La banda de mi vida es (poco menos que) un fraude

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The Libertines me salvaron la vida.

Si hablas con personas que valoran las canciones como algo más que eso que suena en el coche y también cuando compro ropa y también cuando estoy de fiesta, oirás esa frase –cambia Libertines por cualquier otro grupo molón– unas diez veces a la semana. Estoy en el salón del piso de mi hermana. Ella y su compañero de piso son médicos. Yo acabo de levantar la vista del ordenador y he dicho en voz alta The Libertines me salvaron la vida. Ellos han arqueado las cejas al unísono. He sentido cómo en sus cabezas se han dibujado estas frases:

–Bueno, estúpido palillo con barba, a lo mejor las tres comidas al día que te has cascado desde que te parió tu madre han hecho más por tu vida que The Libertines.

–Bueno, estúpido palillo con barba, a lo mejor ese pediatra que te sacó una raspa de la garganta una noche helada del invierno del 98 ha hecho más por tu vida que The Libertines.

–Búscate un trabajo y abandona este piso de gente que no tiene problemas mentales, estúpido palillo con barba.

La verdad es que tienen razón. The Libertines no me salvaron la vida, pero me la cambiaron. Quizá ni eso. Quizá todo eso ya estaba dentro de mí y hubiera salido a flote tarde o temprano. Ni idea. Lo único que sé es que fueron ellos los que encendieron la mecha cuando iba en el autobús del instituto y todos cantaban Estopa y desde mis auriculares salió la voz de un tío diciendo I get along singing my song, people tell my I’m wrong…FUCK’EM!! BAM. Y entonces vino todo lo de dejar de llevar ropa ancha para caer bien a los raperos del Ribera de los Molinos y de dejar de pretender que me gustase Extremoduro y el motocross y el BMX. Empezó todo lo de intentar ser yo mismo hasta las últimas consecuencias y no mover ni un dedo por algo que no sienta. Me fui dando cuenta del desequilibrio entre victorias –siempre pírricas– y derrotas –a capazos– que me iba a traer esa forma de hacer las cosas. Al mismo tiempo, entendí que nunca podría ser de otra manera. Ya no.

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Te cuento esto para que entiendas lo mucho que me cuesta escribir la frase que vas a leer dentro de un par de líneas. Llevo un par de semanas con la frase en la cabeza. Una parte de mí dice: ¿Acho, de verdad piensas eso? La otra aprieta el morro y asiente. La he escrito un par de veces y el dedo meñique de la mano derecha se me ha escapado hacia la tecla de borrar. Me lo he atado al anular. Bien, ahí voy:

EN 2016, THE LIBERTINES SON UN FRAUDE

Acaban de pasar por mi mente todas las personas con las que he discutido sobre el rock de mi generación. Los hijos de puta se han reunido y acaban de descorchar una botella de champán. Desde que se reunieron en 2014, The Libertines han visitado dos veces el reino de España. En ambas ocasiones me he visto rodeado de amigos, cantando las canciones que estuvieron ahí mientras nos salía pelo en los genitales y debajo de la nariz. Ya era consciente de que le contaré a mis hijos lo de aquella vez que Dani y yo nos rascamos el bolsillo para ir a Benicasim a ver a la banda de nuestras vidas y tuvimos que dormir en una acera. En esos conciertos hubo mucho pasado. Un pasado inabarcable que se extendía hasta el futuro. Salté y disfruté como un cabrón, pero después me surgía una pregunta: ¿Qué hago con esta melancolía cuando no he cumplido ni 25 años? Algo va mal.

Con todo, tengo que matizar: The Libertines son (poco menos que) un fraude. Su último disco, Anthems for doomed youth (2015, Virgin), suena bien. Digno, es la palabra. El problema es qué significa calificar de digno el tercer disco de una banda que estaba llamada a reinar hace diez años. Quiero decir: digno es una palabra para hablar de lo último de tipos como Iggy Pop. Tipos que montaron sus bandas, las destrozaron, tuvieron carreras en solitario y reformaron sus bandas. The Libertines han hecho ese recorrido en 10 años. Y con menos canciones. Sí: las canciones es lo único que tiene Iggy cuando su personaje amenaza con devorarle. En Anthems for doomed youth no hay ni un corte a la altura de la leyenda de la banda que unió punk y espíritu victoriano a principios de siglo. No hay riesgo ni uñas negras ni guitarras destartaladas. Entiendo que Doherty y Barât ya no son los veinteañeros talentosos que tomaron su ciudad a base de conciertos-guerrilla y que sus motivaciones no son las mismas; el problema es que esa limpieza y esa profesionalización no se traduce en mejores canciones. Solo en atmósferas que recuerdan al pasado porque no tienen –o eso parece– presente. En 2016, The Libertines suenan a reunión de amigos y muy poco más. Entiéndeme: no tengo nada en contra de las reuniones de amigos ni de los conciertos en los que el batería mira al bajista y los dos sonríen como el abuelo de Werther’s original, pero The Libertines no pueden ir por ahí. O no todavía.

De algún modo, la trayectoria de The Libertines refleja el fracaso de mi generación. Subimos a los altares a mil bandas que solo han editado dos o tres discos decentes –¿qué coño hacen ahora Kings of Leon, Franz FerdinandThe Strokes, Black Rebel Motorcycle Club o Interpol? ¿Por qué ya no emocionan a nadie?– y que ahora desfilan por festivales, encarnando copias baratas de ellos mismos y obligándonos a sentirnos viejos a pesar de tener 24 años. Me pasó lo mismo con The Strokes: los vi el año pasado y salté y grité como un perro en celo. Al rato, me vino a la cabeza esa frase de Frank Zappa que decía que, con eso de las corrientes cíclicas, íbamos a terminar por sentir melancolía de lo que pasó ayer. Esa frase se redondea con un fan de los Strokes acudiendo al entierro de Julian Casablancas. Porque, al mismo tiempo, eso significaba que íbamos a ser demasiado jóvenes cuando enterráramos a nuestros ídolos.

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Hace un par de semanas volví a escuchar en bucle Is this it (2001, RCA) y Up the bracket (2002, Rough Trade). Seguramente sean los discos que más cosas me han explicado en mi vida. Al hilo de qué representan The Strokes y The Libertines en 2016, encontré una respuesta en sus propias canciones. En Someday, Casablancas suelta In many ways, they’ll miss the good old days. Doherty, siempre más certero, canta en The good old days: There were no good old days, these are the good old days. Estos son los viejos tiempos, y apenas nos ha dado tiempo de vivirlos. Ahí estaba la respuesta, y ellos lo entendieron. Quizá no pueda ser de otra manera, quizá es una consecuencia del sino de los tiempos y la única razón de que ya no surjan estrellas del rock perdurables es que es imposible. Me veo a mí mismo aullando a la luna con los discos de Ty Segall y Parquet Courts y Thee Oh Sees, rezando a Billy Childish para que duren algo más que las bandas que me hicieron persona y temiéndome que es imposible, que esto va de usar y tirar y usar y tirar.

Me he dado cuenta de otra cosa: es imposible escribir de música como se escribe de matemáticas. Como si las canciones no trazaran líneas emocionales con personas y lugares y momentos y fuéramos extraterrestres que pueden pensar más que sentir. Quiero decir: el sábado volveré a ir a un concierto de The Libertines y a saltar y gritar y abrazar a mis colegas. También volveré a querer partir la cara de quien no repita conmigo que Time for Heroes es la canción más emocionante, inteligente y mordaz –LA MEJOR CANCIÓN, COÑO– de lo que va de siglo. Sí: letra por letra.

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