Ryan Adams en la encrucijada

Descubrí a Ryan Adams hará unos cuatros años. Por aquel entonces andaba yo enfrascado en unos estudios ingenieriles bastante poco gratificantes y por lo general tediosos, propios de los años de formación en los que de todo lo indagado con denodado esfuerzo apenas quedan unos ligeros vestigios a la postre decisivos. El cálculo de puentes y estructuras en celosía se difuminaba con la integración de las ecuaciones en derivadas parciales; el lenguaje programático alguna que otra vez mostraba la luminosidad del conocimiento de la misma manera en que la efervescencia de las olas aparece poco antes de su fulgurante estallido contra el acantilado. Fue a su vez un tiempo intenso en felices hallazgos como la filmografía de John Ford o la televisiva Deadwood, y asimismo en escuchas, con particular obsesión por el muy en boga americana, género hoy venido a menos pero que configuraba la pasión por un imaginario cuya impronta sigue incólume.

El ir y venir de una cosa a la otra me llevó, sin saber muy bien cómo, a la voz de un joven Adams cuyo Heartbreaker (primera obra en solitario) cautivó mis atenciones en tal medida que el lector de mi primer ordenador, ya difunto, debería en buena parte su postrer colapso a la repetición en bucle del disco. En él la música quedaba reducida a su más desnuda esencia: una sencillez sólo aparente cuya motivación no podía ser otra que la de transmitir una experiencia singular (la de un primerizo Adams) dejando a un lado la floritura hueca o los a menudo estériles y aburridos solos; así, precedidos por el desenfadado jolgorio que invita al disfrute, aparecen el dolor provocado por la pérdida y el abandono causando verdadero padecimiento –de esa extraña manera que a algunos nos gusta padecer-. Esa experiencia, vehiculada por un arte que la elevaba al relato compartido y reconocible, se erigía como una de esas cimas que, imposibilitando una nueva coronación en lo que resta de vida, dejaría todo ulterior intento de acercamiento o emulación en mera filfa.

En efecto, Adams, sabedor de que iniciaba una carrera en la cúspide, divagó durante un decenio y parte del siguiente sin más rumbo que el miedo al fantasma inalcanzable que le perseguía. Lo errático de su proceder le llevó a una hiperactividad desatada, traducida en unos 15 álbumes en otros tantos años (teniendo en cuenta sus proyectos paralelos con Whiskeytown y The Cardinals) con desiguales resultados, particularmente desastrosos en sus empecinamientos personales, sirva como ejemplo la ridícula versión de Wonderwall, no en balde todo un fenómeno aupado por las masas al número uno en Spotify.

Sin embargo, andando el tiempo y tras superar una dolencia auditiva que le imposibilitó para la composición (nada dio a la luz en el período entre 2011 y 2014) Adams parece haber encauzado su camino con tres álbumes (Ryan Adams, 1989 y Prisoner) cuyo afán no es otro que restablecer a su manera los cánones de los ochenta: los temas a veces parecen copiados del Bruce Springsteen ochentero, los Whitesnake más calmados y en ocasiones (¡oh, calamidad!) muy cercanos a su (casi) tocayo Brian Adams. Son de una naturaleza tan insultantemente sencilla que su escucha es agradable, incluso placentera a ratos; el problema viene cuando uno atiende a sus letras, variaciones casi idénticas y banales acerca de la imposibilidad de poseer a la amada, una amada que se torna masculina en el caso de 1989 en que –toda una excentricidad rayana en el delirio– versionaba el homónimo de Taylor Swift. Al parecer la iluminación que le llevó a tal empeño vino inducida por una escucha continuada del disco de la Swift tras su separación de Mandy Moore; tal fue su querencia por ese puñado de canciones en cuyo espejo se vio reflejado, que no encontró más salida sino su eventual interpretación, un hecho particularmente significativo y en el que bien se puede contemplar el largo trecho transcurrido entre este Adams enquistado de hoy y aquel joven que alumbró la gran obra, esa que ha condicionado su trayectoria en una medida difícilmente salvable.

Lo paradójico de este devenir reside en un carácter de las canciones secundario cuando no intrascendente; así, el proyecto bastante similar de sus discos se revela como todo un tratado de estilo musical completamente desentendido de la literatura que toda buena canción bien puede entrañar y tan sólo obediente al capricho de resurrección ochentera. Las letras quedan como artefactos confeccionados con indiferencia, como si al contemplar con espanto la tremenda sombra del tiempo que amenaza a su espalda, ya no hubiera vuelta atrás posible: lo que antes venía dictado por la musa –Amy o esa sweet Carolina en Hearbreaker, hoy unos indiferentes love o you– ahora se antoja dirigido a cualquiera, tanto da. Una muerte de la musa que enseña la pérdida del principal motor de ese artista que, ya alejado de las altas cumbres, vaga en la penumbra de la mediocridad intentando hacer verdadera música como un día hizo, hoy sabiéndose del todo incapaz.

Rafael Belchí
Rafael Belchí
Ingeniero de Caminos que asegura serlo. A diferencia de otros, no espera que la humanidad haya de pagarle por ello, esto le lleva a sumar espadas como lugarteniente de esta página. No obstante, tiempo acaeció desde su última aventura internáutica, en un blog pretendidamente cultural, violentado sin motivo aparente, labor por la cual su pellejo se vio en palpable peligro a cambio de no cobrar euro alguno. Pasa los días intentando comenzar Moby Dick, sin esperanza siquiera de leer la nota del traductor

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *