'Crazy Rhythms': The Feelies y las primeras veces

41wy3Az6w-L

Joder, ¿qué coño es esto?

Digo esa frase con bastante frecuencia. A veces se me escapa. Como si fuera una burda flatulencia bucal. Pero, ya digo, eso es solo a veces. El contexto en el que suelo decir joder, ¿qué coño es esto? es algo así: muevo el ratón hasta la carpeta en la que pone DISCOS PENDIENTES y hago doble clic y coloco el cursor sobre una carpeta al azar y pulso el botón derecho y selecciono la opción Reproducir con VLC y junto las manos y estiro los brazos y me suenan 15 huesos y me levanto y me pongo a hacer cosas como recoger tazas de café del escritorio o recoger ropa de la cama y meterla en el armario o girarme y bailar al ritmo de la música y fantasear sobre qué pensarán de mí los arquitectos que tienen su estudio a tres metros de mi habitación y escuchan cada disco que escucho y cada grito que lanzo y ven cada vez que vuelvo de la ducha como Yahveh me trajo al mundo o cada vez que bailo y pienso en por qué me da igual y entonces paro de hacer el gilipollas y lo digo. Digo: Joder, ¿qué coño es esto? A veces lo grito. Otras, mascullo. El caso es que me acaba de pasar. Acabo de gritarlo.

Suena The boy with the perpetual nevousness. Es la primera canción de Crazy Rhythms (Stiff, 1990), el primer disco de The Feelies. Todo eso lo pone en el título de la carpeta que me descargué. Pero necesito más información. A veces mola escuchar música así. ¿Sabes lo que te digo? Invertir el proceso. En lugar de llegar a un grupo a través de un artículo de cuatro páginas, en lugar de saber por qué el bajista rompió con su segunda mujer antes de escuchar ni un acorde, dejar que hable la música. Y esa frase es un lugar común. Lo sé, pero no se me ocurre otra mejor. Y no tengo tiempo de darle vueltas. Necesito información. JO-DER. He vuelto a poner la canción desde el principio. Mientras, escribo en Google The Feelies. Lo primero que escuchas es un ritmo que recuerda a lo que hacía tu colega arrítmico con dos palos marrones a los que la profesora de música, henchida de orgullo, llamó claves. Entonces entra una guitarra a lo Television –sí, de esas que se te meten en los sesos– y tu colega arrítmico sigue a su rollo y entra otra guitarra y los cabrones tocan solo dos acordes y entonces aparece la batería y yo vuelvo a mascullar joder, ¿qué coño es esto?

Busco la letra. El tío canta: The boy with the perpetual nervousness/ The boy next door is into better things/ As far as I can see/ The boy next door is into bigger things/ The boy next door is me. El tío, lo acabo de encontrar, se llama Glenn Mercer. Cuando suelta ME es para dejarlo todo y peregrinar hasta Hoboken, New Jersey, para darle las gracias a su madre. Qué cosa más guapa. Es una mezcla rara entre las cuchillas del post punk –guitarras limpias, el punk había terminado– con la percusión y el rollo melódico de la new wave. Y urgencia y nervio a capazos. También hay cosas de la Velvet. Una puta biblia del menos-es-más, épica cotidiana, una letra cantada de forma que Mercer parece un tipo que vuelve jodido a casa y dice ¡me cago en dios, si yo soy un superhéroe! y se coloca unos calzoncillos sobre los vaqueros y un trapo de cocina en la cabeza. Y es un superhéroe. De serie b, ridículo, absurdo, probablemente gilipollas, pero un superhéroe.

Me flipan las bandas que escriben canciones que expresan cosas que siento y no sé cómo cojones expresar. La segunda se llama Fa-Ce-Lá y va por el mismo camino. Estas canciones suenan a ese momento de la noche en que estás hablando con alguien y suena una canción que te mola y la otra persona te agarra del hombro y escupe perdigonazos de saliva y tú intentas no morir sepultado por sus babas y él asiente todo el rato y no termina las frases y mete subordinadas como si se ganara el pan colando subordinadas y no se calla y tú solo quieres que se ahogue en sus babas y sus subordinadas. Sigo leyendo.

feeliesthe_80

Ahora suena Loveless love. Sigo leyendo. The Feelies nacieron en 1976. Bill Million –después cantante y guitarrista– apareció en el garaje de Glenn Mercer. Million iba colocado. Mercer tocaba I wanna be your dog. A Million le moló el rollo.  Al poco alistaron a Keith Clayton –bajista– y Anton Fier, batería. Dice Mercer que, al ser algo mayores que la generación punk, buscaron un sonido diferente. «Sentíamos que todo eso se había hecho antes. Queríamos guitarras limpias y empezamos a experimentar con un montón de percusión». El resultado es acojonante. Aunque The Feelies renunciaran a la etiqueta punk, tenían mucho de CBGB: carne Talking Heads, amateurismo, rollo arty –a pesar de salir de un rincón de New Jersey– y ese hacer-de-las-limitaciones-una-virtud que Beat Happening llevó al paroxismo poco después. The Feelies publicaron cinco discos, pero su influencia se extiende hasta el infinito a través de Pixies, Weezer y R.E.M. Dicen que Rivers Cuomo, Michael Stipe y Black Francis todavía mandan un surtido de polvorones a casa de la madre de Mercer cada navidad. Qué menos.

Hostias. Una versión de Everybody’s got something to hide (except me and my monkey). Destartalada, descontextualizada, haciendo un Duchamp, cagándose en el santo grial. Marcándolo, haciéndolo suyo. Guapísimo. Moscow nights. Otra. En fin, ¿conoces esa sensación de haber descubierto algo que sabes que te va a acompañar durante mucho tiempo? Algo que va a hacer de tu vida algo mejor. ¿La conoces? Siento eso. Ahora mismo. Me estoy acordando de esa idea que suelta Miqui Otero en Rayos. Eso de que el amor –y la consciencia de estar vivo, añado yo– dura todo lo que dure el principio. Y a mí este disco me acaba de devolver a la casilla de salida. A cuando dije Joder, ¿qué coño es esto? la primera vez que escuché el riff de Icky Thump. Así que te dejo. Ya te contaré.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio