Deep soul: cantar desde la experiencia

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Son las diez. No sé si voy borracho o me muero de sueño. El caso es que tengo la lengua (más) suelta. A mi lado, Manolo vacía un cuenco de salsa de tomate sobre una hamburguesa. No conozco a nadie que controle tanto de música negra como él. A veces me acerco y le digo: Acho, estoy escuchando mucho a tal. Tal siempre es algún negro que me tiene loco. Y con loco me refiero a que me hace salir de mi habitación con los brazos en alto y entrar en el salón como si fuera Martin Luther King gritando IIIIIIIIIIIII HAVE A DREEEEAM, BOY, agitando la cabeza y las manos y concluyendo con un Dame un abrazo, me caaaaago en dios, que somos todos hermanos. Con loco también me refiero a estar escuchando el Freedom Highway (1965, Epic) de The Staple Singers en la ducha y entrar en éxtasis. Una cosa: esto no lo hagas. Soltar la manguera y gritar y dar patadas a los botes de gel y champú y botar como si ese metro cuadrado fuera una pista resbaladiza del Grand Prix no trae nada bueno. Ni para ti, ni para tus compañeros de piso, ni para la Seguridad Social.

Decía que le suelto a Manolo: Acho, estoy escuchando mucho a tal. Pensará que soy gilipollas, porque se lo escupo como si él estuviera obligado a conocer lo que ha pasado cada vez que un negro ha abierto la boca. Le acabo de decir que llevo dos semanas meándome encima con cuatro discos de deep soul. 100 canciones sobre amor, desamor-y-demás-penas, sexo, esperanza –quiero decir: 100 canciones sobre LA VIDA- cantadas con una entereza acojonante. Manolo termina de tunear su hamburguesa. Aprieta el pan para compactar el invento. Asiente. Baja la mirada y dice: La entereza es importante. Pues ya me dirás.

Dice Wikipedia: David Edward Godin (21 de junio de 1937, Peckham, London – 15 de octubre de 2004, Rotherham, Inglaterra) fue un fan de la música soul que hizo una gran contribución  a nivel internacional en la difusión del conocimiento y la comprensión del género, y, por extensión, de la cultura afroamericana. Sí: Dave Godin fue un grande. Periodista, director de cine, activista, consejero de Tamla Motown en Inglaterra y fundador de la Tamla Motwon Appreciation Society en 1964, dueño de la tienda de discos –y posterior sello– Soul City, acuñó los términos deep soul y northern soul. De este último -y de cómo su urgencia y su bailoteo enfermizo se cuelan en pleno 2016 en una ciudad como Murcia- te cuento otro día. Ahora mismo tengo a Bessie Banks cantándole a un tío que la deje si tiene cojones. Así que me he puesto el traje –por respeto– y he pensado que solo puedo hablar de lo otro. De deep soul. De la parte más intensa emocionalmente de un género que se caracteriza por su intensidad emocional. Flipas.

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¿Recuerdas cuando Keith Richards se cruzó con un chaval llamado Mick Jagger que llevaba bajo el brazo un puñado de discos de blues? Pues sí, fue Godin quien le pasó a Morritos la mandanga negra. Sin embargo, nuestro protagonista consideraba aquel momento como lo menos interesante que hizo en su vida. El tipo hablaba de traición a quienes inventaron la música negra. Años después, le soltó a Jon Savage: “Nosotros estábamos trabajando en nombre de la América negra, y parecía que ellos solo trabajaban para su propio bien”. Buah. ¿Qué es eso que oigo? ¿Vítores? Normal, el tío tenía una misión: difundir la cultura negra. Dedicó su vida a ello. De 1997 a 2004, Godin confeccionó cuatro recopilatorios de soul profundo para Ace records. El proyecto se tituló Dave Godin’s Deep Soul Treasures. Estos cuatro discos siguen siendo la primera referencia que se nombra cuando alguien pronuncia juntas las palabras deep y soul. Y qué quieres que te diga: yo no soy Manolo y no tengo ni zorra de música negra, pero LO ENTIENDO.

Siéntate. ¿Ya? Vale. Ahora, lee esta lista: The Knight Brothers, Irma Thomas, Raw Spitt, Larry Banks, Etta James, Otis Redding, James Brown, Sam&Bill, Nat Phillips, Carla Thomas, The ImpressionsBen E. King, Kenny Carter…no me digas que la lista no es para caerse de culo. Yo me los imagino a todos en una habitación. En círculo, como si estuvieran en terapia. Escucho los cuatro discos del tirón y me siento con ellos. Digo: Hola, soy Santini y mis problemas son este, este y este. Lo digo entre sollozos. Ellos se parten el ojete. Me sueltan: Mira, hijo…¿de qué coño estás hablando? Entonces cantan sobre LA VIDA con una sabiduría y un aplomo que me desarma. En estas canciones hay dolor, pero siempre está presente la posibilidad –y, quizá, la certeza– de que llegará la luz. Y lo mejor es que ese mensaje no resulta «paulocoelhiano», porque llega a través de la experiencia. Esta gente te coge del pecho y te dice: Mira, rey, quizá mañana las cosas vayan mejor. Quizá no, pero igual sí. Hazme caso, que yo lo he vivido. Y entonces yo me hago muy pequeño y babeo y me cago encima como un recién nacido. Porque, a su lado, no soy más que eso.

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La mayoría de títulos aluden al YO: I feel like crying, I’d rather go blind, I’m never gonna live it down, I can’t make it without him, I’ll run your heart away, Is it because I’m black, I pity the foolaquí hay gente que tiene que contar algo que le quema y no tiene tiempo para tomar distancia. Nunca he visto tan claro aquello que decía Dylan de que los negros cantan sus penas para expiarlas. Esto va de eso: te tumbas, pulsas el play, lloras, gimes, ríes, aprietas la mandíbula y los puños y te levantas como nuevo.

Cada canción merece que fundes un país solo para declararla himno oficial, pero te destaco dos: Lights out (Zerben R Hicks & The Dynamics) y Showdown (Kenny Carter). Las dos me atacan directamente al corazón. Esa forma de subir, esa sensación de que cada sílaba tiene detrás una pulsión vital, esas lágrimas ahogadas…los putos pelos de punta. Escuchándolas, siento que no todo está perdido para nuestra especie si hemos sido capaces de crear algo así. Pese a todo.

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