Yo quería hablar como Lou

Lou-Reed

Estoy sentado en la cama de mi habitación del piso del Eixample en el que vivo, a diez minutos del centro mismo de Barcelona. Creo que Yannis, mi compañero griego, ligó anoche. Oigo a una chica hablando en griego y riéndose mucho. Yo me estoy meando, pero no quiero salir de mi habitación. No quiero joderle el invento a Yannis. Desde hace 48 horas tengo la sensación de que el tío me ve como  William Thacker veía a Spike. Hace 48 horas, viernes por la noche, dos o tres de la madrugada, Yannis y yo coincidimos en el ascensor. Le pregunté cómo le iba la universidad y me dijo que bien. En un alarde de compañerismo, me preguntó cómo me iba a mí. “¿Cómo te va a ti…en general?”, dijo. En general, dice el cabrón. No sabe a qué me dedico. No tiene ni idea. A veces fantaseo con contarle entre risas histéricas que estoy llevando a cabo un experimento sociológico sobre vivir con griegos. Lo jodido es que nuestras conversaciones son tan efímeras que, antes de que yo dijera experimento sociológico, el tío ya estaría en el Raval vendiendo tzatziki al por mayor.

 Bueno, Yannis, sé que nunca leerás esto -maldita sea, ni siquiera seremos amigos en Facebook-, pero quiero que sepas que estoy intentando combinar palabras de una forma que me permita ganarme la vida. Es importante que lo sepas, tío. Y más te vale que me vaya bien y consiga pasta y desaparezca de este piso de mierda, porque te aseguro que a las zagalas helenas no les agrada ver a un tío ojeroso y despeinado y que pesa menos de 60 kilos deambulando en calzoncillos por el pasillo.

La tía no para de reírse, así que creo que me da tiempo de contarte una historia.

En marzo bajé a Murcia por semana santa. La verdad es que mis recuerdos de aquellos 15 días no se adaptan a la linealidad narrativa. NO ME ACUERDO DE NADA. De casi nada, quiero decir. Recuerdos de mi estancia en Murcia:

-Ver nítidamente cómo la frase VOY A CEBARLO COMO A UN PATO paseaba a sus anchas por la mente de mi madre.

– Mi padre diciéndome me vendría bien aprender algo de fotografía y que él me podría ayudar.

-Críos de Fuente Librilla preguntándome para qué me había ido a Barcelona si no podía beber nada más caro que una Steinburg.

-Una conversación sobre clasismo etílico.

De lo que sí me acuerdo es de mi último día en Murcia. 7 de abril de 2015. Bando de la Huerta. La Gran Vía vive una explosión de alegría y colorido en el desfile de BLA, BLA, BLA. Murcia se llena de personas vestidas con zapatillas de deporte y trajes de huertano. Tienen una misión: perder la consciencia a base de alcohol. Joder, fue salir a las 12 de la mañana del piso de mi hermana y escuchar la primera ambulancia y frotarme las manos y agarrar a un guiri del pecho y soltarle: ¿HUELES ESO? ¿LO HUELES, MUCHACHO? ES UN COMA ETÍLICO, HIJO. NADA EN EL MUNDO HUELE ASÍ. ¡¡QUÉ DELICIA OLER UN COMA ETÍLICO POR LA MAÑANA!!

Pero lo importante no fue el Bando en sí. El Bando fue como siempre: sus cuatro situaciones al borde de la muerte por paliza, su cerveza derramada sobre algún despistado, su expulsión de algún bar por discutir airadamente con alguien –preferiblemente con el dj-, y sus momentos de supervivencia extrema que ocasionan situaciones como robarle el bocadillo a una chica rusa de 16 años que ha venido a pedirte DROGA. Así, en mayúsculas y en general. El caso es que a las doce o así ya estaba sobando.  Cogía el tren a Barcelona a las 6:30 y, bueno, joder, no tengo que justificarme: doce horas haciendo el tonto son muchas horas.

Me levanté sobre las cinco y me vestí y mi hermana me despidió y me dijo que llevara cuidado. Bajé las escaleras. Me puse los auriculares y comencé a caminar. Llegué a la plaza del Romea y empezó a sonar la batería y el bajo y la guitarra rítmica de Coney Island baby. Cuando escucho ese primer golpe de caja pienso algo rollo: ufff, ahí viene…Lou Reed empieza a hablar a los 14 segundos. Dice: You know, man, when I was a young man in high school, you believe it or not I wanted to play football for the coach. Era 1976 y Lou volvía a escribir un disco de rock and roll después de grabar aquella maravillosa mierda llamada Metal machine music. Coney Island baby es la última canción del álbum homónimo, y es Lou Reed bajando la guardia.

No sé si fue el volverme a ir de casa. Quizá fue la hora. No lo sé, pero Coney Island baby también me pilló con la guardia baja. Lou hablaba de personas que permanecen a tu lado y de hacer cosas solo por ellas. En Trapería me crucé con tres borrachos tristes y me dio por pensar en esta ciudad. Me pregunté por qué cuando vuelvo a casa tengo un choque de emociones tan potente. Por qué me alegra que haya alguien esperándome en la estación y por qué, al mismo tiempo, soy consciente de que esta ciudad no tiene nada para mí. A la altura del casino miré hacia arriba como preguntándole a esta ciudad por qué no tiene un sitio para mí. Por qué no tengo futuro en ella. Por qué cuando paso más de una semana empiezo a notar el peso de las fachadas de los edificios sobre mis hombros y siento que tengo que volver a huir. Por qué cuando me preguntan por qué no quiero volver respondo Bah, en esta ciudad solo hay dos tíos que se ganan la vida de lo que yo quiero ganarme la vida, y nadie podrá ocupar su lugar hasta que mueran. Por qué no le reventé el micrófono de la SER en la cara a Pedro Antonio Sánchez cuando me soltó en una clase del Infante que estaban creando un montonazo de empleo. Cómo sonreía el cabrón.

Lou seguía hablando. Decía: When you’re all alone and lonely in your midnight hour and you find that your soul it’s been up for sale and you begin to think ‘bout all the things that you’ve done and you begin to hate just ‘bout everything. En el Puente de los Peligros me acordé de la primera vez que pasé por allí con mi madre y ella se persignó delante de la virgen de los Peligros y yo la imité pensando que aquello era algún saludo de algún club súper guapo. Y no lo era. Siento decírtelo, mamá, pero llevan siglos aprovechándose de la gente como tú; de la gente que mira las zapatillas de sus hijos y los abraza con fuerza y llora al ver que ya no lucen impolutas porque llevan un rato intentando caminar solos y ahí fuera la cosa está jodida. Creo que también lloras porque sabes que no hay otra opción que seguir caminando. Me acordé del vídeo del tío que dice que el río es una mierda y de cuando, en primero de carrera, Checo, Fafi, Sergio y yo poníamos vídeos y solo nos reíamos nosotros cuatro y nos dimos cuenta de que no estábamos solos. Me acordé de aquel candado que Marga y yo encajamos en una vértebra de ese puente con una frase preciosa que olía a Poe sonriendo.

Llegué al jardín de Floridablanca y Lou empezó a cantar sobre la gloria del amor. Pero no rollo 1,2,3 I love you, baby, Lou canta sobre saber que gran parte de este mundo es una mierda, pero que hay algunas cosas que hacen que merezca la pena vivir. Joder, fue él, el descarado perro sarnoso, el que dijo que todos decimos que la vida es una mierda pero nadie se abre el pecho y se saca el corazón de cuajo. La canción terminó. Me senté en un banco y estuve un minuto resollando. El sol estaba saliendo cuando llegué a la estación de tren.

El siguiente capítulo de esta historia ocurrió tres meses después. Eran las dos o las tres de la mañana. Lo único que nos separaba del suelo era un colchón. Le puse a Neus Coney Island baby y le dije que cuando terminara tenía que contarle una movida muy extraña que me pasó en Murcia hacía tres meses. A los dos minutos estábamos sobando. Por la mañana me desperté antes que ella y me hice el indignado. Le dije que me parecía una falta de respeto que se hubiera dormido con una canción tan intensa, que qué rollo llevaba. Ella me pilló a los dos o tres segundos. Empezó a reírse como si la erradicación del hambre en el mundo dependiera de ello. Yo también me reí. Después pensé que me molaría ser el tío al que todos toman en serio y no se descojonan cuando habla como Lou Reed o los negros de The Wire.

Ahora estoy aquí sentado en la cama del piso del Eixample en el que vivo, a diez minutos del centro mismo de Barcelona, y no dejo de pensar en Lou diciendo I’m playing right-end, wanted to play football for the coach ‘cause, you know, some day, man, You gotta stand up straight unless you’re gonna fall. Then, you’re gone to die. Me estoy dando cuenta de que este es uno de los momentos de mi vida  en los que la música me está salvando de una forma más acojonante.

Y ya sigo otro día. La griega ha dejado de reírse. Voy a mear.

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