¿Nobel de qué?

 

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Vaya por delante que mi afinidad con Dylan es escasa, por lo que no he recibido con gran regocijo el reconocimiento del Nobel, pero sí que he disfrutado imaginando la cara de algunos editores al conocer el veredicto de los suecos: este año no tendrán su Midas anual, o no al menos uno nuevo. Sin embargo, son los rifirrafes entre detractores y entusiastas, unos empeñados en delimitar concienzudamente con cercas o mojones el territorio de lo literario, los otros eliminando esas barreras a base de puntapiés, cuando no sorprendidos de que algunos todavía anden, como el policía ciego, dirigiendo un tráfico que desde hace tiempo no recorre la senda que se creía. Porque, claro, ¿qué es la literatura? ¿Una obra escrita? ¿Novelas, ensayos, poesía? ¿O sólo novelas? ¿Valen también los artículos de periódico? ¿Vale todo, incluso este absurdo ditirambo mío?

En la teoría, el Premio Nobel de Literatura se otorga cada año «a quien hubiera producido en el campo de la literatura la obra más destacada, en la dirección ideal».

En la práctica se le ha venido entregando a personalidades públicas, ya consagradas, con una obra escrita de largo recorrido, cuyas opiniones eran por lo general influyentes y si no escuchadas al menos, o bien autores absolutamente desconocidos fuera de sus países pero de obra importante –a criterio de los académicos–, y para los que el Nobel suponía, de alguna manera, la apertura de unas fronteras editoriales vedadas con anterioridad. Ambas intenciones, aceptablemente loables, han venido disgregándose como un azucarillo en las últimas décadas con la llegada de internet y en especial de las redes, pues a saber: merced a una falsa horizontalidad democrática que la red otorga al usuario medio, sea o no analfabeto, así como a la potestad de censurar cualquier tipo de pensamiento que no sea el propio, las opiniones de las figuras públicas ya no tienen valor alguno, pues si unos cuantos pensaban que la llegada de la red y la interconectividad supondrían un gigantesco ágora en el que las posiciones enfrentadas fueran debatidas, en la realidad ha sido todo lo contrario; internet, en cualesquiera de sus manifestaciones, se ha convertido en lo que ya había pero de una manera mucho más cobarde y masificada, una sucesión de tribus con sus ritos, costumbres y sacrificios a los dioses particulares. Por otro lado, el autor que antes pudiera ser el Shakespeare ruandés, desconocido en tanto que ruandés, ya ha dejado de serlo puesto que la globalización y la publicidad que viene con ella magnifican a cualesquier autor lo que, unido a las quinielas del Nobel, en las que con toda probabilidad podrá uno encontrar al Shakespeare ruandés, hacen que sea realmente complicado no poder toparse con una obra suya a poco que se indague.

Finalmente, y sin duda el factor más decisivo, la pérdida de relevancia de la literatura en una sociedad sobreinformada. Antes no había mucha distracción al alcance de la mano, y por tanto, ante el previsible aburrimiento que se intentaría evitar de cualquier manera, la literatura podía ser un buen remedio; hoy, al pasar bastante tiempo ante el ordenador, durante ese tiempo –que es mucho– rara vez se leerá algo de provecho, mucho menos una novela o un ensayo; lo que ahí se leerá será periodismo, en sus múltiples formas posibles, pero periodismo al cabo. (Hay que recordar, llegados a este punto, que la ganadora del Nobel del año pasado fue una periodista). Además de leer alguna que otra cosa, lo que fundamentalmente arrebata tiempo a la lectura sosegada y solitaria que siempre exige la literatura son las series de televisión o las películas, y la música, generalmente cantada. Y aquí está la clave del meollo, ¿tiene algún propósito, dado que una parte fundamental del medio transmisor de series o películas o música es la palabra, empecinarse en separar –como yo he venido haciendo–, lo que es y no literatura? Y todavía más, ¿de verdad Bob Dylan, artista de una relevancia social sin parangón –sólo en dura pugna con The Beatles–  y autor de una descomunal obra en marcha, siempre reinventándose, no debe llevarse el galardón por no ser un «literato»? Seguiremos preguntando.

 

Rafael Belchí
Rafael Belchí
Ingeniero de Caminos que asegura serlo. A diferencia de otros, no espera que la humanidad haya de pagarle por ello, esto le lleva a sumar espadas como lugarteniente de esta página. No obstante, tiempo acaeció desde su última aventura internáutica, en un blog pretendidamente cultural, violentado sin motivo aparente, labor por la cual su pellejo se vio en palpable peligro a cambio de no cobrar euro alguno. Pasa los días intentando comenzar Moby Dick, sin esperanza siquiera de leer la nota del traductor

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