Sobre los 091 y la placeta Joe Strummer

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Verano de 2014. Un grupo de cuatro personas nos dirigimos a Granada a pasar un fin de semana con la única pretensión de beber toda la cerveza que podamos sin desfallecer por el calor. Tras esquivar la presa de las gitanas que leen el porvenir y sudar los calcetines recorriendo el centro, nos encontramos en un estado de semilucidez provocado por la dinámica de la caña-tapa: bebes lo suficiente para necesitar la tapas, comes demasiado como para que el ciego se asiente de forma firme. En esta tesitura recordamos que en la ciudad habían dedicado una plaza a Joe Strummer, el líder de The Clash, y como jóvenes que han estado cerca de masturbarse escuchando el London Calling, decidimos que no podemos marcharnos de la ciudad sin hacer un peregrinaje emocional hasta allí.

Tras un paseo de veinte minutos bajo el sol en el que nos arrepentimos de no haber bebido agua en 48 horas, llegamos a la plaza. Nuestras sensaciones se debaten entre la decepción y la perplejidad. La placeta es un pequeño espacio rectangular carente de bancos en el que la única alusión al músico es una pequeña placa con su nombre y una clave de sol. Joe Strummer fue vagabundo en Granada y su placeta ni siquiera tiene un banco donde sentarse. La ironía de este hecho, unida al factor de que ahora el viaje de vuelta al albergue es el doble y estamos cerca de los cuarenta grados, nos provoca una angustia existencial digna de los personajes de las películas de Jarmusch. Se nos pasa un poco después de descubrir que en una pared anexa a la plaza hay un graffiti (lo escribo con dos efes, que te jodan Pérez Reverte) con la cara del músico que compensa la precariedad del homenaje oficial.

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Nos fumamos un petilla y divagamos sobre la trascendencia de Strummer como icono y sobre la huella que dejó en Granada. Quizá una de las partes más palpables de la herencia del músico en la ciudad fue conocer y producir a los 091. El músico se hizo amigo de la banda al frecuentar un garito llamado Silbar, en el que el vocalista José Antonio García trabajaba de dj. Joe estaba algo castigadete e irreconocible y aunque la gente asidua al bar ya había empezado a hablar sobre «ese guiri del Silbar que se parece muchísimo a Joe Strummer», el músico británico estaba muy cómodo sin quitarse la careta. El cantante de los „cero“ consiguió que Strummer reconociese ser Strummer al hablarle sobre el sonido de un grupo francés que se parecía mucho a los Clash una noche que cerraron el bar con él dentro. El resto es historia. Joe produjo el segundo disco de la banda, Mas de cien lobos, y se involucró tanto en la grabación que para grabar el sonido de una persiana se cargó la entrada del estudio.

Toda esta divagación viene a colación por la vuelta a los escenarios de los 091. Descubrí a los granadinos en una de esas listas de mierda que publicaba Rolling Stone (D.E.P). Su disco Tormentas Imaginarias estaba quince puestos después del Bandido de Miguel Bosé y cuatro puestos antes del Más del ultrarockero Alejandro Sanz. Pese al pésimo criterio con el que estaba pertreñada la lista, su lectura me sirvió para zambullirme en el universo de una de las mejores bandas que ha habido y habrán haciendo rock en español. Las letras de Lapido, que ha firmado ya siete discazos como solista, destilan poesía heredera del ambiente bohemio que se desprende de cada ladrillo de la ciudad que vio nacer a Lorca. Además, en estos discos, es donde el amigo Jose Ignacio demuestra que es un auténtico Guitar Hero. Sólo hay que escuchar solos como el de Sin raíces:

Eran unos animales de directo, tenían actitud, buenas canciones y además sus discos siguen sonando de cojones a día de hoy. Por eso no puede más que llamarme la atención la cara de sorpresa que se les queda a los seguidores de la banda cuando alguien que no creció escuchándolos les habla de ella. Son uno de esos grupos que acabaron muriendo por culpa de la miopía de las discográficas pero cuya huella sigue intacta en la mente colectiva de la gente que los vio nacer y morir. Es imposible olvidar versos tan perfectos como el de La vida que mala es:

«Dios aprieta pero no ahoga / sé que esa es la verdad / nos pone suave el nudo en la soga / nos deja abierta la puerta de atrás»

Si los conocías, la notica de la inminente gira Maniobra de Resurrección habrá sido algo así como tu mejor motivo en mucho tiempo para levantarte por las mañanas. En 2016 se cumplen veinte años desde la aparición de su último disco, el imprescindible Último Concierto y la misma formación que se despidió en aquel directo mítico (José Antonio García, Jose Ignacio Lapido, Victor Lapido, Jacinto Ríos y Tacho González) se reune para homenajear su trayectoria y darle un gustazo a un público que lleva dos décadas esperando de forma escéptica una noticia como ésta. Si su nombre solo te sonaba al número de la policia nacional aun estás a tiempo de enamorarte de ellos.

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