Tindersticks en el edén

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Colocar una pica en Flandes, como diría aquel, es lo que hacen Tindersticks con cada nuevo trabajo, eso sí, al modo «velazquiano», abriendo brecha en el a veces monolítico panorama. Así, esta asombrosa banda prosigue su devenir en la industria con la equilibrista y siempre arriesgada propuesta de ser fiel a uno mismo y sorprender con lo aprendido en el camino. De ahí un carácter escurridizo en su propuesta y no siempre apreciado, ajeno a las modas o imposturas estilísticas tan frecuentes por estos pagos. Y esta vez, como podía intuirse, no iba a ser menos.

En The Waiting Room prosiguen una aventura de postulados llamativos, en la que se dan la mano tradición y modernidad rayando en el vampirismo. Concurren aquí desde temas instrumentales de extraña belleza, en ocasiones gótica (Follow me, Planting Holes), hasta flirteos con el jazz más prosaico (Help Yourself), y un retorcido country que llama con desconsolado grito desde el arraigo a la tierra (We are dreamers!). Además, buena parte del álbum se sustenta en espléndidas y preciosistas baladas donde pueden dilucidarse visos de pop-rock (Like Only Lovers Can, How he entered) o bien todo lo contrario, suspiros moribundos que demandan suplicantes auxilio (The waiting room).

Por así compararlo, y en ejercicio a buen seguro inútil, en las escuchas se perciben ciertas similitudes con Nick Cave y sus Bad Seeds; ahora bien –cabe puntualizar– en la forma que no en el fondo, pues al igual que aquellos, Tindersticks sienten particular inclinación por la exploración musical de la digresión, partiendo de un motivo invariable al que se le van incorporando sucesivas capas que conforman un cuerpo voluble y dúctil al capricho y necesidades del creador. Es más, en, por poner un ejemplo, la antes mencionada We are dreamers!, estas similitudes incorporan un registro añadido: la voz se dirige al oyente como un recitador que va elevando su tono hasta producir inquietud y, por qué no decirlo, terror.

En suma, es este un trabajo notabilísimo: durante su recorrido, a pesar de la múltiple variabilidad de tonos y formas, es del todo inesperada su unicidad; y más aún, de marcada alergia a la aprehensión, por lo que requiere y reclama varias y sosegadas escuchas y, llegados a ese punto, no conforme con ello, seguirá llamando nuestra atención con insistencia para, si se atiende a la llamada, dar no pocos momentos éxtasis. Y esto, en cualesquiera rama artística, son palabras mayores.

Rafael Belchí
Rafael Belchí
Ingeniero de Caminos que asegura serlo. A diferencia de otros, no espera que la humanidad haya de pagarle por ello, esto le lleva a sumar espadas como lugarteniente de esta página. No obstante, tiempo acaeció desde su última aventura internáutica, en un blog pretendidamente cultural, violentado sin motivo aparente, labor por la cual su pellejo se vio en palpable peligro a cambio de no cobrar euro alguno. Pasa los días intentando comenzar Moby Dick, sin esperanza siquiera de leer la nota del traductor

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