Vicente Navarro: «Dios no ha querido que tenga una vida normal»

Vicente remueve el colacao. Sonríe. ¿Recorrido? Sí, aquella banda tuvo mucho recorrido, concretamente hasta la acequia del Malecón, que fue donde volcamos. Ahí se quedaron el coche y el grupo. Reímos. Hablamos de Los Tramposos, su primera banda. 1988. Rockabilly, rock and roll, tex mex, no sé por qué, pero después de La Bamba, de Ritchie Valens, a todo Dios nos dio por hacer rancheras, quizá fuera nuestra respuesta al country. Vicente Navarro (Murcia, 1972) es una figura clave para entender el rock and roll en esta ciudad. En especial, aquellos renglones que nunca salen en los periódicos, los personajes a los que nadie llama para que enseñen su casa, lo que pudo ser y, por lo que sea, no fue. Y lo que pasó en el camino.

Quedamos con él en la tapería La Recarga, en el centro del barrio de Vistabella. Lo encontramos en el centro de la terraza. Colacao. Dos tostadas. Enfrente, un café. Es para el de la papelería -Capri, justo al lado-, que no tiene ni un segundo para sentarse. Conoce a todo el mundo. Antes toda Murcia era como Vistabella. Un pueblo. Nos conocíamos todos, a veces se ha intentado que esto sea otra cosa, una gran ciudad o algo así, pero siempre volvemos a esto, a lo que llevamos en la sangre. En cada palabra que pronuncia le salen por la boca dos o tres kilos de admiración por su barrio. He estado en muchos sitios, y siempre vuelvo aquí, será por algo, dice. Su historia solo se puede entender desde el corazón de un barrio construido a mediados de los 50 para hospedar a militares. Un lugar que habría sido muy diferente sin su abuelo.

De Rusia a Vistabella

Mi bisabuelo era el barbero-dentista de San Antolín. Los domingos, después de misa, le encantaba salirse a la calle con una botella de vino y una silla. Se reía de todos los gitanos. Nadie le pegó nunca, claro, era el barbero-dentista. Su familia paterna se mudó al barrio al poco de que lo construyeran. Allí coincidió con su otra mitad: Mi abuelo materno era de Jaén, pero hizo la mili en Valencia, donde conoció a mi abuela y se casó. Era falangista y se hizo rojo para salvar el pescuezo. Luego, no harto con la Guerra Civil, se fue a Rusia con la División Azul, y luego, no harto con Rusia, se vino a Vistabella. Se le ilumina la cara. A veces tira del hilo y notas en sus ojos oscuros una especie de agradecimiento extraño, como si supiera de la necesidad de que todo esto no caiga en el olvido. Cuando pasa, te limitas a no hacer demasiado ruido.  Fue de los fundadores del barrio. Aquí había osos y tigres y mi abuelo, junto con otros conquistadores, descubrió aquí la fuente de la eterna juventud. Luego, alguien dijo: ‘¿Quién quiere ser alcalde?’ y él dijo que él, que venía de Rusia. Nadie puso pegas.

Llegan dos gitanos y plantan el organillo detrás de la terraza. Uno toca. Mucha soltura. El otro pasa la gorra. Vicente dice que podemos seguir en la plaza de los patos. Dice que ahí, en el enclave más emblemático de Vistabella, se ha dejado, literalmente, sangre, sudor y lágrimas. Y entonces llegó el sábado y la tienda de órganos.

¿Hasta dónde puede llegar el vinilo?

Yo estoy seguro de que estando en el vientre materno ya tenía a mi alrededor boleros y rock and roll. Mi padre fue músico, no profesional, que es lo que él había querido, pero las circunstancias de la vida lo llevaron a ser padre de familia. Cuatro hijos. Cuenta que en su casa había hostias por coger un micrófono y que con uno de sus hermanos inventó un juego: el lanzamiento de vinilo. Un día, el padre llevó a sus hijos a una tienda de pianos junto a la plaza de toros. Tendría ocho o nueve años. Había un tío tocando un órgano, y yo cogí y me puse a su lado y empecé a tocar sin tener ni idea. Mi padre se olió algo y compró el órgano. Un Farfisa. Ahora se darían hostias por él. Autodidacta por vocación, se empolló un libro con Adeste Fideles y la canción del cumpleaños. Dice que con su padre fue raro: Le habría gustado que yo triunfara en la música, pero llevaba encima el adoctrinamiento de 40 años de franquismo, eso de nacer, crecer, trabajar, reproducirte como una cucaracha y morir. Aunque lo intentaba, le era imposible salir de esos esquemas mentales.

Después de Los Tramposos, la banda acabó boca abajo en El Malecón, tocó con Los Chevrolets –todo rock and roll-, descubrió el doo wop y fundó Los Cocodrilos: Éramos la gran banda murciana, cantantes, doo wop y rockabilly, saxofones…siete tíos sobre un escenario…era una pasada. Dice que ahí está el germen de la mezcolanza que supone verle ahora en un escenario: rock and roll con retazos de rockabilly, pero ya tirando al beat, yo estaba escuchando mucho a Gerry & The Peacemakers y a Freddie & The Dreamers. Vicente estuvo ahí desde el primer día. Vio cómo Murcia se llenaba de mods, rockers, punks, góticos y gente del postpunk. Dice que salir por las tascas era formar parte de una tribu urbana: Sí o sí; si no, eras invisible. Vio hostias cada sábado en la calle Trinidad. No romantiza los años salvajes, pero echa de menos cierta espontaneidad: Aquí siguen surgiendo bandas y la ciudad bulle cada fin de semana, se podría decir que se ha dado un paso adelante, pero antes se tocaba en la calle, en cualquier bar, en los bajos, en las tiendas, y no tenías que estar preocupado de que llegar la Policía y te multara.

Dios no ha querido

En 1991, Vicente se fue a Bétera a hacer la mili. Regimiento Vizcaya 21, fui el último gilipollas que hizo un año de mili. Por aquel entonces curraba de repartidor de productos para peluquerías. Cuando lo dijo, sus superiores lo vieron claro: Tú, peluquero. Y yo no había cortado un pelo en mi vida. Dice que no repetiría la mili, pero que tampoco la desprecia: Igual el cabrón del sargento venía y te tenía una hora de pie sin poder moverte. El tío vigilándote, ¿eh? Un compañero mío no aguantó todo aquello  y se prendió fuego. Es un año en un micromundo en el que conoces al tío más elevado espiritualmente y al mayor hijo de puta que puedas imaginar.

Luego se casó, tuvo una hija, se separó, se casó y se separó. Todo salió muy mal, cuenta, lo único bueno fue que naciera mi hija, Gina, y mi nieto, Daniel. En ese momento, la sonrisa que siempre le acompaña desaparece. Baja la mirada. Siempre he querido pensar que Dios no ha querido que tenga una vida normal, porque yo lo he intentado, reconozco que he trabajado y he sudado para ser un rancio más como una familia, pero no me ha salido. Le pregunto por su hija y su nieto y la luz le vuelve a la cara.

Se desvinculó de la música en directo. Trabajó de guardia de seguridad y acabó en Almería. Allí me rencontré con el underground de los bares nocturnos, toda la noche escuchando rock and roll y nada más que rock and roll, explica. De vuelta a Murcia, trabajó en el Old School, un bar de moteros, y le volvió a ver la cara a un zanguango que ya le había pedido discos tiempo atrás: Alberto, el Charro, entonces batería de Analogic y fundador de una estrella fugaz en forma de bar llamado Trémolo. La idea era la misma que yo tenía, cuenta Vicente, un bar de rock and roll de los 40 a los 60, pinchando en vinilo…era un paraíso.  Sus caminos se estaban cruzando: Los dos estábamos igual, sabíamos lo que nos gustaba, pero no encontrábamos la forma de sacarlo adelante. Quedamos para tocar, y los dos o tres primeros días aquello era un caos, pero hubo un momento en que conectamos y empezamos a sacar canciones como churros. Había nacido Galleta Piluda, una de las bandas con más personalidad que ha visto esta ciudad.

Vicente habla de Alberto como de un hijo: Piensa que él nació en el 86, estaba yo ya harto de hacerme pajas. El tío se fue empapando de todo, tiene una mente muy abierta y ha acabado superándonos a los viejos. Es como tienen que ser las cosas: si los jóvenes no superáis a los viejos, no vamos a ningún sitio. Señala la fuente. Baja la voz: Esto es raro, pero aquí había patos hasta que Franco murió. La democracia trajo la libertad y se llevó los patos. Reímos. Levanta la mirada y me señala un edificio al fondo. En lo alto de la fachada, tres círculos amarillos coronan la estructura. Mi hermano me decía que esos tres círculos eran las tres tumbas de los fundadores de Vistabella, yo siempre lo vi lógico: los tres fundadores de este barrio tienen que estar en lo más alto.

El futuro se va escribiendo

Ahora señala los bancos. Quiere hacerme partícipe de su mejor lugar del mundo. Ahí a la sombra, vamos a estar a gusto, dice. Le pregunto si se arrepiente de algo. Resopla. Pues de todo y de nada, pero no creo que sea raro, todo el mundo ve igual su pasado. Hay cosas que no volvería a hacer, pero no me arrepiento de haber hecho. Gira el cuello hacia la fuente. Supongo que todo lo que me ha pasado me ha ayudado a crecer como persona y no ser un gilipollas insoportable, a hablar con algo de sentido. Te tienen que pasar ciertas cosas en la vida para bajarte los humos y plantarte en tierra.

Siempre que hablo con él, me acuerdo de cuando Catón decía que prefería no tener una estatua para que la gente se preguntase precisamente eso: por qué no la tenía. Vicente sabe que es Historia del rock and roll en esta ciudad, pero nunca lo dirá. Su forma de hablar es una lección de vida. No te flipes, no te des demasiada importancia, quizá seas bueno, pero caerás con frecuencia en el ridículo. Ríete. Frente a nosotros, se acerca desde la iglesia una señora con una permanente amarilla indestructible y un perro. Le pregunto a Vicente por el futuro.

El otro día una amiga me quiso echar las cartas para saber cómo me iba a ir. No quise saberlo. El futuro se va escribiendo a cada segundo que voy caminando. El futuro es qué serie voy a ver esta noche antes de dormir. Con qué actriz porno me la voy a cascar. El futuro es algo que no existe, aunque es cierto que uno se plantea algunas metas. Mi meta, ahora mismo, es terminar mis días en una cabaña india haciendo el hippy y el indio y puesto de tripis todo el día. Sería un buen final. Necesito un final espiritual. Marruecos, el desierto…enterrado en la arena…

La señora con la permanente amarilla indestructible pasa por delante. Vicente abandona su idea del final. Hola, Maribel. Hablan. Me despido. Lo último que oigo es a Maribel diciendo que va a ser un verano duro. Vicente se agacha, acaricia al perro y dice que ellos, los perros, sí que van a sufrir este verano.

Fotos del incorregible Daniel Cano.

Santini Rose
Santini Rose
Soy periodista. A veces me meso la barba y las personas a mi alrededor creen que estoy pensando en algo muy profundo. Cuando hay personas a mi alrededor, quiero decir. Por cierto, están guapas esas presentaciones en las que uno habla de sí mismo en tercera persona, ¿sabes cómo te digo? rollo: Santini nació en la murciana aldea de Fuente Librilla allá por 1992. Hijo de maestros, demostró desde muy pequeño...ese rollo. Qué risas. Otra cosa: si sabes algo de Pedro, el pescador mellado de La Manga al que no dejan entrar en ningún bar, ponte en contacto conmigo. Le echo de menos.

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