The Meatpies presenta Babyrousa en la sala REM: «Motivación vital. Dolor y regreso»


¿Os ha ocurrido alguna vez que sabiendo lo que tenéis que decir el miedo os hace olvidaros de ello? Algo similar me pasa ahora mismo. Por suerte tengo una libreta. En realidad tengo varias libretas, pero se asemejan más a un servilletero encuadernado que a un artículo de papelería. Es simplemente algo para ayudar a mi penosa memoria. La suerte es que ESA libreta tiene una función ulterior que quien me la regaló me explicó pero que no entendí realmente hasta clavar el bolígrafo en ella. En sus páginas solo caben ideas, no hechos. Le ocurre a mi mano que se siente traicionera cuando apunta o cuenta algo intrascendente. El trazo se tuerce y coletea como el rabo cercenado de una salamanquesa. No quiere ser leído, se escribe rápido, se acuesta para pasar desapercibido y repta hacia el borde del papel. Por eso dejé de escribir, y lo poco que ahora escribo es hermoso en forma. Es algo que nunca me había pasado. La rugosidad de las hojas me invitan a caracolear incluso cuando tengo prisa y el preciosismo es un lujo. Disfruté, pues, de haber escrito: La motivación vital. Dolor y regreso.

Fue hace algo más de un mes. Aún era primavera. Estaba leyendo un artículo de Marta Fernández sobre la tragedia basada en cómo el protagonista nunca llega a tiempo. Esto fue mientras trabajaba y me escondía en el almacén para que nadie me pillara leyendo. Cada vez que oía la puerta guardaba torpemente el teléfono y me ponía a mover material, hasta que se me cayó al suelo en las narices de un actor y se apagó. Yo supongo que le importaría lo mismo que si estuviera comiéndole el coño a una menor –es asombroso cómo la tensión de salir a actuar no te deja preocuparte por nada–, pero yo sí sentía cometer un delito. Desprovisto de mi escurridizo smartphone cogí la libreta y apunté la idea, pero la función acabó y nunca la desarrollé. Por eso la retomo hoy, porque creo que escribirla tarde y a destiempo es la única forma de que cobre sentido.

Llegamos con el concierto de The Red Rooks empezado. Es la primera vez que los veo. Cumplen todas las características que distinguen a las grandes bandas: buen sonido, buena puesta en escena, incluso buenos coros. Suenan como un cañón, les sobra actitud y les falta vergüenza. Podría escuchar tres canciones más sin aburrirme. Mierda, a la tercera siento cómo van cayendo, pero no ellos, sino yo. Tienen un cierto factor adolescente que no conecta conmigo. ¿Es eso malo? Para su público no lo creo, aunque está lleno de recién licenciados.

Empieza The Meatpies. También es la primera vez que los veo. Al parecer llevan dos años girando por Murcia con un proyecto que cuenta con el riesgo de convertirse en anodino. Esto es: hacer música muerta, repetir y copiar. Yo lo compro, quizá porque admiro demasiado esos años 60 y 70 a los que tanto miran. Estamos aquí porque presentan su nuevo LP, Babyrousa. Si hubiera vivido alguna vez con Bruno (cantante y bajista) sabría que este disco ha sido más un tormento que una alegría. Sabría que el sonido de la primera mezcla se pasó de viejuno y tuvieron que remezclarlo. Sabría que las canciones han tomado un cariz que no es tan bueno como la composición de origen. Esto es una opinión personalmente infundada, pero no está de más, porque puede que de ahí radique un poco la falta de ilusión. No obstante, y yendo a lo que importa –que es el tiempo presente–, el disco es más que bueno. Si bien es cierto que hasta llegar al ecuador la composición es menos arriesgada y básica, a partir de la cuarta canción gira hacia una psicodelia tan tímida como excitante. Da igual, aquí está todo. Este disco en directo suena mejor que grabado. Por eso creo que la desilusión mutará.

Hay un salto de calidad y se ve muy claramente cuando vuelven a las viejas canciones. Las han metido entre las del nuevo disco y… no todas me convencen. Algunas me aburren. Más bien me asalta esa nostalgia de «qué bonico era el crío cuando solo sabía gatear». The Meatpies se ha caracterizado por darle la vuelta a todos sus temas una y otra vez. Cuando hacían acústicos las canciones cambiaban por completo. El hombre reina porque es el único ser vivo capaz de adaptarse a cualquier medio. Y es aquí donde la virtud se convierte en estigma. Han adaptado tanto que esos viejos temas han dejado de sonar. Y peor aún, no conciben dejar de tocar, o incluir lo acústico en lo eléctrico. Temas como With the wind se han convertido en una especie de country muy evidente e insulso; a Hear me roar le han quitado el cello para sustituirlo por un sintético Hammond; Álvaro ha descargado tantos golpes que ya no distingo su toque. Pero entre eso, vuelve el nuevo disco y uno respira aliviado porque este es el camino. Un sonido maduro en visas de crecer mucho más y quién sabe si en las de encontrar una identidad propia.

Teoriza Marta Fernández con que es el regreso a destiempo el que marca la tragedia. «Es el engaño cobarde que prefigura todas las tragedias. También la nuestra. Confiar en que el futuro es una realidad que pronto llegará. Como si no hubiéramos comprobado que el futuro nunca llega». Hay una línea temporal fija, el héroe la sigue, pero el viento sopla y las sirenas cantan, las brujas y los dioses engañan y uno no vuelve cuando debiera. Es Ulises o Eneas llegando a un lugar donde la vida ha seguido su curso. ¿Debía llegar antes? No es esa la enseñanza que propone Kavafis. Evitemos la idea del destino. El guion no es fijo y aunque no sea romántico suele tener un sentido. La vida no está plagada de errores o de retrasos, pero existen.

Me diría Bruno que puede que la hayan jodido. Que deberían haber seguido haciendo conciertos mientras grababan. Siguen llenando, pero no la sala entera. Las mil copias cogen polvo en una caja. Hay un guion que deben seguir las bandas para profesionalizarse: pasar el umbral de los dos años. Si tienen talento y aguantan seguramente lleguen a algo. Si no, seguramente fracasen. Es aquí donde el autor hace el giro dramático. ¿Llegarán estos protagonistas a encontrarse a sí mismos? De momento han llegado pero no saben muy bien si sigue habiendo gente allí, donde quiera que sea«allí». Han aprendido a componer mejor que el 90% de las bandas aquí existentes, aunque no hacen chistes ni se revuelcan por el suelo tienen un sonido más potente que ese 90%, pero ¿era ese el objetivo? Digo, ¿aprender y mejorar o triunfar? Parece que vaya de la mano, pero no está siendo así. ¿Llega tarde la banda a su coronación? Creo que nadie llega tarde porque nadie ha dicho cuándo se ha de llegar. Y si alguna vez ese alguien se perdió por el camino fue porque quiso o porque no pudo evitarlo. Y otra cuestión. Si no han llegado, ¿sabrán asumirlo y pasar a otra cosa? Dice Bruno que va a comprarse un sintetizador. Él es capaz de asimilar la música con una velocidad y una inteligencia que no he visto en casi nadie. ¿La tendremos nosotros o nos habrán hecho esperar demasiado? «Todo regreso es el inútil intento del presente por enmendar lo que no se hizo cuando se tuvo que hacer. Cuando ya solo queda un segundo para decir recuérdame».

Fotografías de Diego Montana

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