Relato viaje Etnosur 2mil15: "Le gusta la lefa" (Parte 2)

Adrian-quinqui
 

Enlace a la PARTE 1

Sábado por la mañana

Café, ducha seca y lectura del diario de la región.  El IDEAL dice que este año se han superado las expectativas del festival. También lo dijeron el año pasado, pero no es desdeñable. Lo cierto es que, aunque Adrián diga que hay menos furcias que el año anterior, cada año que pasa el festival se mantiene puro a sus principios y las gentes llegan a pares, de todas las edades y sexos. No es de extrañar que nos encontremos a gente de Murcia que conocemos, a gente de Murcia que no conocemos y a gente que no es de Murcia que tampoco conocemos. A quien sí me encontré fue a mi exnovia. Pero eso es otra historia.

No. Qué coño va a ser a otra historia. El litro de cerveza era el medicamento prescrito por mi médico, el semidifunto Adrián. Se le olvidó mencionar que las contraindicaciones son beber bajo el sol y 40ºC a la sombra. Adrián lucía como un samoano por el paseo de los álamos; pecho negruzco al viento, y tetas sudorosas. Perfila una barba evolucionada. Tardó en depurarla años y años. La razón de vestirla es similar a la de la cara de un hombre al que atraviesa una cicatriz de punta a punta. Él no ha tenido la suerte de echarle la culpa a una trifulca callejera faca en mano, la naturaleza lo hizo así, feo. Pero por fin ha encontrado cómo ocultarlo.

Nos miran mal. Mi gorra de aparcacoches,  las gafas de farlopero y la navaja que Adrián lleva en el cinturón nos impiden hacer amigos normales. Inesperadamente tres señoras mayores se dan la vuelta me piden fuego y dicen que me conocen. Bailan danza oriental, lo cual las mantiene jóvenes y turgentes. De fondo suena El Bastón de la vieja. El tradicional ska bien ejecutado, bien fiestero, bien prieto entre hippies pellejeros y punkis que ya no ejercen el odio. He perdido la práctica a la hora de hablar con mujeres mayores, así que me zafo y corro a restregarme enjuagado en el sudor de toda esta caterva de degenerados que en algún momento de su vida, aunque fuese por ideal, pensaron en ejercer el amor libre. No fue otra historia pues… a pesar de la distancia interpuesta, mi cuerpo no podía evitar pensar en que aquella mujer que otrora me robara el corazón, estaba por allí, escrutando a lo lejos mis movimientos. ¿Quién puede acercarse a otra chiquilla en esas condiciones aunque estas solo sean una ficción? “La mirada” me acompañaría el resto del viaje, así como la putrefacción del pie a Adrián.

Sábado por la tarde

Anoche Adrián me dijo que en la tarde del sábado fuéramos a hacer las 2 horas de cola para entrar al circo a lo que, con absoluta naturalidad, aduje: “Por supuesto, este año no nos lo perdemos”. Mi amiga Laura ama a los negros. Desde bien joven. Le gustan todos: altos, bajos, delgados, con penes pequeños o normales, grandes no, los detesta. Una de sus mejores amigas estudió circo (ésta no mostraba especial interés por los negros) sin embargo Laura nunca vio un espectáculo profesional. Lo más parecido fue, entre negros, ver cómo su amiga caminaba sobre sus manos en un parque lleno de heces.

Yo a Laura siempre la quise. Canta muy bien, y quitando el hecho de que le guste tanto tratar con negros, es un ser humano excepcional. Pero no nos hablábamos. Nuestra relación musical solo puede entenderse desde el amor, así que decidimos tolerarnos ya que compartíamos amigos, de entre ellos uno es el cubano. Una nacionalidad por sí sola no dice nada. Al cubano hay que darle otras connotaciones. Una de ellas es que ama al grupo Danny Rose & The Harridan Robbers. Esos (permitida ya la egolatría) somos Laura y yo. Una amante de los negros y un hombre al que no… bueno, eso está escrito en otro manifiesto un poco más serio. La cuestión es que el cubano es un hombre sufrido, lastrado por muchas penitencias. Una de ellas es su adicción a la marihuana (me hizo cargar desde Murcia con su puta droga. Sí, a un tío al que confundirían con un camello ya que ha estudiado una carrera; con dos y un máster solo te deportan a Alemania.) Otra de sus penitencias es ser andrógino. Y la peor de todas es que es un hombre con sentimientos, pero no de los modernos que se peinan un tupé, se rapan los costados y se calzan unas Vans. El cubano sufría con cada encuentro entre nosotros, Danny Rose. La situación me hizo pensar en que gran parte de los problemas en las relaciones humanas surgen por no aceptar nuestras conductas. Laura tuvo una, yo otra, ambas incorregibles. Lo vi claro, tenía que extirpar esa parte de la relación. Me prometí no volver a hacer música con ella. Esta fue la solución a la que faltaba una disculpa, y un gesto desprendido que solo ella pudiera entender. Le cedí, a pesar de haber abandonado 2 horas al sol a Adrián para conseguirnos dos pases, mi entrada al circo.

Sábado un poco más tarde de la tarde

Estoy esperando a que el cubano vacíe sus esfínteres. Apoyado en un barril la gente me habla. Me preguntan cuánto tiempo llevo dejándome crecer la barba. Es una pregunta estúpida, lo interesante sería conocer el motivo, no el tiempo. Por mera inclinación existencial nos impresiona más el paso del tiempo que el sentido para el que se emplea. Y transcurriendo ese tiempo la mujer más atractiva de todo Jaén pasó ante mis narices. Sucia, harapienta, larga melena y aire soberbio. Al verme deceleró el paso y con una mirada sucia me dijo: “Quillo, que trenza más larga que tienes… joooer matón…” La agarró, la acarició y flipó. Le di las gracias casi deletreando y la perdí de vista. Hacía meses que no dejaba a nadie tocarme un pelo. Me sentí mal. Niños, señoras y curiosos reciben mis insultos/desprecio, pero una mujer sucia no. Mi cuerpo, en el deseo, infiel a sí mismo, olvidó. Por fin salió el cubano. Unos garrulos se quisieron hacer una foto conmigo. Se despidieron al grito de: “Que disfrutéis musho y comáis musha droga”.

El Cubano está viejo. Derrotado en el suelo con los ojos cerrados dice que no puede beber más. No le temo porque no le creo. Le animo a que nos levantemos y vayamos a tomar una cerveza. No funciona, así que lo zarandeo. Por fin se levanta. Tiene los ojos cerrados, pero al abrirlos un escalofrío me recorre el cuerpo. No estoy drogado, o al menos eso recuerdo, sin embargo la cara del cubano se ha convertido en la de un gato negro. Sus ojos son tan amarillos que siento que podría arrancárselos y, lanzándolos con todas mis fuerzas, iluminar el cielo en la noche. No… no es tan poético. ¿Recordáis la canción de la bilirrubina? El consumo excesivo de alcohol y una mierda de organismo hacen que los niveles se disparen y parezca que te han meado en la cara. Si a él no le importa a mí menos. Tampoco él me aconseja que deje de fumar. No nos han educado para meternos en los asuntos del otro.

Fin de la segunda parte

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