El Twanguero en los Jueves Yes: Chet Atkins es algo más que un Christmas show

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Para un guitarrista es difícil escuchar a otro guitarrista tocar mejor que él. Para un escritor es difícil leer a otro escritor escribir mejor que él. Para un pintor… pues eso, es difícil presenciar una destreza y unas ideas superiores cuando a ti las manos no te alcanzan ni a atarte las botas. Me dice Ñaco que el ego de los músicos es inabarcable. Tiene razón. Envidio a El Twanguero, su manejo de la guitarra me hace sentir un imbécil sin dientes. Lo primero que me sale pensar es «bueno, eso podría hacerlo yo, incluso mejor» lo segundo es «bueno, yo eso no podría hacerlo ni de coña, pero tengo más sentimiento» lo tercero es «nunca voy a tocar ni a transmitir como este tío…». Y aquí se me acaba la envidia, empiezo a admirarlo y descubro que esa inquina no proviene más que de un odio hacia mí mismo. Cada cual da con un camino, y yo, como tantos otros, lo que envidio es no haber tenido su decisión de haber puesto todo mi empeño en el aprendizaje del instrumento y la música.

No entiendo muy bien qué se pretende con Los jueves yes. Pagamos un precio razonable por un selfservice de tapas y cerveza, nos ponemos ciegos a unos metros del artista que una hora después tocará en la Yesería y con una indigestión arrastramos la panza hacia el concierto. Es algo tosco y artificial. El artista se apostilla en una esquina y el resto carcajea en una algarabía endogámica, pero uno puede decir «hey, ayer cené con el Twanguero».

El concierto abre como abre Pachuco (2015), con Speedy García. Nos engancha y con un destello nos abre las pupilas que resulta ser un tiro entre ceja y ceja. El rock de El Twanguero son decenas de balas que solo se esquivan bailando. ¿Qué? ¿Bailando qué? Pues ritmos latinos. Esto es suyo, su sonido, su estilo y lo está regalando a una ciudad que no sabe muy bien qué es. Cuenta que hizo un viaje –uno no, varios– a las américas. En uno de ellos conoció a Buddy Guy, que tocó blues con él y que tiene una mala hostia del copón. Con la anécdota va de guay (permítaseme el chiste) y Ñaco se caga en la virgen por la fantochada porque al parecer el hombre tiene un bar archiconocido en el ‘sweet home’ Chicago. Sigue con la historia que le sirve de lección didáctica a los ignotos sobre cómo suenan qué estilos en cada folclore. Para ello hace demostraciones de México, Venezuela, Argentina o Brasil –mariachi, valses, tangos, samba–. La corrida nos sirve para entender por qué este hombre toca lo que toca. De Norteamérica coge el rock y del resto la chicha que ofrecen las culturas sudamericanas. Y como el tío es un prodigio le sale un Frankestein vivo y autosuficiente.

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Por crear discordia, dice que el Nobel debería ser para Atahualpa Yupanqui y acto seguido homenajea su Guitarra dímelo tú. Para seguir creando discordia se va con Elvis y dice que es a los Estados Unidos de América lo que Camarón a España. No me termino de creer al personaje. Habla como Bunbury, o como cualquier otra estrellita que entona como un reportero de Antena 3 al que han dado conexión en directo, pero de repente, cuando no puede ser más insoportable –creo que por torpeza– le sucede lo que le sucede a Sean Penn en la escena de Sweet and lowdown hablando con su novia. Deja de decir patochadas, coge la guitarra y ésta se erige como la voz de la verdad. Es un tema inédito que recogerá su próximo álbum en el que juntará un tema de cada estilo que ha vivido en sus viajes, pero este en particular es algo introspectivo, sufrido y cierto. Por defecto le mete algo de boogie, pero no desentona porque es parte esencial de él mezclada con sinceridad a sí mismo. Soberbia. Y no lloro porque aquí, en principio, se ha venido a bailar, pero esa Martin de los años 30 con la que baila él solo sobre el escenario se comunica como una zarza ardiendo.

Le dice al público que esperaba que bailara –algunos lo hemos hecho– y que sin embargo ha venido a «estar atento». Dice que aprende de nosotros. Sigue siendo mentira, si bien es cierto que a los asistentes los ha dejado con el culo torcido, pero como dice Ñaco, si me pierdo algo es porque no puedo evitar bailar y esta noche, aunque nos han llenado de plomo el cuerpo, hemos esquivado entero el último cartucho pudiendo estar quietos. O quizá he sido yo, o quizá la envidia. Sigo escuchando y sigo pensando.

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