*Artículo escrito por Lelé Terol*

Por dios (y por la virgen, y por la virgen): el abanico de las formas en las que se puede hoy día dar una patada al feminismo es ancho como Castilla. Por empezar a enumerar, existen las formas obvias, que son muchas, como lo de pagar menos a tus empleadas, lo de tener fobia a la baja por maternidad desde el momento de la entrevista de trabajo o lo de abolir de repente el derecho al aborto. Pero existen, también, las formas medianamente obvias. Aquí coloco yo al ideario altamente ridículo de los anuncios de maquillaje, a la asunción de algunas mujeres de que para reafirmarse o reinventarse sobra con adoptar tal o cual estética y al aluvión de corazoncitos con el que nuestras primas las de Lorca acompañan a los votos de Risto Mejide cuando esparce su visión de la mujer ideal –que es bastante de Lolita de Nabokov– en nuestra sección de últimas noticias. Estas maneras, aunque vayan metiendo un dedico en el ojo a los fundamentos de la igualdad, están a la orden del día. De hecho, una vez escuché en la verdulería que el nuevo feminismo pasa por que las mujeres, en su revolución en la sociedad, escojan libremente usar herramientas machistas, y me pareció, en su día, una sentencia tan abominable como acertada.

El caso es que ya no pienso igual. Igual en aquel entonces estaba yo más sensible y más sociópata porque sí que salía con mis amigas a hacernos “fotis” pero no había conseguido consagrar un proyecto musical compuesto mayormente por chicas. Me había subido a escenarios grandes por ser una acordeonista y no un acordeonista en un grupazo formado y dirigido por hombres. Había hecho balance, y me había dado cuenta de que con una actualización de mi foto del perfil, si salía mona, conseguía un 500% más de valoración por parte de la gente que con la publicación de cualquier canción que me había llevado semanas componer, producir y grabar. También me había instalado Instagram y para colmo, bueno, mi novio me acababa de dejar por una modelo veinticinco años más joven que yo.

Pero bueno, como iba diciendo, ya no pienso igual. No creo que la sociedad escoja incitar libremente a nada. El mundo es grande, los gustos diversos y en mayoría, las mujeres somos libres e independientes para, ante los hechos, emular o no a las demás y adoptar el rol que buenamente nos dé la gana.

Lo que sigue aturullándome es el otro extremo del abanico ese del denigre del feminismo del que he empezado hablando. El extremo de aquello que pretende ser feminista y consigue precisamente, ser todo lo contrario. Pienso en la Fearless Girl de Wall Street, una escultura de bronce que representa a una niña adorable, delgada y caucásica (obvio) que sólo con su evidente actitud de enfrentamiento (obvio, obvio) se encara a un toro que se dirige decididamente a embestirla. Hasta aquí, todo incluso bien: una representación un tanto naíf que viene a reivindicar, así como épicamente, la revolución de la mujer en un lugar muy transitado y tradicionalmente ligado a hombres descorazonados que mueven el cotarro.

Lo que pasa, es que luego resulta que ese toro que la encara se puso ahí casi treinta años antes de que ninguna niña lo desafiara y representa al bravo poder del pueblo resistiéndose ante el abominable avance de la capital capitalista del mundo. Su escultor, Arturo di Modica, lo plantó en medio de Wall Street como un brutal acto de vandalismo y, por el apoyo de la gente, sigue ahí aún a día de hoy.

Sobre la niña adorable, delgada y caucásica, que se encara sólo con su actitud al temible toro que va decididamente a embestirla, merece decir que es idea de una agencia publicitaria. Puede que, dejando a un lado que se hayan cargado las verdaderas intenciones del toro, todavía se pueda considerar como algún tipo de símbolo feminista, por naíf que sea.

Pero a mí no me lo parece. Igual en forma está muy bonico todo, pero según lo que pretende representar la agencia publicitaria el colectivo que mueve el cotarro se presupone constituido por hombres y tiene la forma de un toro bravo, y además la mujer se materializa ya no sólo en niña entrañable, caucásica y delgada, sino en un desigual que parte de su origen débil, indefenso y adorable. Se presupone (y según la aceptación, se acierta en la presunción), que las mujeres se contentarán y se motivarán ignorando el sentido original del toro bravo, en pos de su interpretación más banal, más obvia y más bonica.

Me clama al cielo la aceptación popular de esto. Me asusta que eso sea, precisamente para las mujeres, un símbolo feminista; eso tan simple, tan evidente y tan superficial, tan en frente de otro símbolo que sin ser feminista (ni dejar de serlo) tenía una profundidad que sí que excedía a su puñetera forma. Me asusta porque me mueve a, efectivamente, hacerme “fotis” guapas con el ánimo de impresionar por el hecho de que soy joven, soy chica y encima, soy músico.

Creo que va siendo hora de pasar del rollo. Creo que este tipo de conductas que surgen siempre de la base de la desigualdad y la anécdota pueden reducir el sentido a la forma. Pueden facilitar las cosas hasta hacer que cualquier cosa sea eso, remarcable y simpática. Y yo no quiero ser una muchacha lo más guapa que buenamente pueda que encima es músico. No lo quiero tampoco para ninguna otra mujer. Yo sólo quiero turbar y turbarme tocando, y quiero estremeceros a todos, quiero tocar la sincronicidad y delirar entre la generosidad y el exhibicionismo; y lo quiero y quiero que lo queráis, así me levante mañana siendo un carretillero o teniendo cara de ferocactus alamosanus.

No pretendo yo entrar en charleta moralista, ni darle la chapa a nadie. Ni siquiera veo muy útil quejarse. Pero igual es buena cosa poner en tela de juicio, ya no sólo lo que se hace en contra de la mujer (como colectivo, como individuo, como artista o como profesional), sino también lo que teóricamente hacemos, decimos, proyectamos y reivindicamos en favor, y, claro, en beneficio, nuestro.

Piso28
Piso28
Aquí lo firmamos todo, pero para previas y otros artículos que no han sido escritos por nosotros firma nuestro suicida.

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