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Si hay algo que define bien a Mucho es, sin miedo a caer en redundancias adjetivadas, la intensidad. Todo lo que rodea a esta joven banda suena a meteórico: desde su implantación con voz propia en la saturadísima escena del indie nacional hasta, claro está, su música sin “mediastintas”; en definitiva y tomándolo prestado del tópico, ponen toda la carne en el asador.

Ahora ve la luz este Pidiendo las puertas del infierno [2016], trasunto del pop-rock agresivo y a ratos preciosista e imaginativo de su anterior trabajo, al que le añaden tintes electrónicos que potencian el conjunto. Suben unos puntos la distorsión guitarrera, incorporando a su vez estrafalarios teclados Van-Halenianos, todo sea en pos de un avance que sobre todo mira hacia adelante.

No es de extrañar, por tanto, que el disco comience de forma imponente; Las tres cabezas del León une a Maradona, Jesucristo y Superman en un mismo cuerpo, en el que discuten primero y último a cuenta de sus virtudes mientras Jesús, en el centro, intenta sin éxito apaciguarlos con talante. Sigue un Las puertas del infierno atrevido y con una agresividad tan directa que el estribillo apenas tarda medio minuto en hacer acto de presencia. Tan descarados se muestran estos muchachos que se permiten incluir un par de temas bailables: no sería de extrañar que Los amantes no olvidan y Nuevas ruinas ‒puros 80‒ sonasen con frecuencia en Radio3.

No fallan a su cita cuasi religiosa con la incorrección política; así, atacan tanto el neoliberalismo canalla de algunos (Perro negro) como al tótem de bigotes que decía hablar catalán en la intimidad (Sucumbe el universo). Quizá esta última sea el tema más cercano a su vida musical previa, el bajo como faro guía, la voz rasgada denunciando la hipocresía.

Ahora bien, caben un par de apreciaciones que hacerle a este interesante trabajo. La primera corresponde a la evolución de Mucho como banda: el crecimiento en contenido y forma es evidente, pero a mi juicio en el camino se han dejado algunos aspectos mejorables; el disco acusa la intensidad constante en las canciones, a lo que no ayuda una duración media de cinco minutos. En consecuencia, se percibe una dejación en lo tocante a la recogida de apeos y andamios tras la construcción del edificio. La segunda apreciación es más bien una advertencia: improbable lector que escuchas música sosegada, aléjate de aquí, esto no es tierra de sutilezas.

Rafael Belchí
Rafael Belchí
Ingeniero de Caminos que asegura serlo. A diferencia de otros, no espera que la humanidad haya de pagarle por ello, esto le lleva a sumar espadas como lugarteniente de esta página. No obstante, tiempo acaeció desde su última aventura internáutica, en un blog pretendidamente cultural, violentado sin motivo aparente, labor por la cual su pellejo se vio en palpable peligro a cambio de no cobrar euro alguno. Pasa los días intentando comenzar Moby Dick, sin esperanza siquiera de leer la nota del traductor

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