QUE SEPAS QUE NOS DUELE MÁS QUE A TI, CHRISTINA ROSENVINGE

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Acho, que somos tontos. No ha sido el alcohol ni la yerba ni nada. Es que somos tontos. Fafi y yo acabamos de llegar al auditorio. Le hemos preguntado a la acomodadora que cómo es que no hay nadie y ella ha respondido: “Hombre, es que lleva 45 minutos tocando”. Su cara ha añadido: “Uuuuuh, menuda llevan, veremos a ver si no potan ahí dentro…”. Pero no, señora acomodadora. No es eso. Es que somos tontos.

Entramos en la sala Miguel Ángel Clares. Es la sala pequeña. Hay dos millones de butacas vacías. Me siento en una y Fafi se me sienta al lado. Se produce este diálogo:

-A tu derecha no hay nadie, tío, podríamos ponernos más en el centro…

-Ya, pero es que…-le contesto, moviendo las manos.

Él asiente. Vaya conexión tenemos, copón. Bueno, no sé si conexión es la palabra. Esta historia empezó hace 24 horas. Volví a Murcia por navidad y me enteré de que Christina Rosenvinge tocaba en el Auditorio y –mejor aún- que el Fafi iba. Le propuse a mi colega quedar en su piso sobre las siete de la tarde para “hacer la previa”. Él dijo: “Buah, ya ves, qué guapo, ¿crees que todos los periodistas serán tontos como nosotros y cuando quedan antes de un evento que van a cubrir dicen que quedan ‘para hacer la previa’?” Pues seguramente no, Fafi, dudo que haya alguien tan tonto como nosotros. El caso es que quedamos en la puerta del Mercadona de La Fama y llego y le escribo un whatsapp que dice Venga, nene, venga y a la media hora él me escribe un whatsapp que dice Q te qeda pesao y yo le digo que no me joda y que baje. Entonces baja y compramos provisiones y vamos a su piso y le digo que no sé  qué hora empieza el concierto y me dice que lo busque y lo busco y veo que en la web de ticketmaster pone que el concierto empieza a las 21:30. Otro diálogo:

-Fafi, pone que empieza a las nueve y media, pero a nosotros no nos engañan. Seguro que a esa hora abren las puertas y el concierto empieza a las diez.

-Ya ves, a estas alturas.

-A lo mejor cuando no habíamos visto ni 50 conciertos pues sí podíamos picar y estar allí a esa hora, pero ¿a estas alturas? No me jodas.

Fafi se ríe y me echa cerveza.

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Entonces estamos sentados en la sala pequeña del auditorio viendo a Christina Rosenvinge y a mí me invade una tristeza espantosa. No sé si porque estamos en un lateral y se oye como la mierda o si es que me imaginaba a Christina petándolo en la sala grande del auditorio o si es culpa de la chica que tengo detrás y que canta las canciones más alto que la propia Christina y que entre canción y canción dice cosas rollo ¡¡EL AMOR DUELEEEEE!! Con voz quebrada y que tiene unos amigos que sueltan risotadas que parecen decir Ay, cómo se pone Josefa en los conciertos de Christina Rosenvinge, ¿eh? Si no la conociéramos podríamos pensar que está mal del perol o porque somos tontos. Pero tontos, tontos. La verdad es que el destino se ha tirado dos putas horas dándonos señales de que algo no iba bien: Fafi ha roto un cenicero y ha desparramado un litro de cerveza por el suelo de la cocina de su piso, su perra se ha meado y se ha cagado delante de nosotros, las pizzas se han quemado…pero somos tan tontos que todo eso nos suena a otro día en la oficina. Acho, qué tontos.

Christina toca Pobre Nicolás. La chica loca marca el ritmo de la batería en el respaldo de la butaca que tiene delante y la tristeza amenaza con salirse de mis ojos. Christina levanta un poco ese susurro suyo y los látigos de luz se hacen palpables por unos segundos y ya no hace frío y me acuerdo de aquello que decía Christina de que la melancolía es una especie de tristeza bonita y cuando voy a decírselo a Fafi la canción ya ha terminado y el ambiente vuelve a ser gélido y desangelado. Luego vuelvo a sentir unos segundos de calor con la memorable Canción del eco. La muy puta y La tejedora suenan intimidantes. La banda –mención especial a ese guitarrista mitad Cíclope, mitad Jonny Greenwood que resulta más llamativo a los ojos que al oído- es solvente, pero noto un ambiente rutinario y mecánico en cómo se relacionan sobre el escenario y en la energía que transmiten. Suenan cansados. Desajustados, incluso. Christina susurra una despedida y yo me pregunto cómo se sentirá al tocar en un concierto que ha sido íntimo a la fuerza.

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Le digo a Fafi que me hubiera molado que tocara Verano fatal y él dice: “¿Tú qué sabes? A lo mejor la ha tocado en los putos 45 minutos que nos hemos perdido”. Tiene razón. Yo qué sé. Igual fue llegar nosotros y llenarse todo de mierda, igual la sala estaba llena y hubo emociones tan fuertes que muchas personas tuvieron que ser hospitalizadas y nosotros solo llegamos al postre. Salimos y convenimos que es el (medio) concierto más insulso al que hemos ido en nuestras vidas. Caminamos hacia La Merced fantaseando con qué ha pasado en los 45 minutos que nos hemos perdido. La mayoría de cosas son tonterías rollo: Joder, tío, es que a lo mejor ha venido Leonard Cohen a tocar una canción con ella y nos lo hemos perdido o No te rías del guitarrista, porque ese tío a lo mejor era el pipa y ha tenido que salir a tocar porque al guitarrista original le ha dado un ictus o algo.

Caminamos unos minutos en silencio. Después, Fafi suelta: “¡¡¡UHUHUHUUUUUUH AAIIIIAH!!!”.  Toma aire y me dice: “Acho, sabes que ese va a ser el grito de la noche, ¿no?”.

Fotografías por Diego Montana

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