Tom Jones alude más al recuerdo que tira de las rentas

Por Miguel Tébar A. para Piso28

 

Tom Jones

Es un honor debutar en las páginas virtuales del medio de comunicación especializado, de estilo gonzo en lengua española, más satisfactorio de cuantos me haya podido echar a las retinas durante los últimos tiempos. Concretamente gustaría alojarme en la habitación ‘Crónica a destiempo’ del Piso Veintiocho. Y tras esta discreta felación –la pingüe remuneración que recibiré a cambio lo merece– pasaré a narrar algunos motivos con los cuales justificar la visita que nos brindó una de las estrellas mainstream más resplandecientes en la historia de la música popular, desde hace cinco décadas y trece meses.

Era la primavera de 1965 cuando el decidido galés de nombre artístico Tom Jones, tras escuchar la melodía de ‘No es inusual’, dijo a Gordon Mills –su primer mánager y co-autor del inminente nº1–: «Es algo nuevo, emocionante. Lo único que se le asemeja es lo que hace Dusty Springfield o los mismísimos discos de la Motown. Si no me la das a mí, me vuelvo a Gales y te jodes», el rudo cantante estaba recién llegado al emergente swinging London y tenía tanta convicción en sí mismo como responsabilidad familiar aguardándole en su hogar sureño.
 Tom Jones
Historias como esta, o la convivencia amistosa y de admiración mutua con Elvis Presley en Las Vegas de 1968, forman parte de su autobiografía ‘Over the top and back’ (Michael Joseph, 2015) –publicada justamente medio año antes de que su primera y última esposa lo abandonase, tras perder la batalla contra el cáncer–. Precisamente de aquel embarazo prematuro (a los 16 años de ambos) nació Mark, hijo único reconocido hasta que un test de DNA sentenció lo contrario en 1987. Es sabido que la fama de conquistador le iba al pelo y nunca pudo mantener muy en secreto sus numerosos episodios de adulterio, léase el llamativo affaire con la entonces virgen Cassandra Peterson (aka Elvira, Mistress of the Dark). Aunque más allá de la cosechada prensa sensacionalista, lo relevante de todo aquello fue que el primogénito terminó convirtiéndose en el determinante segundo representante del artista. Relanzando la carrera de su progenitor, al sacarlo del conservadurismo cutre en que se sentía acomodado, y convirtiéndolo desde entonces en un mito.
Es el verano de 2016 y con una más que interesante trilogía discográfica concluida [formada por los álbumes ‘Praise & blame’ (Lost Highway, 2010), ‘‘Spirit in the room’ (Island, 2012) y ‘Long lost suitcase’ (Virgin/EMI, 2015)], confeccionada a medida con la ayuda del productor Ethan Johns y dedicada a rendir tributo a sus raíces musicales, Thomas Jones Woodward pisa la arena del coso taurino de Murcia tras lo que se anunciaba como un espectacular show audiovisual (más) y que afortunadamente se convirtió, en un concierto memorable –pese a los ajustados cien minutos que duró–. Por inteligente, por discreto, por entrañable, por bien ejecutado, por la selección del repertorio (tomado prestado), por el poso negro y convincente del propio Tigre (de Gales) –apodo machote por el que se le conoce, sobretodo en nuestro país– y por su imponente planta, cuasi estática.

Era la suya una banda formada por tres metales, dos guitarras, bajo y piano eléctrico, órgano y batería… algo que podría parecer convencional al tratarse de un astro camino del retiro, si no fuese porque el sumatorio es incluso superior en términos cualitativos al cuantitativo. O sea, que cada cual sabía lo que se cocía y parecía disfrutar con ello. Entrando y saliendo de escena a merced del tema a interpretar. Sin esfuerzos por sonar tan… norteamericano. Además los ingredientes no eran otros que ¡ni más ni menos! tres temas tradicionales y otros muchos con firmas mayúsculas como las de: John Lee Hooker, Odetta, Horace Heidt & His Musical Knights, Little Willie John, Blind Willie Johnson, Gillian Welch, Leonard Cohen, Johnny Darrell, Billy Boy Arnold, Sister Rosetta Tharpe, Randy Newman doblemente -¡Sí! ‘You can leave your hat on’ no es de Joe Cocker ni mucho menos ‘Mama told me not to come’ es de Stereophonics- y, cómo podría faltar en el bis, por el el signo de los tiempos, la inmortal ‘Kiss’ (sin The Art of Noise) de Prince, «el último genio desaparecido».

De sus grandes e impepinables éxitos no obvió: ’Sex bomb’, la responsable de su renacer; ’Delilah’, la indiscutible balada sobre un crimen pasional que causo suceso en aquel invierno del ’68 –y que hipócritamente en nuestros tiempos se llega a censurar por el supuesto enaltecimiento a la violencia machista propiciado por los celos–; el ya citado acierto de apenas dos minutos de duración ‘It’s not unusual’ –simpáticamente inmortalizado en su versión dance por Alfonso Ribeiro (aka Carlton Banks en The Fresh Prince of Bel-Air)–; ‘If I only knew’, canción rapeada en pretérito imperfecto de subjuntivo con ese rugido sostenido tan característicamente suyo; o ‘Thunderball’, el tema principal del cuarto capítulo cinematográfico del famoso agente secreto 007 –compuesta por el gran John Barry y grabada definitivamente por nuestro galán protagonista, tras descartar las voces femeninas de Shirley Bassey y Dionne Warwick–.

¿Qué le hubiese costado al amable Sir Tom regalarnos un segundo bis? con, por ejemplo, la divertida ‘What’s new pussycat?’ –escrita por el infalible tándem Burt Bacharach y Hal David para la peli del mismo título, con guión del debutante Woody Allen, y que le valió su nominación al premio Oscar–, la impresionante ‘She’s a lady’ -escrita por su coetáneo Paul Anka, en la cara A de ‘My way’- o su certera versión de ‘Bad as me’ -con autoría del óptimamente avenido matrimonio Kathleen Brennan/Tom Waits-. Aún consciente que contra el defecto de pedir está la virtud de no dar, a más de uno de los que desembolsaron 75 € de media por entrada, seguramente tal gesto le hubiese redondeado del todo la velada. A mí, personalmente, me hubiese satisfecho por completo.
 Tom Jones

Apreciable fue la buena parte del público que piensa en libras desde antes del Brexit y no consiguió llenar el aforo previsto. Gente que pertenece al target de persona madura con posibilidad de hacer barra y que tan educadamente acuden (esporádicamente) a ver a sus ídolos, sentándose ordenadamente en sillas de cine de verano (correctamente dispuestas) y auto-limitándose con frecuencia a bailar -a prescindir de su edad o grado de intoxicación etílica -cuando no a murmurar o, lo que es mucho peor, a lanzar miradas asesinas a quien abra la boca para decirle a su chica ¡Cuánto te quiero amorcita!. Todo bajo la atenta amenaza de poder ser reprimidos por el garrulo de turno (entiéndase como tal el vigilante de seguridad contratado) o la amable azafata (con la incomprensible hoy en día consigna de no hacer fotos/vídeo).

La fuerza de su voz, los ojazos azules penetrantes, la sonrisa sempiterna, la perilla blanca acicalada, la camisa sudada tras despojarse de la ceñida americana o el grito Wow! cerrando con fuerza los puños –denotando así satisfacción y ánimos suficientes antes de arremeter con el siguiente tema–, hubieran sido suficientes méritos como para ocupar un espacio en la memoria del buen recuerdo. Convirtiéndose desde ahora en uno menos en mi lista de ‘Artistas pop fundamentales que ver en directo’, cuando todavía demuestren facultades como para poder defender su concierto con coherencia y dignidad. Pero es que además en este caso hubo Música, sin paliativos.

¡Bravo Mr. Jones! por reivindicarnos el blues, el soul, el jazz, el gospel, el country, los orígenes del R’n’R y la música disco tan demodé en nuestros tiempos.


En Murcia a miércoles, 6 de julio de 2016.

 

PS. Estimado lector, por si aún le quedase algún prejuicio que soltar permítame recomendar la atenta escucha del setlist  que se marcó, a sus 76 tacos tan bien llevados. Y, como siempre, acudir a las fuentes.

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