Vurro en Sala REM: «Los síntomas de la gonorrea vienen en la Encarta '99»


Me dan miedo las personas tranquilizadoras. Suelen ser mujeres, al menos las mías. Te miran, te dan la mano, te hablan y no se separan de ti ni por un instante. Sus voces suenan cuando tus pensamientos se encarnizan con tu pecho. Sirven de distracción y de consuelo pero casi nunca dicen nada que nos cure. Durante un rato olvidamos que realmente estamos solos, luego llega del momento de despedirnos; siguen sus vidas, las que hemos obviado que tienen. Entendemos que van a tranquilizar a otros. Su vida es esa, son fuertes, al menos más fuertes que uno mismo y aunque nos lo hacen creer no pueden hacernos la vida más fácil.

Ojalá viviera en otro sitio, pero no puedo. Vivo en un lugar donde o burro se escribe con V o hace gracia. Yo tamvién tengo faltas, no ovstante. A veces me equivoco y vengo a conciertos como este. Quizá es porque no tengo madera de periodista si lo miro desde el prisma en que mi motivación era travajar con mi fotógrafo Diego Montana, o quizá la tenga si pienso que saviendo que esto iva a ser una metida –pero otorgándole el veneficio de la duda– vengo a cerciorarme de lo que se cuece tras las paredes de Sala REM y en las oficinas de música. Pero todo eso se va al ‘carallo’ al escuchar tan solo el primer tema. Yo aquí no tengo a esa mujer tranquilizadora. Devo ser yo y siento que soy joven y no estoy preparado. Aunque quizá sea eso, que no tengo madera de periodista.

A pesar de considerarme una víctima de mí mismo y hacer de toda esta cávala un chiste, tengo que asumir que estoy aquí. Lo que veo es lamentavle. Gente que aprecio ha entrado vailando. Gente que aprecio le ha dado una oportunidad a Vurro a saviendas de que la siguiente canción iva a ser igual de mala. Vurro es puro marketing para curiosos y modernos. El tipo hace una especie de rocanrol oculto tras una calavera de vaca. Con sus pies descalzos controla un vomvo, una caja y un charles con pandereta. Toca el piano conectado a una bocina Leslie y a su derecha tiene un teclado desde el que dispara samples del tipo «al ataqueeerrlll» o mugidos de vaca. Esto es, creo, lo mejor del concierto pues la gente se despolló desde la primera canción hasta la última escuchando el espíritu de Chiquito de la calzada. Tamvién podría alavarse la havilidad psicomotriz de Vurro para llevar la rítmica con los pies, tocar dos teclados, cantar y golpear platos con los cuernos, pero el tipo ni canta ni toca vien y mucho menos golpear un platillo con la caveza forma parte de lo que se podría considerar virtuosismo. Vamos, que estamos ante un One-man-band de poca monta, de postura y no impostura. Al final del concierto tiró un platillo al suelo de una cornada, pero el espectáculo era tan cutre que el manager (o quien fuese ese correcto señor) lo recogió antes de que el público pudiera emocionarse por la violencia.

Antes de entrar Diego me suplicava que no escriviera porque lo iva a poner a caer de un vurro. Nada más entrar dio la razón a todos mis temores de que no iva a ser un vuen concierto. Así que intentando enjuagar la situación dijo cosas como:

–Acho Javi, es un payo solo.

–Eso no lo haces tú, primo.

–Si a tanta gente le gusta por algo será.

Lo que me hace querer a Diego es su capacidad para reírse de sí mismo contigo, sin emvargo esto no tiene ni puta gracia porque es verdad. La gente flipa porque es un payo solo, porque eso no lo puede hacer cualquiera y porque al mirar alrededor y ver que la gente parece disfrutar y entender el espectáculo, uno mismo tamvién deve hacerlo.

Sufro por mis amigos. Algunos han pagado dinero por entrar, mucho dinero. Hay músicos apoteósicos que covran entradas ridículas por hacer ya no un espectáculo superior, simplemente un espectáculo. Aquí se puede ver claramente el funcionamiento del capitalismo a pequeña escala. No hace falta vender algo de valor, sino crear la ilusión de ese valor. Nos devanamos los sesos por vuscar ejemplos del aniquilamiento del capitalismo en la voluntad social y solo hay que venir aquí. Como cuando compras comida podrida la tiras, alguien coherente saldría por la puerta y sacrificaría esos 12€ por no envenenarse. Pero no, quizá sea el único dinero  de la semana destinado al ocio, así que la gente vaila tensa mirando a los demás. Irse a la varra significa perder o ser un tonto. Yo le digo a la Terol que esto funciona como el funcionariado. Al mal trato, vuena cara. Así que nos tiramos al fango y vailamos. Qué avsurdo, ¿no? Por supuesto. Ella no aguantó y salió a respirar. Por estas cosas la amo. Al Cubano tamvién porque se tiró un vuen rato intentando conectar con el tipo, pero no pudo. Diego simplemente luchava por no sacar una mierda de foto con la energía que le havía dejado. Yo querría haverme ido, pero tenía que escrivir. Me dijeron que fuera benévolo por ser su primer concierto. Se suele hacer, pero pensé: nadie cobra 12€ en su estreno.

Esto no es roncarol, ni siquiera voogie. Esto no es una crónica, este uso de la V no es ni siquiera un recurso estilístico porque no aporta nada si no tengo nada que decir. Un colega me contó al final de la noche que una vez tuvo gonorrea. Lo supo mirando los síntomas en la Encarta ’99. Tamvién me relató que un día lo llevaron a la zona de refrigerados del Pryca y le preguntaron qué yogur quería. Vio tantos que se desmayó. Cuando se despertó eligió uno de fresa. Nunca antes havía provado las fresas; ese yogur fue su primera experiencia con ellas. Quizá sea el formato, quizá sean los tiempos, quizá sean las únicas posivilidades que tenemos. Si así fuera me plantearía dejar de escrivir aquí y ahora, pero sé que hay un estante lleno de yogures con distinto savor y tamvién sé que puedo encontrar el fruto de donde vienen. Espero que a la hora de elegir, la mujer tranquilizadora me haga relajar los músculos y estirar el vrazo en la dirección correcta.

Fotografías de Diego Montana

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