A ver, para los que no leen más que las dos primeras líneas y ven el mundo como una batalla entre buenos y malos: SOS SÍ. Para el resto: matices, mil matices. La novena edición del festival deja tantas preguntas como certezas. Ahí voy:
–El SOS es más estable de lo que parece: nos hemos pasado dos meses haciendo apuestas sobre si esta iba a ser la última edición del festival y resulta que está tan asentado que puede capear sin ningún problema una edición gris como esta. Quizá el error sea evaluar la fortaleza de este tipo de eventos a partir del cartel. O solo del cartel. Hay otras variantes –fidelidad del público, apoyo de la administración…– mucho más determinantes. Sí, tienes razón: el cartel, la fidelidad del público –hablo de personas que acuden sí-o-sí- y el apoyo de la administración forman un triángulo que se retroalimenta. Lo raro sucede cuando hay un desequilibrio entre esos factores. Esa es la sensación que da el SOS: parece que la administración va a empujar al festival cueste lo que cueste. De eso hablan los 98.000 € que el Ayuntamiento supuestamente aportó a la organización para solventar pérdidas sin pasar por convocatoria pública. De otra forma: El SOS parece indestructible mientras siga este Gobierno. Y recuerda que estamos en Murcia, es más probable el tercer advenimiento de Jesucristo que un cambio de gobierno.
–Bandas murcianas, ¿sí o no?: una de las críticas más extendidas al SOS es la poca importancia que se le da a las bandas murcianas. Es cierto que tocan varias bandas regionales y que se organiza el TalentoSOS para promocionar a grupos jóvenes, el problema es que suena a echarse colonia para esconder el sudor. Solo Second tocó más tarde de las 18:25. Esto arroja varias preguntas: si se supone que en toda España flipan por lo que pasa en Murcia, ¿por qué solo una banda regional toca en horario de máxima audiencia? ¿Estamos vendiendo humo desde aquí? O quizá los tiros no vayan por ahí: ¿De verdad quieres promocionar a las bandas jóvenes poniendo a Alien Tango un domingo a las 12 de la mañana? ¿De verdad Bosco no tiene entidad para tocar a las nueve de la noche en el escenario mediano? ¿De verdad Belize merece el horario de tarde antes que The Meatpies? En un año en que ha primado la clase media-baja sobre los nombres relucientes, la organización ha perdido una oportunidad de oro para reivindicar a las bandas de aquí.
–Precios desorbitados: te acercas a la barra. Pides una birra. Te dicen que cuesta tres tókens. Tú, que ya no piensas en euros, dices: ¡¡Uy, qué barata!! La compras. Bebes. Te viene a la cabeza el precio. Calculas. Tres tókens. Nueve euros. Un mini de cerveza. Te atragantas. Te ahogas. La ambulancia llega tarde. Mueres. Fin de la historia. Na, esto es mentira: no conozco a nadie que se haya ahogado con un mini de cerveza en el SOS…porque no conozco a nadie que haya podido pagar un mini de cerveza en el SOS. Dios del cielo. Qué precios. Como si estuviéramos en el primer mundo y no hubiera paro y la mayoría del público del festival hubiese bebido una cerveza que no fuese Embdrau, Steinburg o Aurum. Y así con todo. Yo me acerqué a preguntarle a un guardia si sabía dónde había quedado la decencia y el tío se encogió de hombros y me sacó una factura. La verdad es que solo a una mente retorcida se le ocurriría comprar cerveza en el Eroski y bebérsela en el parking.
–Modelo de festival: el SOS debe decidir si mira hacia arriba o hacia abajo. En un lado está el FIB y en el otro el Arenal Sound. Puedes ser un festival con un abono caro-sin-ser-el-Primavera que ofrece unos faldones de cartel similar pero uno unos titulares mucho más grandes o puedes ser un festival con un abono barato que parezca diseñado para el botellón + dos o tres conciertos a partir de las doce de la noche. El Low Cost nació el mismo año y parece haber tomado la delantera. Veremos.
–¿Por qué solo se habla de dinero? Es curioso cómo los adalides del festival solo esgrimen argumentos económicos a la hora de defenderlo. ¿Por qué el impacto cultural solo es una nota a pie de página y la expresión IMPACTO ECONÓMICO llena bocas? Sintomático. No olvidemos, como dijo Romu López hace unos días, que estamos hablando de música. Y de cultura. Popular, pero cultura. Un respeto.
–El armario de Bart Simpson: en esta edición he visto unos 25 conciertos. Hoy, tres días después, no recuerdo con nitidez la propuesta musical de más de cinco o seis bandas. La mayoría me han sonado iguales. Seguramente sea que, musicalmente, yo tenga menos cintura que Christoph Metzelder. La otra opción es que a la organización se le haya ido la mano con ese sonido pijoinofensivo a base de new-wave desnaturalizada de pantalones remangados y sonrisas-porque-sí. Para ti, para tu sobrino y para tu abuela. Y que no se enfade nadie. Salvo contadas excepciones, lo más interesante ha vuelto a estar en el escenario Jäggermeister. Allí vi actitud, nervio y urgencia. Más promesas que certezas, cierto, pero a veces sentí algo diferente a ese instinto homicida que me recorría al ver a un pusilánime de sonrisa pánfila tocar un teclado con una mano y levantar la otra al cielo. Sentí algo bueno. Ese es el único escenario en el que se respeta la palabra indie como aquello que surgió en la cochera de Ian MacKaye. El resto, cuentos.
–Burbuja: el otro día me invitaron al Abuefest y resulta que es la fiesta de cumpleaños de mi abuela. Tocan Izal, Love Of Lesbian, Lori Meyers y Supersubmarina, claro. También una banda de principios de siglo que ya no se entera de nada y una estrella britpop venida a menos. La burbuja de los festivales está tan hinchada y su contenido es tan homogéneo que es presumible que acabe explotando. Durará el tiempo que la administración pública siga invirtiendo en ellos, porque hay una cosa clara: culturalmente, hace tiempo que dejaron de ser relevantes. Esto habla de unas políticas culturales nefastas que apuestan por el rendimiento instantáneo. Sería más interesante –y, a la larga, más rico– promover un circuito potente de salas. O que hubiera un equilibrio. Hace unos meses entrevisté a José Guerrero, líder de Betunizer, Cuello, Segunda Persona y Jupiter Lion. Me dijo esto:
“Creo que se tiende mucho a montar una banda con el objetivo de tocar en todos los festivales que hay en España. Festivales que son todos muy parecidos, montados por las propias agencias de management. Que es muy respetable, pero te encuentras con que hay muy poco apoyo a las bandas pequeñas y que, una vez que eres algo más grande, tienes que pasar por el aro de estos festivales. Creo que debería haber más caminos”.
Pues eso.
–Pese a todo, SOS sí: conviene no olvidar el páramo cultural que era Murcia hasta hace nada. Hoy está en el mapa. Molaría que hubiera más peso local en la organización, más allá de poner cuartos. Molaría que la oferta no fuera tan homogénea y que se apoyase de verdad a las bandas de aquí, pero el SOS es algo positivo. Criticamos –yo el primero– que todos los años venga una banda de principios de siglo que ya no se entera de nada y una estrella britpop venida a menos, pero hace muy poco era impensable que Manic Street Preachers, Morrissey, Franz Ferdinand o The Libertines vinieran a Murcia. También molaría que este debate no se dividiera entre el sí y el no. Pero bueno, tampoco nos emocionemos. Como diría Adebayor: poco a poco, amigo.
Foto de Javier Rosa


Había más gente sin pulsera que con pulsera, de ahí que pareciese que había ido mucha gente. Hahahaahahhahahahahaa
Murcia pide a gritos una redirección del SOS.
Está claro, Chochox, hay muchas cosas que mejorar. ¡Gracias por leer!
Un saludo.