Nuevos discos, nuevas drogas

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Ayer pasé la tarde en la puerta del Pichincha. Pregunté a muchas personas si tenían un minuto para Cruz Roja. Esas personas me decían tengo prisa o ya soy socio o ¿cruz roja? Yo es que prefiero la cruz blanca o llego tarde al dentista, bonico o ¿qué me vas a contar, hijo? Yo soy director de un colegio de integración, ¿qué me vas a contar sobre desigualdades? Mientras me esforzaba por sonreír y un gigantesco NO se me grababa a fuego entre la mandíbula y el parietal, una canción invadió mi cuerpo. La canción se llama El fuego que hemos construido. Pertenece a La dinastía Scorpio (2012, Laptra), el segundo LP de Él mató a un policía motorizado. La letra dice: Esta noche me despierto y pienso en el tiempo perdido / Cuántas noches me despierto y pienso en el tiempo perdido/ Quiero mirarte/ Mirarte y que me mires/ Quiero hablarte/ Hablarte y que me mires/ Ya nada va a ser igual/ Vos no vas a ser igual/ El fin de las vacaciones/ De las mejores. Comencé a tararearla. Me flipa la intensidad de las canciones de Él mató. Santiago Motorizado repite frases envueltas en muros de distorsión y, entonces, de pronto, lo naíf torna épico y trascendente. Dejé de tararear y comencé a cantar.

Lo bueno de llevar un chaleco de Cruz Roja es que nadie te ve ni te escucha. Quiero decir lo bueno para el orden público, porque cuando comencé a cantar y me desnudé y a una señora mayor enlacada y envisonada le dio un infarto al ver a un saco de huesos desnudo a dos metros de sus guantes de piel de cabritillo y me puse el chaleco de Cruz Roja, todo volvió a la normalidad. Comencé a gritar ESTA NOCHE ME DESPIERTO Y PIENSO EN EL TIEMPO PERDIDO/ CUÁNTAS NOCHES ME DESPIERTO Y PIENSO EN EL TIEMPO PERDIDO. Corrí de un lado a otro, desde la puerta del Pichincha hasta la parada de autobuses de la circular. Grité y corrí y nadie se dio cuenta. Paré y me dio frío y me vestí y pensé en que descubrí a esta banda y sus canciones supuestamente simplísimas hace cuatro años. En ese tiempo, muchas personas por las que habría matado han desaparecido de mi vida, y ahora no me importan más que lo que piense Gerard Piqué sobre cualquier cosa. Y esta banda y sus canciones supuestamente simplísimas siguen ahí.

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Los dedos de la mano trastornada de Vicente Martínez Pujalte sobran para enumerar las bandas que me emocionan más que Él mató. Las guitarras me molaron desde el principio, pero había algo que no me encajaba. No sé si era la voz de Santiago Motorizado. Ah, espera, sí. Descubrí a Él mató mientras leía Madame Bovary y, claro, me metí en la historia y por mi cabeza no pasaba que una canción de cuatro minutos y seis palabras hablara de (casi) lo mismo que ese peñazo de Flaubert. Y que encima me lo dijera A MÍ, y no a esos quince antepasados míos que se gastaron la jubilación en heroína para poder soportar las correrías de la angustiada Emma.

El caso es que mi colega Perico insistió en que siguiera escuchándolos. Recuerdo que me dijo algo rollo: Bah, tío, con lo que a ti te molan las voces de los tirados… Tenía razón. Se me colaron. Santiago Motorizado repitiendo frases que al principio te hacen gracia y después de tres minutos te ponen los pelos de punta, Doctora Muerte aporreando la batería como si alguien le hubiera dicho que jamás será Tommy Ramone, Pantro Puto y Niño Elefante hablando como Tom Verlaine y Richard Lloyd pero a través de The Strokes y de Guided by Voices, y Chatrán chatrán apretando muchos botones. Se me colaron adentro, y tardé un tiempo en saber por qué. Cuando lo entendí, mi colega Perico y yo ya los habíamos visto en la 12&medio. Fue en un septiembre raro, la sala no se llenó y mi colega Perico se pasó el concierto gritando ¡¡CHEEE, TOQUEN MUJERES BESHAS Y FUERTES!! Esa noche entendí que el secreto está en intentar poner voz de superhéroe para cantarle a tu vieja que no se preocupe, que todo va a ir bien. Cantar eso mirando al suelo y vistiendo un pantalón del Chelsea con el 15 de Drogba y emitir sonidos ininteligibles entre canción y canción. El secreto es reflejar la épica de lo cotidiano. Tener una resaca del tamaño de las cuñas de los zapatos de Pablo Motos y cantar Si vienen a buscarme, estoy dormido como si fuera una declaración de guerra. Como si fueras Lennon diciendo que la revolución empieza en uno mismo. O estar enamorado y cantar Mi amor por vos se ve tan grande/ Tan grande como dos galaxias y conseguir que no suene cursi. O cantar sobre el apocalipsis y no parecer Bono y, por extensión, no dar asco. Santiago Motorizado es un pringado que se crece conforme canta y, de pronto, se da cuenta de que ha conseguido algo parecido a la redención. El tío sabe que ni siquiera cantar le aliviará esa melancolía crónica, pero que está bien tener un analgésico a mano.

Él mató a un policía motorizado han publicado dos LP y cuatro EP. En 2004, junto a miembros de bandas como 107 Faunos o Las ligas menores, fundaron el sello Laptra en La Plata. Era un momento jodido: Argentina atravesaba una crisis económica y la música en directo seguía de luto por la tragedia de Cromañón. El objetivo era crear un sello colaborativo con una estética y un discurso –DIY, sonido de la escuela Matador, marcada distancia con respecto a la tradición del veneradísimo nuevo rock argentino– muy determinados. En su web se definen así:

“Laptra nace como un colectivo artístico que en determinado momento se autobautiza y crea una marca para salir al encarnizado combate de las corporaciones. El objetivo actual de la empresa es brindar a los artistas la posibilidad material de registrar y difundir música. Al comprar un disco independiente ayudás al artista a seguir creando”.

Doce años después de nacer, Laptra edita a varios de los músicos más interesantes de Argentina y, seguramente, de todo el territorio hispanohablante: Bestia Bebé, Las ligas menores, 107 Faunos, Hojas Secas, Javi Punga… además de Él mató, auténticos baluartes del sello. Los dedos de la mano trastornada de Vicente Martínez Pujalte también sirven para enumerar las bandas con un discurso tan respetuoso con la palabra indie como el de Él mató. Nadie está interpretando como ellos esa idea de crear arte a partir de la basura, esa idea que Beat Happening elevó al Olimpo de la chatarra.

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Seguí tarareando la canción. Mi supervisor me vigilaba a unos 15 metros. Me acercaba a muchas personas y les cantaba esta noche me despierto y pienso en el tiemPO PERDIDOOO. Imaginé a mi supervisor pensando: Bueno, el chaval mueve la boca, lo está intentando, la gente no para porque no quiere o porque es muy feo o porque huele mal, pero él lo está intentando. Yo recordé que mi colega Asier me dijo hace unos días que se había encontrado con Jachúa y que Jachúa le dijo que Piso28 estaba bien, pero que teníamos que hacer textos más informativos y menos experiencias personales. Me hizo mucha gracia, porque imaginé el desdén con el que Jachúa pronunció experiencias personales.  El rollo es que me es imposible escribir de otra forma sobre algo que me toca tan dentro. Me es imposible explicar por qué Él mató me pone los pelos de punta si no hablo de qué me recuerda y que me sugiere, porque esta banda va de eso, porque una banda con un tío cantando así y con unas letras como esas solo pueden molar así. Porque no sé las veces que me he dejado la garganta conduciendo el Citroën Xantia de mi viejo mientras cantaba Yoni B y porque no podría explicar de qué va El último sereno si El último sereno no hubiera sonado mientras estaba tumbado en la cama de una habitación minúscula en una ciudad gigante y me preguntaba qué cojones hacía allí. Porque Nuevos discos me parecería una estupidez si esta música no me hubiera salvado la vida tantas veces en tan pocos años. Y porque lo guapo del puto Google news es que nunca será NADA MÁS que informativo.

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