Relato viaje Etnosur 2mil15: «Le gusta la lefa» (Parte 6)

Legustalalefa

Lunes. Cuarto y último día                                                                                                          

Me gustaría haber relatado el primer viaje que hicimos al Etnosur esencialmente por esta parada en el bar indio. En aquel viaje conducía Adrián una moto de 125cc que no alcanzaba los 50 km/h cuesta arriba en autovía. Dormimos en dos pajares, en la puerta de una plaza de abastos de Granada junto a unos indigentes excarcelarios y/o drogadictos, en la Cala de San Pedro junto a hermosas y hermosos hippies desnudos, en una fortaleza en el punto más alto de Sierra Mágina donde –como no podía ser de otro modo– nos topamos con el juez Baltasar Garzón el mismo verano de su cese, y finalmente llegamos deshidratados a The Konejo. Le contaba a Adrián que hacía dos años que lo descubrí durante una ruta en bici con mi exnovia. Aún resuenan en mi cabeza las risas de los allí presentes cuando pregunté a qué hora cerraba el bar. Al final dedicamos la noche a follar sobre las piedras de la Playa de los Muertos. En fin, aquel año dejamos una lata de albóndigas a calentar al sol. Debían hacer unos 300ºC, así que no tardó mucho en estar lista. Mientras Adrián buscaba una toma de corriente para cargar el teléfono y darnos indicaciones GPS, yo, durante unos minutos, con un hilillo de voz casi imperceptible, clamaba al cielo tumbado bajo un pino: «cerveeeza… cerve..ee…za… cervv..e..za…». No sé muy bien qué ocurrió ni cómo, pero puedo asegurar que esto es verídico. En algún punto de la existencia, perdida toda esperanza, mi llamada de auxilio fue escuchada por un señor de hueso y pellejo. Aparcó la furgoneta. Nos miró primero con temor y luego, al ver nuestro lamentable estado físico, con curiosidad y pena, abrió su desdentada boca.

–¿Qué hacéih aquí, chavaleh?

–¡Hola! Pues esperar a que el bar abra, aunque parece estar cerrado.

–Hostiah… loh vierneh imposible. Ademah, ehte domingo eh el úhtimo que abre el tío. No le saca la miga y lo va a cerrah. Yo eh que he vihto la moto ahí aparcá y me he dicho: poh voy a veh si pasa algo.

–¿No nos jodas? Hemos venido aquí como última opción. Le llevo un año hablando de este lugar…

–Psss… Bueno, yo tengo que irme a recoger a una amiga que necesita que la remolque. Oye, ¿queréih una cervecillah?

El corazón líquido de la Tierra saliendo irrefrenable por cráter de un volcán; la mar estrellándose violentamente contra el acantilado; el huracán arrancando la vida de los hombres; el Big Bang.

Nuestro ángel de la guarda, en vez de sexo, lo que no tenía era dientes, pero, ¿a quién le hacen falta con ese corazón y las llaves del bar? Entró y nos regaló las 4 cervezas más frías de toda Andalucía. Nos dijo que volvería y que si estábamos se tomaría otra con nosotros. Esperamos cuanto pudimos, pero no volvió y debíamos arribar a casa cuanto antes. Mientras se alejaba, Adrián sosteniendo la cerveza como Mufasa a Simba, dijo: «Fran, tienes magia. ¿Cómo es posible? Te amo. ¡Has hecho magia! ¡Magia te digo! ¡¡¡Ahhh!!!». Le dije que… piensan los infelices que «el secreto» es desear y visualizar lo que quieres. Magia, repitió.

Desde aquella vez habían pasado dos años. El escenario volvía a ser el mismo. Sin agua y sin comida. Esperamos un buen rato. Llamamos a todas las puertas y ventanas. Intuimos que debía de haber vida. Cuando ya barajábamos irnos apareció un señor achaparrado en su Citroën saxo. Recuerdo asustarme. Cuatro pelos sobresalían de sus cejas. Los pantalones cortos mostraban unas piernas fuertes y desolladas. Manos de enterrador y brazos de albañil. Cuando abrió la boca, efectivamente, no tenía dientes. Es curioso cómo siempre acabo llamando de usted a la gente que no tiene dientes.

–Buenos días, buen hombre. ¿Viene al bar?

–Hombreee, claro. Lo que pasa es que yo he venío de hacer un recaíllo abajo en el pueblo y me han entrao unas ganas de tomarme una servesa que pa qué. Si yo sé que esto no abre hasta la tarde, pero por si acaso. ¿Y vosotros?

–Pues mire, hace unos años vinimos y estaba cerrado, pero teníamos la esperanza de que alguien lo hubiera cogido.

–Claro, mushasho. Esto lo lleva una cría que es un sol. Es mi amiga, ¿sabes? Vengo a verla todos los días y si necesita algo sabe que vivo dos montañas más allá. Aunque igual hoy no abre o ya más tarde…

–¿Le ayuda?

–Me jubilé hace ya dieh añoh. Cuidaba a mi Elena en casa, pero desde que me quedé solo me dedico a echar una mano a quien me necesite, y lo merezca, claro. Mushasho, el hueso no se puede parar. Si se llega a esta edad y se para, estás muerto. Pero es que yo lo necesito. Desde los 8 años llevo trabajando. Ahora vengo del bar de Luis de arreglarle la barra y llevarle unos sacos de cemento, pero no le cobro. Tengo que hacerlo.

No puedo evitar pensar que hay algo triste en sus palabras. El desconocimiento y la subyugación a ese tipo de vida. Normalmente nos enamoramos del hombre que dobla la espalda para acercarse a la tierra y cuando no puede moverse se muere de estar lejos de sus plantas. Eso que se supone que nos da la vida en realidad nos vino aprendido y nos la quitó antes de que pudiéramos darnos cuenta. No obstante quien no ha tenido la oportunidad de aprender otra cosa ignora estos pensamientos. Ama incondicionalmente, y cuando siente un punzón en el corazón se agarra el pecho y tira hacia delante.

–Mira, la voy a llamar.

–¿¿Tiene su número??

–Sí, pero no me llames de usted.

–Perdone. Perdón.

Suena el teléfono a través de la ventana. La señala y se ríe. Lo coge como si le fuera a morder.

–¡Kate! Oye, ¿te he despertado? Es que estamos aquí dos hombres y yo y veníamos con sed.

Cuelga.

–Veréis qué cría. Vive con uno que no habla español, pero es muy buena persona.

Kate baja corriendo. Sale en pijama con tres vasos de salmorejo que ha hecho ella misma y tres cañas. Vuelve a ser la cerveza más fría de toda Andalucía. Dice que nos invita.

–¡Madre mía! Qué bueno está esto. No me pongas un cubo de salmorejo porque me pongo malo.

La abraza y le da besos.

–Si es que es como mi hija y yo su padre.

Sale el extranjero y nos saluda con su español comercial. Nos hemos terminado el salmorejo y Kate se ha ido a hacer más. Mientras tanto el señor nos cuenta cómo «su hija Kate» ha reflotado el bar, las paellas gratuitas con conciertos de música moderna que hace los domingos y las partidas a las cartas que se echa con sus amigos.

–«No es verdad» y «es mentira», aunque se digan igual, no es lo mismo. Estábamos un día echando una partida y me salió una jugada, y al rato me dice uno que he hecho trampas y dijo cosas que no voy a decir aquí porque no se debe hablar mal y a mí mi madre me enseñó a hablar bien. Hay que hablar con honradez (se pone de pie y se me acerca furibundo), pero ¡¡¿¿el que a mí me diga mentiroso cuando yo digo verdad??!! LA PUTA QUE LO PARIÓ. QUE LE DEN POR DONDE AMARGAN LOS PEPINOS. Mira… yo no conozco la ley ni sé leer, pero hay que ser moral y honrado. No nos vamos a poner a empujarnos porque nos caemos. Si somos tós viejos, y total, ni un café nos jugamos…

Adrián lleva un rato en la sombra ocultando su herida con un chaleco de cuero. El calor y la descomposición de su pie han atraído a todas las moscas del campo que tratan de poner huevos en su herida. Me he dedicado un rato a pensar cómo deshacerme de él. Entonces, dando el último trago de cerveza, pregunta:

–¿Pero no hizo usted trampa entonces?

El viejo lo mira con los ojos desencajados. Sin quitárselos de encima le dice a Kate que saque «el aparato ». Sin entender muy bien qué está pasando ni qué es «el aparato», nos levantamos e intentamos despedirnos. El viejo dice que nos va a echar una mano. Sale el marido de Kate y coge a Adrián por la espalda. Éste intenta zafarse, pero con un solo punto de apoyo tropieza, cae de bruces contra un tronco y queda inconsciente. Se despierta confuso. Mientras razona dónde está me pregunta qué ha pasado. Le contesto que nuestros amigos nos han ayudado con su problema. El viejo sigue comiendo salmorejo y, a diferencia de un rato antes, sonríe tranquilo. A Adrián le tiemblan las manos. Tiene una manta sobre la pierna. La levanta y comienza a hiperventilar. Le han cercenado el pie. Grita tanto como puede. No puedo hacer nada, me siento impotente, no quería que sufriera. Le digo que se calme, que solo intentan ayudarnos. El viejo se termina el plato de salmorejo y nos dice que hay unos costillares muy ricos que prepara el marido de Kate. Adrián, incluso en sus peores momentos, no pierde el apetito. Llevamos 4 días comiendo bazofia o directamente no comiendo. Llega hasta olvidársele que está cojo de por vida. Terminamos y pago la cuenta. Entonces Adrián se dirige al viejo y le dice que sus historias estaban bien, pero que, al igual que esta que estoy contando yo, debía estar exagerada. El viejo, sin otro remedio, ata a Adrián del cuello y la otra punta de la cuerda al coche. Se lo llevó arrastrando desierto adentro. Me recordó a la escena de Espartaco en la que los romanos lo atan a un carro de caballos y lo pasean hasta la muerte. En fin, antes o después esto tenía que pasar, aunque, dada la amistad que nos unía, esperaba hacerlo yo. Con Adrián corpore in sepulcro me despido de Kate y del cocinitas de su marido y cojo rumbo a Murcia en mi sola compañía.

Lunes por la tarde. Cae el sol.

Me gusta viajar acompañado. Podría gustarme hacerlo solo, no contar con la incomodidad de llevar a un gordo detrás ni parar cuando tenga sueño o le apetezca comer o se le haya cortado la circulación o le duela el pie. Me gusta hacerlo con gente. Mis pasajeros confían en mí y compartimos las emociones y el dolor incluso cuando nos lo infringimos a nosotros mismos. Echo de menos a Adrián.

Un pálpito. «Le gusta la lefa». Recuerdo el primer día que recogí en moto a la que le gusta la lefa. Recuerdo que pasé un día entero dando vueltas sólo por Valencia porque quería conocerla. Hacía calor, aunque cuando salió de clase yo tenía las manos congeladas. Recorrimos una ciudad entera rascando en las paredes los recuerdos que cada uno por separado habíamos creado. Tuvimos esa sensación que se tiene cuando se viaja junto a alguien, de conectar dos mundos, dos visiones completamente distintas aludiendo a la emoción que subyace y que nadie en este mundo sabe explicar. Cuando volvíamos a Murcia, metió las manos en mis bolsillos y, cual gato, mullía mi tripa. La luna llena, como cada vez que la he visto sonreír, coronaba el cielo. Viajar acompañado no es solo la plática, el comentario de lo inmediato o echar la foto. De hecho, viajar en moto acompañado impide todo contacto vocal, pero ensalza la condición animal de grupo.

Volvía solo a Murcia y como un puñal se me clavaban las palabras del difunto Adrián. «Le gusta la lefa», «le gusta el semen». Y sin pensar en su boca derramando la simiente masculina, sentía ese mullir, y sin luna veía su reflejo, y sólo me sentía acompañado. Hace unos años, volviendo de otro Etnosur, cantaba como un enfermo gritando, gritando, gritando y muriendo: «QUE TINGUEM SORT». Ni siquiera recuerdo haber escuchado esa canción a conciencia. Vino sin más. Me acordaba de aquella novia que tuve. Asumía por primera vez que ambos deberíamos buscar la suerte en otras personas que, aparte de desbocar nuestros instintos, nos dieran la paz y la tormenta en el porcentaje que cada uno quisiera. Llegué a casa y lo primero que hice fue coger la guitarra, poner la canción a toda hostia y llorar cantando. El final de un viaje es algo duro porque se vuelve a la vida y se deja de vivir la fantasía. No tengo esa sensación, más bien el hecho de haber clamado al cielo estrellado noche tras noche todos los pensamientos que les he dedicado a estas dos estrellas. Una que se apaga, otra que se enciende, y en medio, cayendo inciertamente, una gota de semen.

(Todo lo relatado en este texto es la experiencia real de una vivencia. La muerte de Adrián pertenece a la más tonta de las ficciones)

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