Veintinueve litros de desgracia y uno de mar

Camino por la orilla de la playa con una sudadera y un bikini de terciopelo debajo. Alguien me dice que parece que no llevo bragas, que me las ajuste un poco. No lo hago.

Es la primera vez que escucho música en días. Lo intenté, después de aquello intenté seguir con Marta Sui Tubi, el grupo italiano que me recomendaron, pero son demasiado poéticos y me hacían llorar. Como todo me hace llorar, elijo música maquinera.

The ChainsmokersLet you go ft. Great Good Fine Ok.

Mierda.

A veces las paradojas se confabulan contra ti para atacarte pinchándote un ojo, un oído o el alma. Es un hecho.

Pensaba pasear hasta el final de la costa y luego volver, pero no tengo ganas de caminar. Estoy cansada. El sol se oculta tras las nubes. El mar ruge, embravecido. Siempre se utiliza la palabra «embravecido» para hablar del mar. Es como el monólogo de Joaquín Reyes, el de las palabras que van juntas. «¿Cómo era el marco? Incomparable». Siempre he creído que me casaría con Joaquín Reyes sin dudarlo porque me haría reír todo el día. Una vez me quedé mirándolo porque no sabía si era él, llevaba bigote y estaba en Chambi con un helado en la mano. Me devolvió la mirada atónita y fue gracioso. No me reí en ese momento porque estaba flipando, como si hubiera visto a Michael Jackson en persona, negro de nuevo, feliz, paseando por la calle. Supongo que casarse con Joaquín y pedirle que te haga chistes todo el día es casi más negrero que lo que le hicieron a Michael en su niñez, y así acabó.

Me siento –me desplomo– y noto que toda la arena del mundo se me mete en el bikini. Está fría.

Hay dos chicas que se están bañando. Hace frío pero se ríen y juegan. Son mayores pero juegan. Se lanzan agua y se dejan arrastrar por la corriente para volver al punto de partida. Se ríen. Juegan.

Entonces miro hacia la derecha y encuentro dos obesos abrazándose. Son muy gordos, de estos guiris gordos y rojos que se extienden como plagas por la costa de Alicante. Y se quieren. Se abrazan, a duras penas consiguen rodear el contorno, pero se quieren y se abrazan. No dejan de besarse como tortolitos. Como si tuvieran quince años y acabaran de descubrirse por primera vez.

La voz de The Chainsmokers, aguda y masculina, sigue aullando en mis cascos. El rumor de las olas se apaga unos segundos mientras comienza el ascenso. Entonces rompen, y rompe también la melodía discotequera en mis tímpanos.

No hay más sonido en el mundo que el que vibra en mis oídos.

Pero sí hay más sentimientos que los que me taladran por dentro.

Yo os pongo banda sonora, mujeres juguetonas y semi-lésbicas, guiris gordos y rojos, a vuestras risas y a vuestros abrazos y a vuestros besos y a vuestros juegos. Os pongo la banda sonora porque así me recordáis que existen las risas, los abrazos, los besos y los juegos. Y me hacéis entender que yo conozco todo eso, que lo he vivido, lo he experimentado. Que he bailado música como esta, he saltado y he sentido la adrenalina. Lo he hecho, no se me puede olvidar porque soy capaz de hacer todas esas cosas.

Me tumbo en la arena y dejo que la canción palpite mientras sale el sol con timidez y lloro un poco y me planteo quién lloraría con una canción así. Es patético.

Lo mismo soy patética. Una persona que pone bandas sonoras al mundo aunque no lo sepan. Ni siquiera las oyen. Alguien que vive saltando de banda sonora en banda sonora. Que no sabe mantenerse a flote si no es con palabras en un mar de lágrimas. Dice Marta Sui Tubi, el grupo italiano de poetas, que en tu vida piangerai trenta litri de lacrime ma di queste solo un litro di gioa. No es justo. No me parece una proporción digna: una treintava parte de felicidad en la vida, frente a veintinueve litros de desgracia.

Lo mismo soy patética, sí, pero para mí tiene sentido llorar aquí y ahora con The Chainsmokers, aunque habrá gente que se llevará las manos a la cabeza con eso. Quiero seguir emocionándome con los guiris gordos y rojos, con las bañistas semi-lésbicas, y desearles en este momento toda la felicidad del mundo, aunque no vuelva a ver a ninguno de ellos jamás –con suerte… aunque da igual, otros guiris habrán reemplazado su lugar para verano. Y sí, obviamente las semi-lésbicas son extranjeras también porque hace frío y aquí los locales no nos bañamos cuando estamos a menos de cuarenta y siete grados-.

Hay una canción escondida detrás de cada momento.

Aunque a veces esa canción no sea la que esperas, si dejas que suene… acabará teniendo sentido.

Al menos eso me digo para dejar de llorar, porque ya se está quejando la gente de alrededor de que estoy inundando la arena, dentro de poco un reguero se abrirá paso hacia el mar y tendrán que mover sus cachivaches, las tumbonas, el aceite de coco y las novelas de bolsillo. Eso me imagino que murmuran, con sus caras y sus cuerpos rojos.

Andrea Tovar
Andrea Tovar
Soy abogada habilitada, especialista en Derechos Humanos y Gobernanza y correctora literaria. En esa frase se resume la inversión de mis veinticinco años de vida, así que ahora que empieza el segundo cuarto de siglo me planto y me pongo a escribir, porque sí, sin título ninguno y sin más ambición que la de tener un poco menos de acidez de estómago en este mundo cruel. Tengo un blog en la Verdad que se llama «Querido Millennial» donde hablo de... cosas de Millennials

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