Relato viaje Etnosur 2mil15: “Le gusta la lefa” (Parte 3)

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El concierto de Balcony players va a empezar. Le digo al cubano que tengo que trabajar. Me suena tan irreal… ¿Es un trabajo si nadie te paga? Lo único que hago es anotar frases de locos, borrachos, drogados, mendigos o una mezcla de todos ellos. Me pregunto si en otros festivales habrá tantos desheredados como en este. Dos calles nos bifurcan hacia el concierto: una te lleva a un camino largo y otra al corto. Tomamos el largo y frente a mí mi exnovia hace fotos con sus amigos. Yo, a pecho descubierto, kilos de polvo, un sudor que lo embarra y una litrona en la mano, me da por avergonzarme. La miro y su cara no es mucho mejor que la mía, aunque es más hermosa, más tierna, más lista, más resuelta, más feliz, más más más… ¡Qué estupidez! me abofeteo. No debería buscarle una mala cara, en todo caso recomponer la mía. Claro que he de recordar que me ignora de diario. Supongo que si no llegué a desarrollar un odio es porque fui realista y no un cobarde. Sin embargo en mí al final se ha instalado una apatía tal que cuando la veo pienso en lo hermosa, lo tierna, lo lista y lo resuelta que es; y me jode haber llegado a este punto, pero me debe importar una real mierda saber si es feliz o no ya que, fuese por lo que fuere, ella jamás lo compartiría conmigo.

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Obviando lo ocurrido seguimos nuestro camino. Los Balcony Players no llevan mucho tiempo tocando así que me siento un poco mejor, estoy haciendo bien mi trabajo. Llevo una borrachera sempiterna, de esas que te impiden diferenciar el momento real del falso. Algo me obsesiona, no he llegado a obviarla. Me atormenta la mirada, esa que crees en tu cuello preso del anhelo, del verse vigilado por una querencia que no existe. La mirada no me deja hacer bien mi trabajo, y el alcohol, en este instante, no es ese amigo fiel que te deja impregnar el arte en tu cuerpo. Miro esquizofrénicamente a todos lados y entre tanto suena manouche, suena klezmer, músicas del mundo aunadas en un impulso joven de mostrarlas al mundo. Son nervio, son arte primitivo de una música que evolucionó antes de que ellos, en su mocedad, decidieran interpretarla. Me fascina ver a todo el público bailando preso del judaísmo que a veces se codea con la rumba catalana. Y detrás, tres banderas presiden el ayuntamiento: andaluza, española y europea, como debe ser. Sin embargo en este concierto hay más. Ondean la brasileña haciendo caer enamorados a los muchachos de sus garotas. Aunque sin embargo se recoge, cae fulminada porque no llegan a blandirla. Son víctimas de una música globalizada que pretende más de lo que puede y desestima la pureza de los estilos violándolos sin compasión. No hay fusión, no hay compendio, se esfuma tras los primeros compases. Sin embargo la gente baila, yo bailo y olvido la mirada que me acecha en este viaje. Me dejo llevar y por momento el pecho me palpita queriendo no hacerlo, queriendo sufrir, pero la música tiene ese extraño poder que congregada con cientos de desconocidos es capaz de borrar la mirada, borrar el pálpito, dejarte descansar para pisar el suelo, respirar el aire, sentir al resto de todos menos a ella.

El cubano se ha ido. Tan solo quedo yo y mis miserias, así que llamo a Adrián. Él trae una lata de sardinas en tomate y yo una barra de pan duro. No tiene mucha hambre y me cede su parte. La devoro como Saturno a sus hijos sin el goce de sentirme alimentado. Unos andaluces mean a tan solos unos metros de mi comida, pero estoy tan derrotado que claudico en mi asiento. Adrián se esconde en un callejón para cambiarse de ropa confiando en que nadie le vea el pene. Entretanto lo espero en mi banco con mis andaluces meando y los aceites de mis sardinas supurando. Me siento tan sucio que, en ausencia de una ducha que me libere de la mugre, corro hacia una fuente poseída por unos niños. Me lavo como un perro ante la mirada de padres sintiéndome zafio, resucito como un cristo que no atina a sacarse los clavos hasta que una voz me ilumina y no por su luz, sino por lo impresentable de su facha. Es un mendigo que me observa frotando mi cuerpo. Le cedo mi puesto y nos sonreímos. No me hace falta nada más para entablar conversación con un hombre con pinta de haber violado a un niño y no haberse limpiado la sangre, así que lo hago.

  • Buen hombre, ¿disfruta usted del festival?
  • ¿Yo? Yo disfruto de la vida, que bastante mísera es.
  • No diga eso, las gentes corren de un lado a otro y no me negará que hay mujeres muy bellas.
  • Claro, llevo toda la vida que recuerdo viviendo en la calle y jamás me he aburrido. Las hay de todos los colores, y la cerveza, esa sí que está buena.
  • Lo está.
  • ¿Cómo no? Aun con hambre la vida es buena.
  • Joder, claro. No merece la pena padecer la vida terrenal, para eso ya están los cristianos. ¿Habrá que divertirse?
  • Te equivocas, los cristianos también buscan la diversión, pero… ¿cómo van a tener diversión sin tripis? Je je je je je jeje     je je jeeee jeeeeeee  je jee

Le abrazo por la verdad y me alejo. Pasan varios minutos y su risa macabra aún resuena mi cabeza. Es un borracho, un drogadicto y un paria, pero en su locura hay palabras que hablan con más razón que otras. El común no nació para disfrutar; él, un hombre libre, sí. Puede parecer absurdo mi argumento, un hombre atrapado en la droga, en el alcohol, en la pobreza, sin embargo decide dónde estarlo, sin embargo defiende sus prioridades en función de la oportunidad que le ofrece el mundo. Es un esclavo de sí mismo libre de los demás.

Guadalupe plata

Calvo en primer plano y Guadalupe Plata en la lejanía

Sábado por la noche

Para ser francos no sé cómo llegué a la zona de conciertos. Solo se me ocurre decir que un judío me pagó para que lo olvidara, pero todos sabemos que los judíos nunca olvidan y no tienen por costumbre hacer olvidar a los demás. Busqué cerveza y la encontré y además me perdí el principio de Guadalupe Plata. ¿Quién podía imaginar que el golpe de un yunque fuera el comienzo de su espectáculo? Una compañera de trabajo me dijo una vez que a los judíos no conversos los reyes católicos los echaron a la mar en yunques. Yo supongo que se refería a algún tipo de embarcación, pero dada la barbarie real (de la realeza) opuesta al pago de intereses usureros, no me hubiera parecido descabellado hundirlos atados a yunques. Me cuelo entre la gente para echar fotos. Hacía tiempo que no veía un concierto que causara tanta expectación. Guadalupe Plata ha preparado un espectáculo especial para el Etnosur donde la formación de tres pasa a casi una decena. Escenifican un cortejo fúnebre tan mortuorio como su música. Es sencillamente soberbio ver al bailaor recién salido de un ataúd llevado por cuatro mozos que se sientan a observar el funeral. El finado baila al ritmo del yunque, de las guitarras rocosas de Pedro de Dios, tan excelso que hasta los incultos en baile flamenco nos inclinamos ante tanta bravura. El cante y el toque flamenco imperan a manos de sus invitados provenientes de la Andalucía más castiza. El blues y el flamenco, en la repetición eterna y oscura dotan al festival de un concierto muy por encima de las cotas alcanzadas años anteriores. El arte de la casa, el folclore y la música étnica más pura que ha llegado a Alcalá la real sin salir de sus límites comarcales. Cierran con la más absoluta certeza de haber acogido el sentir de la tierra patria.

Fin de la tercera parte

2 Comments

  1. Adrián Yvoyalaruina dice:

    Guadalupe Plata viene a Murcia y estoy acojonado. Acojonado porque los vi allí, en el etnosur, y su espectáculo me encantó. No se como de preparados tienen sus demás conciertos, pero espero que hayan ido arrastrando el yunque por el levante.

    Por cierto, Arnedo estaba mucho más muerto en vida de lo que esto refleja y no le enseñe el pene a nadie, sólo el culo.

    • Javier Arnedo dice:

      Con la perspectiva del tiempo tengo la sensación de que la muerte era mi estado normal. Pero tienes razón, fue excesivo, de verdad no sabía ni quién era… Tranquilo Adrián, que esto continúa y la tercera parte es para relajarse, coger aire e ir a por la cuarta.

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