Aparta, Charly; aparta, Calamaro

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Escucha esto. Tómate tu tiempo. Es importante. Escúchalo. Si no te emociona, deja de leer. Si esos cuatro minutos no endurecen y levantan y humedecen todas las partes de tu cuerpo susceptibles de endurecerse y levantarse humedecerse, no sigas con esto. Será estúpido. No sigas, porque no te interesa el rock and roll ni el blues ni el funk ni el góspel ni el folklore sudamericano ni la psicodelia ni bailar descalzo alrededor de una hoguera ni las historias de borrachos, suburbios y leyendas negras. No pasa nada, solo es que no pertenecemos a la misma especie. Tú tendrás tus cosas buenas, seguro, pero esto no va contigo. Bien, supongamos que sigues leyendo. El tío que escribió esa canción se llama Maxi Prietto. Una vez le preguntaron qué talento desearía tener y contestó: “Estaría bueno aprender a cantar algún día”. Maxi Prietto es ese tío.

Es ese tío que suelta oro cada vez que abre la boca. A sus 34 años, después de capitanear Prietto viaja al cosmos con Mariano, Los Espíritus y un proyecto de boleros, montar un grupo para desarrollar las ideas que graba con el micro de su ordenador, escribir varias bandas sonoras y tocar junto a Daniel Johnston, dice que cada proyecto “es una excusa para juntarse con amigos a tomar una birra y hacer canciones”. Tanto musical como espiritualmente, el bonaerense se ha convertido en uno de los capos del rock argentino post-Cromañón. Y con espiritualmente me refiero a esto:

«Había una frase de Tom Waits que decía que las canciones eran ‘como llevar agua con las manos’ al estudio porque si no las grabás rápido, cuando llegás no te queda nada de eso que tenías. Acá se tiene un concepto de las producciones más careta, un concepto del pop y de la música que para mí es aburridísimo, esa cosa de controlar todo: están todos obsesionados con ‘lo profesional’, lo que está bien y lo que está mal. Me parece que hay una especie de moral rockera que poco tiene que ver con el rock. Yo me siento mucho más identificado con el punk, aunque me guste hacer muchas baladas: me gusta la balada porque me parece que es algo que me sale naturalmente y no tengo historia con eso. Pero cualquier cosa que hago tiene una especie de raíz punk, aunque sean boleros. (…) Para mí es una ideología, me quedo con toda la parte de estilo de vida. (…) Como algunos se juntan y van a jugar al fútbol, a mí me gustaba ir y hacer canciones con dos o tres acordes (los que sabíamos). Después inicié una búsqueda personal, de hacer canciones que dijeran cosas que yo quería decir y que no siguieran los patrones de los géneros. Porque cada género tiene sus lógicas y sus morales: los heavys no van a hablar de cosas femeninas; los punks no van a decir que de vez en cuando toman Coca-Cola. Cada cual dice su chamuyo, y en realidad somos chabones que viven en una ciudad y hacen cosas bastante básicas y normales».

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Esa búsqueda personal llevó a Maxi a montar Prietto viaja al cosmos con Mariano, una de las bandas con más personalidad en el panorama hispanohablante de este siglo. Una puta locura escondida. Junto a Mariano Castro, Prietto grabó tres largos y un EP que van de la psicodelia al garaje pasando por toda la escuela Matador y un kraut extraño. La música de Prietto viaja al cosmos con Mariano mezcla contemplación y urgencia y se acaba convirtiendo en un resumen de las emociones que suponen SER JOVEN. De eso hablan esos dos himnos eternos llamados Av. Corrientes y Verano fatal: de estar perdido, solo, borracho, enamorado, de tener mil preguntas y ninguna respuesta, de escupir rabia…ya sabes. El rollo es que la banda se fue difuminando. Por lo visto, el proyecto dejó de estar entre las prioridades de Castro. Maxi, culo inquieto, siguió escribiendo canciones como un loco. En 2010 decidió que molaría montar una banda para tocar esas canciones. Y esta historia sigue en el barrio de La Paternal, donde nació –redoble, ¡HE DICHO REDOBLE!– Pappo.

Y entonces aparece, claro, el blues. Maxi juntó a un grupo de colegas de la escena porteña –miembros de Yataians y Morbo y Mambo– del que sobresalía Santiago Moraes, colega suyo del instituto. Dice Santiago: «La idea original era reproducir las canciones que Maxi había registrado de modo rústico en su casa, pero arrancamos a zapar y nos copamos con esa parte que era más rockera. De tanto investigar y experimentar, en el momento se armó un imaginario de lo que fueron Los Espíritus». De ese imaginario brota una banda de la hostia. Imagina una mezcla entre algunas cosicas de los Doors –guitarras y esos mantras que podrían ser de borracho o sacerdote-, psicodelia clásica, trazas criollas, blues, épica callejera, alcohol, algo muy negro –casi góspel, a veces– espiritismo y ese funk irresistible de Los Abuelos de la Nada. Súmale un batería obsesionado con la salsa. Si, ¿no? La cosa promete. Pues escucha esto, esto o esto y dime si exagero. Te digo yo que no.

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Los Espíritus se han autoeditado un single, dos epés y otros tantos largos. El último de ellos se llama Gratitud (2015) y es la cosa más flipante que he escuchado en mucho tiempo. Mientras suena, puedo decir unas seis o siete veces: Diossss, no se puede molar más que este tío. Lo mejor de esta banda es que mezcla todo lo que te he comentado antes con una naturalidad acojonante. Estás apretando el morro a ritmo de funk y a los tres minutos estás escuchando un espiritual jodidamente hipnótico. Y tú agarrándote la cabeza. Flipando. El secreto de la cohesión de Gratitud es que todos los palos están interpretados a partir de un espíritu blues. Y aquí hay que meter a Greil Marcus. En Mystery Train, el venerable canoso escribe:

«Los verdaderos cantantes de blues blancos consiguen renovar el blues (…) o cantan con un profundo sentimiento de blues pero en un estilo musical que no es el del blues, o al menos no lo es formalmente. Pero su fuerza puede relacionarse con el blues. Aquello que enlaza su música con el blues es un compromiso absoluto con el material, una fuerza expresiva que se abre a algunos blancos que se han sentido atraídos por otra cultura de una manera evidente. Esa es la música de blancos que no cantan blues, sino que viven el blues».

Ese es el secreto. Maxi Prietto vive en el blues. La fuerza expresiva de su voz parte de esa chulería dylaniana de decir ¿Acho, sí? ¿Canto mal? ¡¡NO JODAS!!  Y acabar reventándote el pecho. Por si fuera poco, luego está Negro chico.  Te hablo de cuatro minutos que justifican por sí solos la existencia del ser humano. JO-DER. He escuchado muy pocas canciones tan creíbles sobre la vida en los suburbios. Negro chico arrolla. Cuenta la historia de un niño que vive en un barrio pobre y lucha por salir adelante y crecer. Prietto tiene tanta clase que es capaz de escribir sobre esto sin caer en un solo tópico. Crea la atmósfera y luego saca la guitarra. Y te mata. La canción es dura –demoledor ese Se traga el llanto Negro Chico, porque es de puto ponerse a llorar– a un nivel que nunca alcanzaron CalamaroEn un hotel de mil estrellas suena facilona al lado de esto–, Fito Páez o Charly García. Por cierto, Maxi cumple otro requisito para coger el testigo generacional del rock argentino: muerte al padre. Hace poco dijo esto:

«El rock no es música. Es algo cultural que está ocurriendo en un momento presente, en un lugar determinado. Y para vivir eso tenés que ser joven. No importa tanto la música. Es una expresión de una persona en determinado momento y lugar. Si es genuino y expresa cierta juventud, es rock. Qué puede decir Charly, si lo único que hace es prender un estéreo en un auto caro y escuchar Tan Biónica. Cuando dice que el rock actual es una mierda habla de eso. Ni en pedo conoce a Los Espíritus. No creo que conozca ni las píldoras que toma. Pero los discos que hizo a mí me cambiaron la vida. Me encanta lo que hizo, el lugar que ocupa. No le pediría que sea correcto en una entrevista. Si ves a un punk gritando en una casa tomada, su sentido depende del momento. Tiene sentido en el momento que pasó. Eso es rock. Doscientos años más tarde no tiene sentido. Y no tiene que ver con una partitura. Por eso para mí el rock no es música. ¿Te vas a poner a ver una partitura de los crudos? No sé por qué el rock se asocia a la música. No sé si al rock lo escucho como música. No se te va a ocurrir un tema punk en Marte, porque estás en Marte y no tiene sentido, boludo. La música es algo que imaginás y tratás de hacer. Está atada a una energía muy visceral».

En fin. Aparta, Charly. Aparta tú también, Calamaro.

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