The Octopus Project en sala REM: «Everybody must get stoned!»

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Giro para pasar por Badulake. Abro la puerta y grito: EVERYBODY MUST GET STONED!! Cierro. Sigo caminando hacia la REM. A lo largo del día, he percibido cómo el Dylan trovador de Hooooow many roads se transformaba en mi cabeza en el cabrón greñudo de Play it fucking loud! Lo he notado en mi comportamiento. Me levanté luchando por la justicia y ahora miro con suficiencia a los críos que se peinan como José Callejón. Acabo de aguantar durante dos horas a una votante de Ciudadanos con la esperanza de que compartiera conmigo su marihuana. Al final, nada. He tenido que insultarle. Se me escapa alguna carcajada de pura superioridad. No puedo ahogarla. Voy disparado. EVERYBODY MUST GET STONED! El grito no deja de resonar en mis sesos. Llego a la REM y me encuentro con Diego Montana y casi me paso de frenada y hablamos sobre The Octopus Project y Diego dice que va a ser la rehostia o una puta mierda y yo asiento y entramos.

The Octopus Project es una banda de Austin que toca Gameboy rock. Los que escuchan música con pose de columnista dirán que son una mezcla entre Flaming Lips y Animal Collective, pero la realidad es otra: The Octopus Project es una banda punk. Es cierto que tocan muchos botones y que crean un universo jodidamente lisérgico y personal, pero todo parte del punk. Interpretan la música desde ahí. Te bañan en melodías psicodélicas y luego, cuando el pie está a punto de decirte que pasa de seguir moviéndose, el batería te mete dos hostias. Y tú te quedas mirando hacia los lados, preguntándote qué coño te ha pasado por encima.

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Los cabrones recogen en su movida 30 años de música. Art-rock, garaje, psicodelia desbocada, escuela Matador…todo gloria bendita. Alicia me dice que la tía que toca el bajo parece una pringada y yo le digo que, en EEUU, las pringadas como ella montan bandas y que aquí estaría preparando una oposición para ser administrativa en el Ayuntamiento de Campos del Río. EVERYBODY MUST GET STONED! La banda me escupe el grito en la cara. Cambian de formación, ríen, desafinan, celebran la consciencia de estar vivo, contagian su pasión a los 40 gatos que les miramos embobados y, durante un rato, flota en la REM la sensación de que todavía se puede innovar dentro de unas coordenadas rock. El batería sigue negándose a que la melodía se imponga, pero la melodía es de otro mundo. Y se impone. Entonces vuelven a explicitar otro argumento de por qué son punk: The Octopus Project son una flor en el vertedero.

Y paran. Una hora. ¿Ya?, dice Merka. ¡Ya, ya! Le grito. Niego con la cabeza, pero quiero afirmar. Una hora. Vaya puto tiro. Voy a mear. Sonrío, sorprendido. Salgo y me encuentro a Montana. Ha flipado. Como el Dylan altivo, le suelto: Te lo dije, rey. Al rato me encuentro a Jachúa en la puerta de La Yesería y se caga en los muertos de Jesucristo por no haberse enterado de nada. Yo asiento con condescendencia. EVERYBODY MUST GET STONED! Sé que voy a tardar menos de diez segundos en soltárselo.

Fotos: Diego Montana

Santini Rose
Santini Rose
Soy periodista. A veces me meso la barba y las personas a mi alrededor creen que estoy pensando en algo muy profundo. Cuando hay personas a mi alrededor, quiero decir. Por cierto, están guapas esas presentaciones en las que uno habla de sí mismo en tercera persona, ¿sabes cómo te digo? rollo: Santini nació en la murciana aldea de Fuente Librilla allá por 1992. Hijo de maestros, demostró desde muy pequeño...ese rollo. Qué risas. Otra cosa: si sabes algo de Pedro, el pescador mellado de La Manga al que no dejan entrar en ningún bar, ponte en contacto conmigo. Le echo de menos.

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