Tenía mucho por construir

Venga. Seamos sinceros: lo normal era que se fuera a tomar por culo. Es el tipo de cosas que te recuerdan que el mundo es una porquería. Y sí, desde que te enteraste de eso también entendiste que hay algunas otras que hacen que merezca la pena vivir. Pese a todo. Algunas de esas son indestructibles. Otras, la mayoría, también suelen irse a tomar por culo. Lo guapo es el tiempo que son capaces de desafiar a lo normal. Cómo miran por encima del hombro a la puta norma y le escupen en la cara. Cómo exudan una vitalidad y un nervio que les hace creerse inmortales. Y luego no. Luego no, es cierto, pero ese momento, esa llama, es sublime. De eso va todo esto, digo yo. Lo del Trémolo.

Joder, creo que estaba a dos o tres borracheras de pedirle a Alberto presupuesto para la barra libre de mi boda. Yo creía que iba a ser así, que siempre iba a estar ahí. Igual necesitaba creerlo. El caso es que no: Trémolo se va a tomar por culo. Chapa. Adiós, amigos. Lo primero que pensé fue que esta ciudad nos envía señales para que la abandonemos. Como si fuera un perito que llega a tu casa y te dice que tienes que abandonar el edificio. Que se cae. Que si es que estás tan ciego que no te has dado cuenta de las grietas de las paredes. Que te largues, hostias. Luego vi al Ródenas. Me dijo: Tío, ¿para que voy a bajar a Murcia yo ahora? No supe qué responder.

Pidió un par de quintos. Me preguntó si me acordaba de cuando nos veíamos allí entre semana y nos decíamos Na, solo he venido a saludar, que mañana curro, me voy ya y cómo necesitábamos el apoyo del otro porque esa frase no se la creía ni Dios. Le dije que sí. Claro que me acordaba. Fue ayer mismo: sentir que estás en el sitio en el que quieres estar, acordarte de eso de Louis CK de que solo hay cuatro o cinco sitios en los que se le puede encontrar y pensar que este es uno de los tuyos, notar cómo flota en el ambiente el pacto de llegar y bailar y fundir las lágrimas con sudor y soltarlo todo, toda la mierda, todo lo que hay ahí fuera, vibrar, aquel viejo gordo que viste bailando northern soul como los ángeles y nadie más lo vio y tú no sabes si aquello pasó de verdad, agitarte, sentirte vivo, hostias, presumir de garito cuando venga alguien a verte desde Barcelona, saltar, empujar, pelearte con desconocidos, pedirle a Adrián I´ve gotta change my life y que se le ilumine la cara cuando pronuncies Fleshtones, sentir euforia en cada centímetro del cuerpo, entrar alguna vez en calcetines como si estuvieras yendo de tu habitación al baño, confraternizar con gente que te saca 30 años, ver en sus ojos que las canciones también les han salvado la vida, chupitos de anís, los ojos a punto de saltar de las cuencas, sentir que estás viviendo tiempos violentos y que Trémolo es el único sitio del mundo en el que no quieres que nada cambie.

¿Todo eso? Ya no. Nunca más.

Lo peor de todo es la nostalgia de futuro. Las cosas que imaginé que pasarían allí y que nunca ocurrirán. Siento en el estómago la sensación de que Trémolo cierra demasiado pronto. Quedaba demasiado por construir entre esas paredes. Llevo un rato reinterpretando a los Electric Prunes: I HAD TOO MUCH TO BUILD. Sería gracioso si no fuera tan triste. Me acuerdo de lo que escribe Kiko Amat en Rompepistas, cuando La Casa de La Bomba, su bar favorito, se consume en llamas:

Pienso por un momento en el disco de los Specials que ponían cada sábado por la noche. Ya no habrá más «Monkey man» sobre el suelo resbaladizo de la improvisada pista de baile. Me dan como ganas de vomitar, pero también me dan ganas de agarrar una señal de tráfico y reventarle la cabeza a alguien como si fuera un melón, o patearle a alguien la mandíbula contra la acera hasta que le salten los ojos de las cuencas. Y también tengo otras ganas, de meterme entre el delantal de mi madre, que huele a perejil y ajo crudo, y abrazarla un rato mientras ella me rasca la cabeza. Es una mezcla de sensaciones, la que tengo ahí, observando los restos calcinados de mi bar favorito.

¿Ahora qué? ¿Adónde coño voy a ir? La vírgen: esta ciudad se está poniendo tonta. Va a ser imposible salir a la calle sin un ejército detrás.

Santini Rose
Santini Rose
Soy periodista. A veces me meso la barba y las personas a mi alrededor creen que estoy pensando en algo muy profundo. Cuando hay personas a mi alrededor, quiero decir. Por cierto, están guapas esas presentaciones en las que uno habla de sí mismo en tercera persona, ¿sabes cómo te digo? rollo: Santini nació en la murciana aldea de Fuente Librilla allá por 1992. Hijo de maestros, demostró desde muy pequeño...ese rollo. Qué risas. Otra cosa: si sabes algo de Pedro, el pescador mellado de La Manga al que no dejan entrar en ningún bar, ponte en contacto conmigo. Le echo de menos.

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