Surfin’ Bichos y Mott en la Rem: Lo gordo viene de tres a siete

Se va a quemar. Verás. Me estoy poniendo nervioso.  El bocadillo se va a quemar. Lleva tres horas ahí adentro. No se lo digo, porque no puedes ir por la vida diciéndole a una panadera que no controla su horno, pero se va a quemar. Intento devolver su atención al bocadillo. Le pregunto si me podrá partir un tomatico. Dice Claro, hijo, claro, ¿restregado o en rodajas? Yo sé que hay un poco de mofa, pero le digo que en rodajas está bien. Dani y Lelé ya llevan la empanadilla por el esófago. ¿Quieres también mayonesa? Claro que quiero mayonesa. Lo quiero todo. Le pregunto cómo va la noche. Dice que, a estas horas, tranquila. Lo gordo viene de tres a siete. Le pregunto a qué hora cierra. Nunca, responde mientras abre el horno y saca el bocadillo. No se ha quemado. ¿Ketchup? Échale kétchup, pijo, que mi pobre estómago no se va a enterar. Dani me pregunta por qué quiero kétchup en un bocadillo de tortilla con tomate. No sé qué responder. Simplemente lo necesito.

Me giro y enfilo la Rem. Sujeto el bocadillo con las dos manos, porque el guion habitual de mi vida dice que se va a estrellar contra el suelo en menos de lo que tardas en pronunciar guionhabitualdemivida. Llegamos a la puerta, saludamos y el grupo vuelve a unirse. A estas horas me llaman El Azogues. He levantado a cinco personas de Maraña haciendo palmas y gritando ¡Son menos diez, venga, venga, venga! Ahora me reprochan que todavía no haya empezado. Me dan pena, no saben lo buena que está la mezcla de tomate y kétchup. Termino. Me limpio el hocico. Oímos un guitarrazo y entramos.

Mott suenan guapos, pero hay algo en su música que no termina de explotar. La movida es que,  cuando tu propuesta va precisamente de eso, no te queda otra que apretar los labios y mirarte las zapatillas. Y es extraño, porque lo tienen todo a favor: se saben la (gloriosa) escuela Matador de memoria y son tres músicos del copón, pero es imposible que la expresión ejercicio de estilo desaparezca de mi cabeza. El caso es que eso no tiene por qué ser malo, pero en este tipo de música…Quiero decir: un ejercicio de estilo de un narcocorrido puede tener su gracia. Te echas unas risas, doblas las rodillas, recuerdas que no todo va a ser revolución…Pero aquí no. Falta lo gordo, lo que convierte a tres músicos que tocan juntos en una banda de rock and roll. Quizá solo sean estos meses tontos compartiendo piso y calle y bar con Malkmus y sus primeros colegas, pero no puedo. Le doy vueltas de camino al baño. Mientras meo, pienso en que me jode que esta banda no sea capaz de desarrollar una voz propia, porque serían la hostia. Me agito la polla y apoyo la frente en los azulejos. Noto la vibración. BUMBUMBUMBUM. Me la meto en los calzoncillos sin haber hecho los deberes del todo. De vuelta, entiendo que eso es lo más guapo de Mott: notas la vibración en el baño y te la sacudes con prisa para volver al concierto. Ojalá consigan que nunca quiera irme. Ojalá yo no necesite ir completamente sobrio para entender que no es bueno que un par de gotas de meado se difuminen en la parte interior de mis calzoncillos. Así que salimos.

Tengo ganas de ver a los putos Surfin’ Bichos. Voy a decírselo a Ángel, pero noto cómo una ráfaga de vómito con sabor a tomate y kétchup me sube por la garganta. Así que me callo. Esta semana he tenido en la cabeza una entrevista a Fernando Alfaro. Se la hicieron en el Sonorama, cuando publicó La vida es extraña y rara. Le preguntaron cómo le iba, y el tío dijo algo rollo: Pues mira, asfixiado. El año pasado vine con camisas y pasé un frío de la hostia. Este año me he comprado un abrigo y resulta que vengo y hace calor. La vida es extraña y rara. Puto jefe. Cojo a Ángel de las solapas y le grito: ¡Hey, Lázaro, es un milagro que puedas andAAAAAAAAAAAAAAAAAAAR! Se ríe. Dice: Acho, Santicos, qué a gusto estoy. Me abraza. Dani termina el cigarro y entramos.

Suena Mi hermano carnal. Los putos Surfin’ Bichos. Siento en el estómago la presión que siempre anticipa algo memorable. Me fijo en Fernando Alfaro. A su derecha, Joaquín Pascual. En este tipo de movidas –están celebrando el 25 aniversario de Hermanos Carnales– pienso en qué supondrá para ellos tocar estas canciones. Pienso en qué habrán hablado. En qué sensación habrá protagonizado los ensayos. ¿Nostalgia? ¿Orgullo? ¿Cariño? ¿Fraternidad? 25 años, me cago en Dios. Este disco tiene los mismos años que yo. Me da vértigo. Suena Humo azul. Le digo a Dani: Estas canciones tienen 25 años, tío. Él asiente y me contesta: Sí, y suenan a hoy mismo, es una sacada de polla. No me esperaba esa respuesta, y el sonido de la Rem es una puta mierda, así que vuelvo a mirarme las zapatillas. Como tú, humo azul, como tú, humo azul.

Es una cosa de ellos, creo. Hay un espejo gigante delante de cada miembro de la generación de Hermanos Carnales. Están haciendo balance. Se están dando cuenta de cómo han cambiado las cosas, de lo diferente que, en pleno 1992, imaginarían que sería 2017, de adónde iban a llegar y adónde han llegado, de cómo las cosas pasan y pasan y pasan y las canciones siempre se quedan. Esa movida, la de las personas y las cosas viniendo y yéndose mientras las canciones permanecen donde se acumulan las pelusas, también la entiendo yo. Joder, es lo único que he entendido en 25 años.

Mezclan momentos de auténtica euforia con otros prescindibles. Me vuelvo loco con ¡Hey, Lázaro!, se me nubla la vista al pensar en las panzadas de llorar que me he pegado con Mis huesos son para ti, despliego mi baile (más) idiota con Fuerte. Dice Ángel que es la interpretación. Yo qué sé, le respondo. Luego entiendo que lo que ha pasado es que Surfin’ Bichos han cerrado el círculo. La única muerte digna para una banda tan grande es borrar del todo la línea que separaba su vida y su música. Esta noche, Surfin’ Bichos se han convertido en una canción de Surfin’ Bichos. Todo va a sonar a ojete durante un buen rato. A veces mirarás el reloj. Bostezarás. Te preguntarás a qué hora juega el Madrid este finde y dirás que a Bale hay que venderlo ya. El caso es que hay un momento en que intentas ponerle nombre a eso que tienes entre el estómago y el corazón. Piensas que es la consecuencia de soltar lastre, pero eres incapaz de hablar de certezas. Te encoges de hombros. Expiras.

Salimos. Saludo con la mano a la panadera. Sonríe. Todavía no tiene mucho follón. Vamos al Trémolo. Me vuelve a subir por la garganta una bocanada de vómito. Tomate y kétchup deluxe. Tengo que acabar con todo esto.

 

Fotografías de Lelé Terol

Santini Rose
Santini Rose
Soy periodista. A veces me meso la barba y las personas a mi alrededor creen que estoy pensando en algo muy profundo. Cuando hay personas a mi alrededor, quiero decir. Por cierto, están guapas esas presentaciones en las que uno habla de sí mismo en tercera persona, ¿sabes cómo te digo? rollo: Santini nació en la murciana aldea de Fuente Librilla allá por 1992. Hijo de maestros, demostró desde muy pequeño...ese rollo. Qué risas. Otra cosa: si sabes algo de Pedro, el pescador mellado de La Manga al que no dejan entrar en ningún bar, ponte en contacto conmigo. Le echo de menos.

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