Relato viaje Etnosur 2mil15: “Le gusta la lefa” (Parte 4)

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Voy a intentar algo, pues hay veces que a mí me cuesta ver o entender u oír los conciertos a los que asisto. Voy a intentar hablar en la voz de las mujeres que fueron invocadas por Mercedes Peón, usaré sus palabras, usaré sus cuerpos y desde ellas, siendo ellas, hablaré conmigo mismo…

Me duele adentro. Siento mi útero al completo, lo siento y no podría explicar cómo es este dolor. La luna está llena, la luna creció y mañana menguará. Y aquí me tiene, a su merced, agarrándome las entrañas. De algún mar es reflejo y de esta tierra adentro su reflejo soy yo, tan mujer, tan luna, tan una. Oigo un canto de sirena. Me llama y seducida danzo hacia ella. No lo puedo remediar. Es tan bella, tan hipnótica. Galicia me ha traído su lúa más bonita y por bonita me duele a cada golpe de pandeiro. El dolor es tan intenso que suspendo mi función vital, ni pienso, estoy dentro de mí, al fondo, muy al fondo. Un chico me pregunta qué me parece el concierto. ¿Cómo podría entender esto que pienso? No merece la pena. Esto es mío, qué digo, nuestro. Mercedes es una super mujer que empodera al resto de mujeres aquí reunidas. Es la ‘lúa’, la que me agarra las entrañas.

 

La muchacha a la que tanto amé sin saber cómo y tanto quiero ahora sabiendo, está conmigo y yo no esperaba estar con ella. Mercedes Peón suena al fondo y ni tan siquiera puedo imaginar lo que está ocurriendo dentro de muchas personas. El único sentimiento que comparto es el desgarro, puesto que cuando acabe la cerveza que me ha invitado a compartir todo volverá a quedar como estaba, volverá a la oscuridad y al desamparo, al recuerdo de saber que frente a nosotros puede haber algo maravilloso que nos obnubile durante un lapso de tiempo suficiente para detestar haberlo saboreado y que ahora se esfume. Es, en suma, una libertad pasajera, un paseíllo por la galería hasta volver a la celda que es la soledad; la del arte en un caso, la del amor en otro.

Se ha ido. Demasiado tiempo junto a mí. Podría irme con mis amigos, sin embargo vago por las calles aledañas. Compro una lata de cerveza. Otra. La quinqui que me la vende ya me conoce. Me devuelve monedas que ya le dí y bromea con ello. Vago sin pensar mucho. Vago dolido, pero sin pensar mucho. ¿Qué más podría pensar? ¿Qué más? Repito. La mitad de lo que tuve que saber de mi ruptura lo comprendí el día después y la otra mitad unos meses más tarde. El resto fue sufrir por sufrir. Como ahora. Ahora sufro por sufrir. No sé controlarlo, aunque por suerte ya no la llamo, ni le escribo, ni intento ser su amigo. Todas esas farsas están sujetas al miedo de la soledad. Me agarraba, como todos vosotros, a las tetas de mi madre. No quería soltarlas, eran mi alimento para afrontar la vida de uno que se sabe mortal. Repito todo lo que pienso y parece que pienso mucho, pero pienso poco. Es curioso porque en mis notas tengo que un garrulo caminaba agarrado a las tetas en bikini de su novia. Y es curioso porque hablo de agarrarnos a las tetas de nuestras madres poco antes de leer que hasta el más repugnante de los mortales lo hace. Él camina agarrado de las de su novia. Él es un tipo con suerte y, fuera de lo estético, es exultante ver la metáfora tan clara. Me canso de no pensar, me canso de sufrir, de repetir que estoy cansado, de imaginar sus tetas y yo acurrucado entre ellas, de recordar su mirada abyecta de hace tan poco-tan poco-tan poco tiempo. La he vuelto a ver, vale. Llama a Adrián, él sabrá qué hacer.

No me lo coge, estoy solo, pero como buen borracho consigo encontrar un camino que sin darme cuenta me lleve a él. Ha empezado a tocar Txarango así que aprovecho para intentar pegarme un par de hostias en alguna olla. No es posible, estos hippies fuman demasiada pipa de la paz. Me repugna la mayor parte de la gente, es como la naúsea de Sartre. Bailan canciones de un estilo pervertido. La mitad sufre alucinaciones drogotas y la otra mitad las finge. Miro al infinito, no muevo un músculo, fumo tan ensimismado que apenas me queda humo por exhalar. Sale lento, viciado, lleno de odio, me creo alguien, creo que ese odio es real, lo siento superior a sus emociones, me destruye y sin embargo me hace sentir bien. Bajo mi mirada asesina veo saltar a una mujer. Es bonita y sonríe muchísimo. No es mi tipo, es del tipo de Adrián. De repente grita “¡Fran!” y sin pensarlo corro hacia ella. Necesito contacto humano, algo de verdad y sin saber si ella me lo dará me lanzo a sus brazos. Es amiga de Adrián, aventuro que han fornicado, sí, lo han hecho. Son iguales. Hablamos mientras la gente salta alrededor. Creo que es porque Txarango en tres tercios de sus canciones hacen coros gritando “¡Saltimbanqui!”. Quiero escupirles en la cara, en realidad no, es el odio, la nausea de Sartre. Quiero escupirles en la cara sí, es la nausea de Sartre de la que estoy preso. Rocío se parece tanto a Adrián que se parece a mí. Creo que hemos vapuleado a 5 minorías sociales y justificado el maltrato animal desde una perspectiva neoliberal. Sin embargo entre tanta risa y tanta estupidez sale algo de verdad. Me pregunta qué hago. Le contesto que estoy tomando nota de lo que pasa en este viaje para publicarlo en una revista en la que escribo. Y en cuestión de segundos le hablo sobre Carlo Gesualdo. Le cuento que fue un príncipe compositor; que murió asfixiado por un adolescente que lo flagelaba periódicamente; que asesinó a su mujer y al amante de ésta; que taló un bosque arrepentido; que hizo matar a su hijo colgado tres días de una cuna entre cantos que versaban sobre la belleza de la muerte compuestos por él mismo. Hablamos del mismo demonio como si no pudiera oírnos. Estamos a las 4 de la madrugada rodeados de saltimbanquis vilipendiados por la falsedad de Txarango. Tengo miedo de hablar de Carlo Gesualdo. Miedo de que cuando Rocío se vaya cante para mí un madrigal sobre mi muerte.

Adrián ha aparecido. Soy una carga emocional. Cogemos la moto y buscamos los colchones bajo el olivo. Nos acostamos, esta vez amanece y hace frío. Oigo perros, perros en la lejanía, muy lejos. Es una jauría. No me alcanzan, pero les temo.

Fin de la cuarta parte

1 Comment

  1. Adrián Yvoyalaruina dice:

    Me picó una puta abeja. Una puta abeja.

    (me duele un poco en el corazoncito leer esto).

    Pero esa abeja está muerta y tu vivo. Y la tía que es mi tipo también. Y las mujeres que hacen daño y las que no. Mola.

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