Cierra la puta ventana

Me paso los días discutiendo con mi madre sobre si la ventana de mi habitación debe o no estar abierta. Ella arguye que de nada sirve el teletrabajo para contener al virus si la voy a matar yo de una pulmonía. ¡Su propio hijo! No soy un descasto, amo y respeto a la mujer que me dio la vida; hay formas más indulgentes de matar a alguien –y más discretas…–. La cuestión es que necesito asomar el morro por la ventana constantemente. Si a eso le sumamos la dependencia a internet que adolece nuestra generación, tenemos que, ante una urgencia por fallo en el servicio, acabe deseando que un rayo entre por mi ventana y me fulmine antes de seguir escuchando la puta música jazzie con la que tiene a bien de entretener el servicio técnico para calmar a las fieras que abalanzan sus: QUE ME ARREGLES INTERNET, HIJO PUTA, O TE TOSO EN LOS HUEVOS, EN LOS DE TU MADRE O ME CAMBIO DE COMpañía… ¿Para qué, si somos todas iguales? He tenido que abrazar como entretenimiento visual la calle; tranquilos, guardad las antorchas, desde la ventana. Soy un buen ciudadano que se jode igual que vosotros. No me envidiéis, además, yo no tengo internet fluido, vosotros sí. ¿Os sentís mejor ahora? ¡¿Eh?!, ¡malnacidos! ¡Ojalá o apalee un poli! Bueno… Quiso Dios enviar a nuestro hogar una primera plaga de aviso. Consistió en una reforma de la fachada que hizo apuntalar todos los balcones. Echar un vistazo al edificio desde la calle es como ver una viñeta de la Rue del Percebe pero sin personajes histriónicos. Una especie de decorado a medio construir en el que, de no ser porque se bloquearon todas las puertas, veríamos la vida e intimidades de la gente; cosa que soluciona perversamente Instagram. Así pues, previo confinamiento, en casa de mi querida madre nos acostumbramos a recibir la luz del sol de cintura para arriba.

La ciudad ha cambiado, el país y el mundo han cambiado, pero hay elementos que siempre permanecen. Pudieran ser las iglesias, monumentos y estatuas de una ciudad, incluso árboles centenarios que aún no se han secado. David Bisbal ya no tiene solo que preocuparse de las pirámides. Sin embargo, para mí ese patrimonio lo conforman los pedigüeños. Ali, el magrebí más antiguo que conozco, lleva en mi calle unos 10 años. Mi hermana lo llamaba cariñosamente “el enano cabrón”. Desde nuestras ventanas lo hemos visto partirse litros enteros en la cabeza con otros guardacoches, compartir esos mismos litros con los mismos a los que se los reventaba en la cabeza, lo hemos escuchado todas las tardes aullar y gritar ¡¡PEERRRRROO!! y amenazar al viento ¡¡IIIIEHHHH!!, ¡¡¡MIIIIEEERRRRDAAAAHH!!! Tardé años en hablar con él. Fue tras la llegada de Cissoko. Este negro maliense siempre me resultó de los más complejos. Por las mañanas era un hombre sobrio y taciturno. Hablábamos y conforme entraba la tarde se ponía existencialista. Al caer la noche: borracho y agresivo. Tres veces quedé a las 8 de la mañana para llevarlo en moto a inmigración y tres veces me dio plantón. Quizá esté mal, pero me hacía mucha gracia. Cuanto más exaltado estaba, más divertido era, más pasional, más vivo, más consciente, y todo ese cinismo vital, esa gran carcajada que soltaba creyéndose muerto, importándole poco o nada, me hacía admirarlo. He tratado de explicar esto más de una vez sin éxito. Mis amigos me preguntan: ¿qué hablas con ellos? ¿qué dicen? ¿por qué los escuchas? Y cuando lo reproduzco literalmente carece de sentido.

Me asomo a la ventana y veo decenas de balcones vacíos, ventanas cerradas a cal y canto. Tan solo corren la cortina a las 19:58 por si el vecino de enfrente los denuncia al comité de buenas conductas ciudadanas. Y si el vecino no está… lo apunta en una lista para que que cuando todo esto pase, lo apaleen y lo maten. Los guardacoches, sin embargo, siempre están ahí, muriendo poco a poco. La primera vez que conocí a Cissoko yo llevaba un martillo en la mano y buscaba a un negro para rompérselo en la cabeza. Resulta inverosímil, pero el hijo de puta me había destrozado la moto y era mi único medio de transporte para trabajar. El negro acababa de salir de la cárcel y atracaba a gente por la Ronda de Garay con dos pistolas que simulaba con sus dedos índices (cañón) y pulgares (martillo). Nadie se sacaba la cartera pero corrían despavoridos. Se colaba por las ventanillas de los coches en los semáforos y soltaba guantazos como quien come pipas. Cuando bajé, Cissoko me dijo que el negro al que buscaba se llamaba Mariano Power, aunque le extrañaba. Me pareció ridículo, pero familiar… ¡De pronto me acordé de él! Una noche de “garrapateo” en la Fama se nos acercó y empezó a bailar y a cantar y todos le seguíamos; lo amamos. Tres años después estaba yo en la calle con un viejo martillo de mi abuelo buscándolo no sé muy bien con qué intención. Obviamente no iba a usarlo, pero no te puedes medir a ellos desarmado. La última vez que me pegué fue con Pepico el gitano. Un condecorado delincuente de mi barrio que tenía atemorizada a media Murcia preadolescente. Hace un mes ató unas sábanas y se ahorcó en su celda. Me lo contaba compungido un amigo mientras pasábamos por el cruce donde me cruzó la cara su primo mayor mientras yo le agarraba de los brazos para que no me hinchara a hostias él; el mismo sitio en el que después sostendría un martillo buscando a un viejo conocido que se había buscado un nombre para no parecer tan triste. Estando allí, viendo los ojos temerosos de Cissoko y su voz amiga me di cuenta de que si me declaraba su enemigo volvería a ser presa del mismo miedo al cruzar ese paso de peatones cada día. Le dije que cuando viera a Mariano Power le avisara de que quería hablar con él “de buenas”. Al día siguiente Mariano vino. No era él. No era el negro expresidiario que me había descuartizado la moto. Me pidió disculpas por Andrés (el gitano negro), el atracador desarmado. Mariano estaba absolutamente triste. Era su compañero. Me contó que esa misma tarde, tras un año separados, un coche patrulla se lo volvía a llevar esposado.

Cissoko empezó a beber cada vez más. Lo ingresaron en más de una ocasión. Llegó a dormir más en el calabozo que en la calle y un día se esfumó. Pasa con muchos. Llegan con todos los dientes y 1 año después se van con dos o tres y nunca conocemos su destino. Ali siguió aquí conforme pasaron los años. Ya no grita ni se pelea con nadie. No se droga, a penas ya bebe. Se pasa los días bajo mi ventana gritándole a la pantalla del móvil. Camina de un parking a otro con la misma lata de cerveza caliente en la mano, se ríe de la gente que va acojonada a comprar el pan y de los que multa la policía. Él es libre, siempre lo ha sido y siempre lo será. El otro día lo paró la policía y le advirtió que se fuera a un albergue de Mazarrón a confinarse –los de la ciudad estaban llenos–. Asintió, tomó camino y a los cinco minutos se apostó bajo mi ventana. Hoy ha venido con una mascarilla verde. Ahora todos los mendigos de mi calle la llevan. Les sirve para protegerse de la policía aunque los dejen medio sordos con la megafonía amenazándoles de que o caminan separados o los llevan presos. Este tipo de mendigos son los que mejor se han adaptado al medio tanto que ninguna ordenanza de pacotilla les va a cambiar la vida. A ellos los conocemos, sin embargo está ocurriendo algo insólito en el vergel de la mendicidad que es Murcia, y son todos esos desheredados, drogodependientes y hechos polvo que salen de los agujeros en los que normalmente se hallaban confinados. Ahora, la calle les pertenece.

Ali gritándole al móvil como cada día

Como si de una fuente se tratara, oí el chorrito de un caño derramarse por la acera. Me asomé corriendo por si ya hubiera empezado a manar sangre de las paredes. Una yonqui con los pantalones por los tobillos meaba a placer. Esquivando la caída provocada por el mareo de incorporarse se acercaba a los viandantes alargado los brazos con la intención de comerles el cerebro. Cuando se daban la vuelta se reía, le pedía un cigarro a otro y seguía persiguiendo a viandantes escogiendo a quien presentarle su desesperación. Uno de los árabes más nobles que hay en mi barrio ha pasado de comer en el kebap de mi calle a buscar en los basureros de la misma. La otra tarde se acercó a unas garrulas y les ofreció a cambio de dinero un objeto que acababa de sacar del contenedor. Ellas le gritaban: tiiiiiraaaa pa’ tras, que me infectassssss. Él se reía como la yonqui y se iba diciendo: si no muere hoy muere mañana, como yo e como todos. Ellas huían cogidas del brazo y riéndose: sí, sí, muérete tú. Sobre las seis de la tarde un niño grita desde el Castillejo: ¡¡¡ME ABUUUUURRROOOOOoOOoOoOoOoOOO!!! en su particular protesta contra el modelo familiar de hijo único. Lo hace desde una de las ventanas que hay sobre el bloque que impregna, con su noble y sumergido negocio farmaceútico, toda la calle de un sabroso aroma a marihuana. Cuando subo al terrao a tomar el café de la tarde veo cómo el trasiego de clientes no ha variado mucho. Entra y sale la misma gente con chándal y riñonera. La misma gente que sigo viendo en grupo en una esquina observar a los que van a comprar el pan. Cabe la ligerííísima posibilidad de que el ejército no esté en la calle para liarse a tiros con los virus sino para darle con la culata en la nuca a los que siguen siendo libres y se ríen de todos nosotros a pulmón limpio por mucho que les deseemos la muerte.

Sergio, el más educado de todos los mendigos escuchaba Rammstein en un viejo teléfono móvil. Siempre me silbaba a lo lejos y yo lo esperaba en el portal para charlar y me enseñara la última canción que había descubierto o el último politono que le gustaba de los cientos de móviles usados que tuvo –algunos de ellos míos–. Me contó un día que yendo a ver una de sus múltiples novias se peleó con un grupo de policías. Se abalanzaron todos contra él y viéndose vencido, comenzó dar vueltas como un helicóptero mientras salían despedidos por la fuerza centrífuga. ¡Era fantástico escucharlo aunque la historia fuese una falacia absoluta! Me ayudó cientos de veces a empujar la moto las mañanas más frías del invierno. Cuando la reparaba le invitaba a un litro y me echaba una mano. En su país él tenía una moto 10 veces más grande que la mía y una guitarra con más cuerdas que la mía. Cuando me veía coger la guitarra se jactaba de que las guitarras de su país tenían 7 “acordos”. Me pedía que le avisara cuando fuera a tocar y le invité a todos mis conciertos, pero nunca vino. Con ellos nunca puedes quedar, solo puedes encontrarte. Del mismo modo me encontré con que la guitarra de 7 cuerdas viajó de Europa del Este a Brasil. Estos días aprovecho para tocar todo el samba que nunca he tenido tiempo de aprender. Cada vez que lo hago lo echo de menos.

Fotografía de Juan Carlos Caval

La última vez que me silbó fue para decirme que había conseguido trabajo en su país. Que se volvía después de 13 años. Por primera vez no fue él quien leyó mis ojos y me dijo “no te preocupes, todo está bien, toma una cerveza, amigo, yo invito, nahu”, pero yo no tenía nada que ofrecerle. Casi muere a causa del alcoholismo. Según él, el hígado se le puso como una sandía, nahu. Recién salía del hospital y yo me iba de viaje hippie en moto me advertía de que en una travesía casi muere por una picadura de araña. Que las arañas de allí no son como las de aquí. Siempre se preocupó por mí, y yo por él… Le presenté a mis amigos, a mi madre, a mis hermanas. Él les sonreía con las encías podridas y su barba de tres días. Un día, sin que yo lo supiera, mi madre le pidió ayuda para tirar un viejo televisor. Me dijo que mi amigo le había ayudado.

-Espérate que esté un poco fuerte que voy a ir en busca tuya amigo. ¿Guardia jurado? ¿Jurado de qué? HIJO DE LA GRAN PUTA

Hay personas que se acercan a ellos tratando de estudiarlos como si fueran animales de zoológico, se apiadan de sus almas, les palidece la cara cuando le cuentan sus historias, pero no los escuchan, no se arrodillan para acercarse a ellos y estos días les arrojarían lejía hirviendo desde el balcón. Nunca me ha importado si lo que Sergio me contó era real. ¿Qué sentido tiene desenmascararlos? ¿Cuál es el objetivo de esas conversaciones? ¿Alguien se molesta en entenderlo? Ahora estamos todos encerrados en nuestras casas y ellos siguen libres, alargando sus brazos a la gente que los rechaza. Hoy muero yo, mañana puede que mueras tú. Sergio se fue, no volveré a verle, no volveré a hablar con él, jamás sabré si consiguió ser feliz, si murió de una paliza, de cirrosis o de viejo. Qué triste habría sido asomarme al balcón todos los días a las ocho a desearle desdichas. Qué triste ignorarlo toda mi vida y luego rezar por los que menos tienen. Qué triste si hubiera sido otro número del noticiario, otro grupo social más al que odiar estos días en los que sale más barato escupir que escuchar.

Fotografías de Juan Carlos Caval
Montajes de Manu Villena

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Ir arriba