Día 7| Toquinho + Silvia Pérez Cruz + Javier Colina, Ana Moura, Maria de Medeiros y Gaye Su Akyol: «Comidita, Cervecita, muchachitas» [La Mar de Músicas 2019]

Séptima jornada de festival. María de Medeiros toca en el CIM y… ni de coña puedo empezar así… ¿quién me creo yo? ¿El periodista Diego Manrique? El casero va todas las semanas al cementerio de Lo Campano a llenar garrafas de agua porque según él es de manantial y está más buena que la mierda que depuran los políticos murcianos; y ya que está, se pasa por la tumba de Isaac Peral a rendirle homenaje. Según él aún conservaríamos nuestras colonias si no fuera porque los putos yanquis sabotearon nuestro submarino, bueno, el de todos los cartageneros. Nos recomienda que lo visitemos en moto. Sí, dice que el guardia no empieza su turno hasta las 5 u 6 y podemos meternos hasta la ermita, echar un trago, saludar a Isaac e irnos a la playa del Gorguel. Creo que no he cometido mayor sacrilegio en mi vida, pero, ¿cómo llevarle la contraria incluso aunque no esté de cuerpo presente para soltarnos una hostia?

Estamos viendo cómo tres gitanos en chanclas sierran una palmera. Esto ha sucedido porque el casero nos ha recomendado una playa en mitad de la nada en la que la gente edifica sus chabolas de forma ilegal. Según él, una ruta perfecta para moto. No todo el mundo tiene por qué tener la misma vara de medir, pero ¿¿UNA CARRETERA DE PIEDRAS Y GRAVA?? No siento los brazos cuando de repente se nos atraviesa una palmera en mitad del camino. Detrás de nosotros empiezan a llegar coches. Dos gitanos primero, una familia después y más gitanos luego. Entre todos la enganchamos de las ramas pero eso no hay quien lo mueva. Una señora nos grita que somos una mierda de juventud, que cojamos mi moto en peso, la pasemos por encima y vayamos a pedirle una motosierra a su marido. Le digo que pesa 250kg y está ardiendo, pero la señora no lo entiende y sigue con que con esta juventud ya sabemos lo que hay… Empiezan a llegar coches del otro lado de la palmera. Y sin saber cómo, hay tres motosierras a manos de señores en bañador y chanclas diseccionando la palmera. Una de ellas se la pasa un niño de 8 años su padre el cual le pregunta: ¿¿pero le has echao gasolina?? Para finalizar el trabajo tres titanes tatuados arrojan los restos por el barranco.

Yo ya no entiendo nada. Hasta hoy todo me parecía dentro de lo posible, pero esto se empieza a ir de las manos. El casero nos trae a una jardinera alemana cogida del brazo: Mirad, esta chica es alemana. Contadle cosas. Qué remedio. Le dice a todo el mundo con orgullo que somos periodistas y estamos cubriendo La Mar de Músicas en SU CASA, pero no es capaz de leerse ninguna crónica. Y menos mal, porque nos acuchillaría sin esperar a que estuviéramos dormidos. Hemos quedado con Sarah a las 20.00. Se va y vuelve a aparecer el casero: ¡¿Qué?!, ¡¿No os quejaréis, eh?! Comidita, cervecita, muchachitas… –levanta el puño a un centímetro de mi cara– A VER QUÉ NOTA ME PONÉIS EN AIRBNB.

De camino a Gaye Su Akyol, mientras Sarah sonríe por haber encontrado dos amigos, le vamos explicando curiosidades sobre Cartagena, como por ejemplo que haya un grupo de gaiteros ensayando en la calle. Poca gente conoce esta tradición. A Sarah le gusta el reggaetón y no sabe muy bien qué coño hace con nosotros en un concierto que de estilo tiene poco más allá de un baterista empeñado en hacer, precisamente, el ritmo cuaternario típico reggaetoniano. ¿Será por esta falta de identidad que vayan con antifaces y vestidos negros? Explorar la música popular turca con una Fender Jaguar no es sinónimo de genialidad. Aunque sea interesante en cierto modo. Construyen buenas melodías y aunque no es muy rico, su sonido es bueno. Es un concierto que vería pero no bailaría. No sé si me explico. Cuando una cantante está más preocupada de sonreír que de interpretar, difícilmente transmite algo más allá de un bello gesto. Sinceramente, cuando más me gusta es cuando habla porque no está haciendo muecas. Sarah dice que se va a ver monumentos.

«Volveré antes de que puedas decir, blueberry pie». Recuerdo demasiado al pastelito de arándanos aunque sea un personaje de ficción que nada tiene que ver con Maria de Medeiros, ¡pero es ella! El pastelito de Bruce Willis. Sus gestos, su forma de cantar. No es serio, no es una buena voz, pero sí una buena cantante, y divertida. Actúa como un francés sin corbata en los 60. Su cara, otra vez sus gestos, es las antípodas de Gaye su Akyol. Imagino que lo sabéis, ya que poca gente que lea esta crónica no ha ido al concierto, pero Medeiros no viene con su proyecto como tal. En este viaje portugués –en el que Paco Martín la emplazó a venir sí o sí– la acompañan The Legendary Tigerman a hacer un conjunto de versiones en clave de misterio, polvo y sexo. Todo a bajas revoluciones. Me recuerdan a T. Bone Barnett cantando sobre Bagdad aunque sin muertos. De hecho Paulo Furtado tiene su voz. Suenan con grietas llenas de yeso sin enlucir. «Hey Little bird, fly away home, your house’s on fire, your children are alone». “Silencio por favor que estamos en un concierto”. Hoy el público se llama la atención a sí mismo. Me encanta ver la diplomacia.  Creo que esto en una canción de Tom Waits no existe. Aunque en un fado sí. «I’ll tell you all my secrets but I lie about my past. So send me off to bed forever more». Le queda bien la voz de Medeiros a las letras de Waits. La verdad es que aunque sea un concierto de versiones el grado de atracción es altísimo, pero por ella. Hace un papel que parece improvisado y te engancha hasta los créditos finales. Por algo es la punta de lanza de Portugal en cine.

El sueño de cualquier aficionado a la MPB, al samba y la bossa, es poder tocar a alguno de esos creadores del género que quedan vivos. La voz de João Gilberto no podremos escucharla jamás, y no había otra igual. Pero sí la de Toquinho que, aunque entrado en carnes, sigue vivo. Empieza haciendo un homenaje a la guitarra carioca de Baden Powell y los grandes clásicos de la canción brasileña. Emocionante. Con permiso de los flamencos, nadie sabe comprender mejor una guitarra española que un brasileño. Algo así sería el concierto. Una especie de Masterclass retrospectiva llena de éxitos y anécdotas que todo fan querría escuchar, y el que no, los goza por las altas dosis de humor y calidad humana de Toquinho.

Me gusta sentarme al lado de mujeres calurosas porque tienen grandes abanicos y no les importa si me muevo o saco quince veces la libreta para apuntar una frase. Soy como el hijo tonto al que le gusta hacer dibujicos en servilletas. De hecho, los hago. El de Silvia Pérez Cruz y Javier Colina es una especie de ancla con un caparazón de caracol que la abraza. Tengo a cientos de ellas. Un ejército de abanicadoras. Podría salir volando, pero Javier y Silvia me agarran tocando Ella y yo y me dicen ¿dónde te crees que vas? A llorar, les respondo. Las cuatro cuerdas flojas de Javier Colina me inestabilizan y la Silvia me empuja. Desde Marlon Williams no me erizaba. Pero es solo en estos momentos en los que el mejor contrabajista de España y la voz que podría representar a España ponen fruta fresca sobre la mesa.

Vuelve a salir Toquinho. Volvemos a las clases didácticas de brasileñismo. En Chega de saudade Silvia nos enseña cómo Joãzinho movía la cabeza al cantarla. Qué preciosidad. Me emociono al escribirlo. Toquinho la hace a su modo. Demasiado vivaracho, muy acelerado. Ni bien ni mal, a su modo. Cuando tiran por Carinhoso lo mismo. A Asa branca de Gonzaga –que también incluye Silvia con su quinteto de cuerdas– le hacen una intro chunguísima –en el buen sentido del término– y aunque la versión de Caetano Veloso es insuperable, ellos mantienen el espíritu danzón del tema. De pasito a pasito, de indígenas de pata corta dando las gracias una y otra vez.

El auditorio sobre aforo. Este concierto es, sin duda, el comodín del público. Salir a ganar (dinero). Aunque con esta calidad yo ni forcejeo. Que no me saquen la navaja, que se lo doy, eso sí, solo una vez.

Hace taaanto calor hoy… Pero es más fuerte el trauma y abandono a mis mujeres mayores porque Ana Moura me está recordando que pueden haber dos conciertos como el de Mariza. De camino al foso a recoger a Diego la voy viendo de cerca. Los poros expulsando sudor a la cara de Moura, las vetas de la madera a la tapa de la guitarra portuguesa. ¿Qué pasa? Desde arriba solo veía el brillo de las lentejuelas de su vestido. Me acerco a Miguel Tébar y le digo que esta es la buena. Miguel, que parece Toquinho de todas las curiosidades musicales que conoce, dice que Ana Moura hace unos años era un poco hortera y Mariza no, pero que se han intercambiado los papeles desde que Mariza fuera transmutando en Pasión Vega.

Hasta hablar con él tenía una ansiedad horrible. Cosas de convivir mucho tiempo conmigo mismo. Dice el casero que sus padres se morirán y seguramente no vaya al entierro. Sin resignación, se asume con naturalidad. Yo no aguanto a nadie ni nadie me aguanta a mí. Si me enrrollo te enrrollas y si no puerta. Voy perdiendo amigos de toda la vida quizá porque empiezo a pensar así. Luchar demasiado desgasta y ya no estamos en el ’36. De vez en cuando se pasean por mi mente o por delante de mí. Por eso me iba a buscar a Diego y a Miguel. El ánimo es determinante a la hora de afrontar una obra. Y yo casi me voy.

Me llevo de la mano a Diego. Le digo que aguante, que lo hemos leído mal. Sentadito en su sillón con un vaso de plástico en la mano Diego enuncia en un perfecto mexicano: Se puso buena la pachanga. Ana Moura ha ido de menos a más y mientras se cambia de traje nos ha dejado con sus músicos. Es ese momento incómodo en el que solo conoces al que cumple años, se va al baño y te deja con un montón de desconocidos. Hasta que alguien rompe el hielo y cuando vuelve el cumpleañero pregunta celoso: sí que os hábeis hecho amiguitos, ¿no? Qué va, Ana. A ti también te queremos, pero lo de estos músicos es demencial. Parecía el cuadro de cualquier restaurante lisboeta, pero son cinco monstruos con especial mención al chamánico Carlos Antunes (batería) y al asertivo Ângelo Freire (guitarra portuguesa). Han pegado un giro a algo así como el espíritu del jazz manouche. Dice Moura que es el propio fado, que no son ellos. ¡Se tocaba para bailar! Qué valientes ir a eso y no a la lágrima de hace un siglo.

No tuvo que pedir palmas, se las dieron. No tuvo que irse nada más salir, le pidieron un bis. Hizo dos. Y yo… que por mi mente, casi me voy. No sé si la música salva vidas, pero ayuda a dejar de tomar decisiones incorrectas.

Antes de irnos pasamos por el baresico. Allí se reúnen los técnicos a quejarse de las condiciones de su empresa. Dicen que faltan técnicos, que los dejan vendidos. Luego empiezan a sacar pecho como buenos técnicos que son. Al día siguiente nos levantamos temprano. Por primera vez el casero nos ha preguntado qué queremos desayunar. No tenemos muchas opciones: yogur con muesli o tostadas con ajo; y lo del yogur lo hemos descubierto hoy. Su gato descansa sobre mis piernas. Empieza a gritarle. Le recrimina que no se coma las ratas del patio. Como el gato no le responde le grita: ¿¿y encima te quedas callao?? Le da en el culo y sale corriendo. Nos dicho que como no traigamos cerveza no entramos esta noche y yo ya nos veo cazando ratas…

Fotografías de Diego Montana

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