La Administración Pública y el SOS

Artículo escrito por Alex Palahniuk
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Tal y como informó el periódico ElDiario.es, el concejal de Cambiemos Murcia, Sergio Ramos, denunció que el consistorio destinó la nada desdeñable cifra de 98.000 euros a la empresa privada que organiza el Festival SOS 4.8  a través de un procedimiento de urgencia y un contrato negociado que no pasó por la pertinente convocatoria pública, tal y como estipula el Texto Refundido de la Ley de Contratos del Sector Público. No debería extrañarnos que en Murcia, y en esta Comunidad Autónoma, en particular, suceda eso, de confirmarse lo que enuncia el edil de la formación. Si algo han manifestado, desde que se aprobaron y entraron en vigor los estatutos de autonomía las administraciones autonómicas y locales, es que la aplicación torcida del derecho es como el cuñado que en la cena de Nochebuena te explica cómo has de cortar el jamón: atávico y previsible. Lo raro sería que un ayuntamiento se gestionase bien en este país; Murcia no iba a ser la excepción.

Desde su primera edición en el año 2008, este evento ha sido el principal punto de referencia en lo concerniente a ofertas de ocio de esta ciudad. La idea de su creación, circunscrita a la imperiosa necesidad de hacer de nuestro municipio un punto de encuentro de la escena alternativa de nuestro país y, en general, de toda una generación de murcianos que anhelaban una iniciativa lúdica parecida a la de los grandes festivales europeos y nacionales, generó, desde un primer momento, entusiasmo y animadversiones varias. La idea del espectáculo era buena y, en un principio, con el paso del tiempo, se fue asentando. Pero, ¿cuál es el problema que tiene actualmente? Que está decayendo por el inevitable curso de los acontecimientos. Partamos de una premisa: Murcia es un pueblo. Sí, es posible que el término municipal abarque casi quinientas mil personas, pero la mentalidad es rural. La cultura en nuestra región ha estado siempre al socaire del mecenazgo de toda una retahíla de profesionales bastante discutibles tanto en el plano profesional como moral. La tradición musical murciana, salvo dos o tres bandas, ha quedado siempre relegada al circuito local, desgraciadamente. Y en esta tierra, la relación endogámica entre lo que se conoce como “la escena” y sus valedores, no propicia que todas las formaciones tengan las mismas oportunidades.

Si el SOS 4.8 está entrando en decadencia, como están declarando muchos de los que otrora jaleaban a la organización, no es sólo por ésta y la calidad de «avalista» del consistorio, también tiene gran parte de culpa la mentalidad de muchos de los parroquianos que asisten a éste. Si el lector tiene la amabilidad de entrar a la página de Facebook de la organización, observará que las críticas arrecian por parte de un nutrido sector que considera que organizar un festival es flor de un día, y que esta ciudad, que hasta hace ocho años era, en su gran mayoría, coto de caza de bandas y artistas cuyos nombres sabemos de sobra, ha de rivalizar con los grandes festivales nacionales e internacionales en igualdad de condiciones sin entender lo siguiente: conseguir que una ciudad se convierta en un referente musical precisa tres condiciones: financiación –obtenida mediante subvenciones o patrocinadores que conceden dinero subordinándolo todo a la viabilidad de un proyecto para la posterior participación en beneficios-, tiempo –pregúntenle a los organizadores del FIB cómo era éste en sus primeras ediciones- y, sobre todo, la recepción de la gente. Y Murcia últimamente está fallando en esto mucho.

 

¿Por qué estupendos festivales como el Leyendas del Rock o el Menorrock se acabaron yendo, en el caso del primero, de la Región, y el segundo dejó de celebrarse? Porque aquí, aparte de la intensísima labor caciquil a la que aludía en el segundo párrafo, explotar todas las oportunidades que ofrece esta bella tierra sin caer en los tópicos que harían de Amanece que no es poco de José Luis Cuerda en una función de teatro protagonizada por Bertín Osborne y Arévalo, es muy difícil. A muchos lugareños les cuesta entender que los organizadores, sobre la base de los entre treinta o cuarenta euros que cuestan los abonos, pueden hacer hasta donde sus limitaciones se lo permiten. Por estos precios reclamar –por citar a varios ejemplos– la presencia de Muse, The Libertines, Johnny Marr o Steve Aoki  es desconocer cómo funciona el negocio: pierden los organizadores, patrocinadores, bandas e intermediarios. Una organización que consigue traer por sólo treinta euros a tres bandas de reconocido prestigio en sus ámbitos artísticos es de, si no agradecer, al menos sí respetar. Si los que hacen posible este evento tuvieran que satisfacer todas las demandas de cada uno de los asistentes, el precio del abono sería cuasi prohibitivo.

La actuación del Ayuntamiento de Murcia, perito siempre en presuntos delitos de prevaricación –como lo demuestran la gestión del anterior alcalde, Miguel Ángel Cámara, en el caso «Nueva Condomina», o la de nuestro queridísimo Ramón Luis Valcárcel en el caso «Novo Carthago»–, mantiene unos conceptos de «ajenidad» y «público» parecidos también a los de un eslogan de la marca de ropa Desigual. De poco sirve que Cristóbal Montoro, ministro de Hacienda, situase a la Región como una de las autonomías con la obligación  de ajustarse al plan de déficit impuesto por el gobierno central para poder llevar a cabo la hercúlea tarea de situar éste en los parámetros impuestos por la Comisión Europea. En la responsabilidad presuntamente subsidiaria de facto asumida por el consistorio por las pérdidas del SOS 4.8 reside, también, uno de los grandes males de la vieja y sucia España: que las citadas administraciones autonómicas y locales hagan de las competencias emanadas de sus respectivos estatutos de autonomía en una especie de tabula rasa o poder discrecional para poder realizar funciones de carácter público saltándose el procedimiento estipulado por las normas jurídicas.

Murcia está a merced de un sistema de poder que extiende sus tentáculos por toda la sociedad, invadiendo cada uno de sus estamentos, sin tenerla en cuenta y sin que nadie haya sido capaz de proporcionar una respuesta lúcida respecto de lo que está sucediendo. Y eso es consecuencia de una sociedad civil que en nuestra Región ejerce de funeraria del muerto en este tipo de situaciones. Como bien decía Karl Marx: “La historia se repite dos veces: primero como tragedia y después como farsa”. Y situaciones como las expuestas en este artículo demuestran que Murcia habrá intentado ser más dinámica en el aspecto económico, pero las férreas estructuras de pensamiento en esta localidad aún persisten y será difícil acabar con ellas. Cervantes decía en el Coloquio de los perros, que en España siempre estamos más pendientes de caernos que de levantarnos; y pocas frases ejemplifican a la perfección lo que es el SOS 4.8 y la gestión de nuestro ilustre Ayuntamiento de Murcia.

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