En la era de internet se dispara el número de músicos “desdoblados”; aquellos que, durante el barbecho que precisan los campos musicales tras el desempeño con sus bandas en agotadoras giras y promociones, se deciden a dar el salto al bálsamo narcisista de la carrera en solitario. Ocurre así, y escandalosamente, con Wilco, al fin de cuya gira de año y medio a cuenta del The Whole Love (2011) hicieron acto de presencia proyectos por separado de –algunos, eso sí, en pareja– , ¡todos sus miembros! Comulgando con esta tendencia aparece Many Moons, precioso disco de Martin Courtney, líder de Real Estate, aquella banda que se descolgó de una militancia estalinista en el indie más anodino con Atlas (2014), álbum para el recuerdo.
Así, se percibe en la escucha de Many Moons un ahondamiento en la propuesta de Real Estate; sin ir más lejos, su comienzo con «Awake» podría haber salido perfectamente de las entrañas de Atlas: melodía pop que va hipnotizando con la susurrante y delicada voz de Courtney, solos simples que provocan deleite y una atmósfera tremendamente preciosista. Prosiguen en la misma estela «Foto» o «Vestiges», temas que parecen ideados para un relajante viaje y contemplativo; no sólo paisajística, también de la memoria, lo que ésta entraña y arrebata «I am sometimes sentimental for the past / I have been known to put my life under the glass» o bien un futuro cargado de incertidumbre «And what will be will be», para pasar a continuación al remanso preceptivo, el alto en el camino («Vestiges», «Before We Begin»). A partir de ahí el sonido comienza ligeramente a mutar hacia territorios del synth pop y americana con canciones de más alto vuelo; Northern Highway introduce circunstanciales riffs que la potencian y desembocan en un estribillo beatleiano; el discurrir de «Asleep», como en un sueño, conduce a un arrebato experimentalista muy del gusto de Jeff Tweedy; queda todavía una sorprendente «Little Blue» con estrofas que se asemejan en su cadencia a Kurt Vile.
Respecto a este último, huelga decir que este primer paso en solitario de Martin Courtney se nota un tanto ligero, a sabiendas de que no es su proyecto “auténtico”; maléfica comparación mediante, si se piensa en lo que ha hecho Kurt Vile desde su marcha de The War on Drugs, se alcanzará a vislumbrar lo que se pretende decir. No obstante, este capricho en la percepción del autor (pues no es otra cosa) no resta un ápice a la meritoria aproximación al territorio del “yo” musical abordada por Courtney. Y menos todavía si lo comparásemos a su vez (más madera) con el Atlas de su Real Estate, uno de esos discos que aparecen cada tantos años.

