Mediante la trampa semántica, y en coalición con la boyante televisión y el cada vez más seguido fútbol, se asoció cultura a divertimento banal, y más allá, se englobaron bajo el término de cultura desempeños de (casi) cualquier índole: sardanas, aquelarres, encierros, despeñamientos de cabras, borracheras estivales generalizadas y un sinfín de dislates destinados a lo que luego se denominó ocio; la pujante clase media ya tenía una finalidad para gastar su tiempo: el regocijo y disfrute permanentes amparados bajo una excepción cultural que afectaba a lo que se quisiera hacer.

Particularizando ahora en la música, mi generación –y aun anteriores– se han visto afectadas por esta política del todo vale, todo es bueno, resultando así series de individuos que, bajo el auspicio colectivo sienten una especial y adanista predilección por sí mismos, les gusta que les guste la música. (En un artículo anterior ya me referí a los males de los festivales, grandes eventos masificados que vienen a representar una histeria colectiva por la cultura musical, a los que –en suma– se va mucho pero en los que se ve poco, en aras de un efectista consumo destinado al ombliguismo.) Esta serie de individuos, decía, comienzan sus andadas moviéndose en círculos más o menos próximos, se informan por vías parecidas (radios o páginas web por todos conocidas) y acaban conformando un gusto sospechosamente similar; no contentos con ello, irán actuando como verdaderos propagandistas de la misma manera que han percibido lo que ahora propagan de anteriores cauces (esas radios y páginas), a fin de conquistar más adeptos para la causa. Así las cosas, las fuerzas de lo mismo van avanzando, implacables, uniformizando criterios y propiciando diálogos que entonces empiezan a perder su sentido, por sabidos y conocidos: “¿has escuchado el último disco de…?” “¿Vamos al concierto de…?” Pierden su fuste pues cualesquiera disco de tal banda o concierto que ven termina convirtiéndose en una repetición endogámica (“he visto a esta banda doce veces lo menos”; “hostias, pues yo quince, tío”), y llega un punto en el que son varias las bandas que cumplen tales requisitos, llegando a ser intercambiables sus nombres y apellidos. Es ahí donde aparece el concepto escena o generación, que no se trata más que de operaciones publicitarias (el talante) impulsadas desde las productoras y difundidas sin rubor por periodistas y medios con escaso espíritu crítico, tan contentos de que todo sea tan estupendo y la burbuja en fase avanzada de gestación. Finalmente, el conformado grupo tribal, caracterizado por su fuerte sentimiento de unidad y reconocimiento y discernimiento de quién está dentro y quién fuera: los de dentro, camaradas acostumbrados a escuchar lo que les gusta que les guste escuchar y quieren que eso no cambie, los de fuera, sujetos extraños a su modus vivendi y, por ende, a evitar.
De lo que se desprende que, en el momento en que alguno de los de fuera intenten discrepar de lo que los de dentro, conscientes o no de su tiranía, están imponiendo, el conflicto estará servido, constituyéndose una situación propicia a los ataques y vilipendios sobre el disidente, al que intentarán aislar dejándolo en excepción subsanable y extirpable, pues al cabo sólo dispondrá de su palabra, inútil de facto contra la mayoría biempensante; siendo uno, en su insignificancia y pequeñez, sabrá que lleva las de perder. Y aun siendo esto así, empiezo a percibir que no estoy solo. Somos ya unos cuantos.

