El nuevo entretenimiento: sobre el post-punk y su revival

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Conviene recordar el origen. Está claro: ahora que el revival del post-punk casi triplica en duración al propio post-punk, conviene recordar el origen. Y no me he puesto ninguna chaqueta purista. Al revés: el revival del post-punk es más canónico –más conservador y, claro, más aburrido– que su propio padre. Escuchas Wanna buy a bridge?, el recopilatorio que Rough Trade se marcó en 1980 para presentar su movida en EEUU, y se te caen los huevos al suelo. Luego lo comparas con los grupos que te vendieron como post-punk cuando tenías 15 años (Interpol, Editors, The Walkmen) y suspiras. La paliza sería de tal calibre que ni siquiera piensas en enfrentarlos. Y ya, si le sumas ese Síndrome de Bandas Que Se Parecen a U2 –Juanjo Sáez dixit– que aqueja a quienes dedicaron la primera década de este siglo a poner cara triste y subir el volumen del bajo, para qué contarte. Ruina na más.

A un lado está Joey Ramone diciendo que el punk es una actitud y Johnny Rotten cantando que no hay futuro. Al otro, Richard H. Kirk diciendo que el rock and roll no es «vomitar riffs de Chuck Berry» y Allen Ravenstine proclamando que sí que hay futuro, y que lo están construyendo. Estás rabioso y le prendes fuego a todo. Luego, una vez rodeado de ceniza, te preguntas ¿y ahora qué? Eso es el post-punk. El día después de la revolución –una revolución un tanto fallida, aunque ese es otro tema–, el momento en que ya no vale estar en contrapostpunk y es necesario proponer algo. Romper con todo y empezar de nuevo, subtitula Simon Reynolds su Postpunk, biblia de todo esto. La música popular –una parte de ella, también surge el Oi! como continuación un tanto desbravada del punk primigenio– echa un vistazo a las vanguardias artísticas y decide que ahí está el camino. Por Satanás, échale un ojo a los nombres de las bandas de este rollo y a sus portadas: referencias dadaístas, literatura modernista, constructivismo, vanguardias artísticas… ¿La razón? La explica Reynolds:

«Para la vanguardia post-punk, el punk había fracasado porque había atentado contra el statu quo del rock apelando a una música convencional (rock´n´roll de los cincuenta, garaje-punk, mod), que databa incluso de antes de la existencia de megabandas como Led Zeppelin y Pink Floyd. Los artistas post-punk tomaron distancia de tal postura, bajo la creencia de que ‘contenidos radicales exigen formas radicales’».

Vamos, que para esta gente tenía poco sentido cagarte en los muertos de Led Zeppelin en canciones de rock and roll –de blues, si tiras del hilo– acelerado. Su revolución tiene mucho que ver con la incursión en la electrónica y en la «música de botoncicos», pero los pilares fundamentales de una alineación rock también son cuestionados. Uno de los ejemplos más emocionantes de este nuevo estado de las cosas es el Entertainment! (1979, EMI/Warner) de Gang of four. La intención de la banda de Leeds era pasarse por el Arco del Triunfo esa interacción clásica entre instrumentos que desprendía una tibia calidez (puro fuego, en el mejor de los casos). Gang of four querían sonar a cadena de producción, a piezas sueltas que se ensamblan y forman un sistema. Querían sonar gélidos, distantes y alienados. La guitarra de Andy Gill parece una puta cuchilla. Y nada de solos, por supuesto: la guitarra deja de ser protagonista. Ese hueco lo ocupa un bajo con más groove del que nunca tuvo en un contexto de música blanca. ¿Ese rock noventero que farfullaba funk? Viene de aquí. Y luego está esa forma de ser contestatario sin follarle la oreja a nadie. Ojo, Simon Reynolds se emociona y llega a decir que “Gang of four son The Clash mejorados”. Entertainment! suena a bloques de edificios grises, a paro, a callejones negros, a insatisfacción y a gobiernos de mierda. Aquí hay canciones sobre comer mientras ves sangre en la tele,  tener la cabeza a punto de estallar y relaciones que se van a tomar por culo porque en este mundo es imposible nada parecido al amor por mucho que se busque; ojo, no hay cinismo. Nadie ha llevado esta idea a cotas tan altas como Gang of four en Contract y Love like Anthrax.

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La verdad es que el contexto social –la derecha de Ronald Reagan y Margaret Thatcher barriendo con sus políticas económicas monetaristas– no invitaba a pensar otro tipo de música. Lo emocionante de esta movida es que estos tíos lo tenían todo –industria, público, cánones– para seguir haciendo canciones de tres segundos sobre la Reina, pero decidieron ir más allá. Se entregaron al DIY: fundaron sellos –los míticos SST, Rough Trade, Factory…– para editar sus propios discos, crearon espacios para tocar, organizaron conciertos, desarrollaron una cultura fanzinera… los cabrones se lo montaron bien.

Reynolds enmarca esta época dorada entre el 78 y el 84. En pocos periodos hubo en la música popular una certeza tan gigante sobre la capacidad de estar construyendo un futuro. A veces pecaba de elitista –gran parte de los miembros de las bandas procedían de academias de arte–, pero el post-punk fue sinónimo de libertad creativa, inteligencia y rebeldía. Conviene recordarlo ahora que la corriente se ha convertido en una copia baratera de Joy Division. El post-punk fue mucho más que no hacer solos y poner cara triste y subirle el volumen al bajo. Conviene recordarlo ahora que se encumbra a ejercicios de estilo sin ninguna gracia –por dios, que alguien les corte las manos a todos los miembros  de Eagulls– y que la mayoría de bandas han pasado de tomar el testigo para copiarlo y dejar clarísimo que no entendieron una mierda. Conviene recordarlo.

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