Nathy Peluso, Cécile McLorin Salvant y Totó La Momposina: «Quien no sepa rezar que vaya por estos mares» [La Mar de Músicas 2018]

Quien no sepa rezar, que vaya por estos mares,
que ya verás como aprende sin enseñárselo nadie

Qué hermoso. Mentar a Dios y a los cielos, apelar desde lo castizo a la creencia que no se tiene pero se tendrá por justicia. Quien te atraviesa con su fe pasa a ser tu profeta por muy Pedro que seas. A la tercera estarás cambiando el destino divino por una afirmación. En esos versos se apela a un hermanamiento naturalista que el hombre de tierra desconoce: yo, por ejemplo. Cuando era niño un hombre me dijo, «no respires» y me lanzó a lo hondo de una piscina olímpica. Sentí que me absorbían las gargantas de decenas de espectros hambrientos. Ese hombre, al ver que no reaccioné como un superviviente, me sacó del pescuezo y me depositó en el bordillo. De ahí mi negativa a nadar en el mar oscuro. Una inmensa sombra te asola y tú solo tienes dos pulmones. Hiperventilo, lo cual es una reacción atrófica de nuestro miedo. Por esta desadaptación muere gente –pienso mientras nado–. Y pienso más fuertemente, ¿por qué no tendré un Dios al que rezarle? Estamos en la Algameca y Diego me ha traído una máscara para hacer snorkel, y aunque me he negado dos veces, acepto el reto e hiperventilo, y siento que muero, pero estoy nadando junto a peces diminutos que no me ven como una amenaza sino como parte del ecosistema. Si perturbo las aguas huirán, si estoy quieto me dejarán observarlos y nadar junto a ellos. Hoy, en tierra firme, haremos lo mismo.

Toca Nathy Peluso. Es un amor, y un poco ignorante. No te precipites, ella lo admite con mucha gracia y salero en una entrevista que le hace Broncano para La Resistencia. Muchas muchachas la imitan separando la persona del personaje, y el personaje lleva todos los maquillajes que estas fans llevan: rayas kilométricas en los ojos, labios de colores metálicos, moños, aros, uñas de gel. Todo muy cani. Ocurre en cualquier espectro musical: los barrieros lucen sombreros de El Barrio; los sabineros bombines de Sabina; los metaleros son más heterogéneos, pero en suma visten el negro de los metaleros. Bueno, ¿y qué vengo yo a contar si esto es tan obvio? La normalidad nos hace uno, y viene con la moda, y la moda viene con la esperanza que está arraigada en la necesidad de cambio de las grandes sociedades. No sé quién es Nathy Peluso, ni si revoluciona un género o le da vida. Desde Rosalía, en España se manufactura bueno y bonito para las masas. Es fresco, original y atrevido. Que me maten si no lo reconocemos, ¿pero subyace algo? Bueno, si no tengo un Dios al que pedirle oxígeno, no tengo quien me defina el bien y el mal, pero como espectadores o acreedores de un fenómeno, qué menos que tirarnos al agua.

El trap y sus fusiones tienen una capacidad de influencia nunca vista antes porque es transversal. Parte de «la calle» pero acaba bailándolo una estudiante de último año de económicas junto a un ingeniero de caminos recién titulado que jamás ha paseado por la Fama. Aquí los tengo. No es un género que se haya vendido a las masas, es que de algún modo ya nace vendido. Hay dos grandes modelos, el de los Pxxr Gvng, que nace en la calle, crece un poco en ella y madura en los estudios de Sony; y el de C. Tangana, que nace, crece y morirá en Sony. Estas grandes casas ya no buscan un grupo o un sonido, buscan compradores. Este mundo ha mecanizado la trata de fans hasta un punto enfermizo. De la misma forma que se compra a los influencers, la apuesta que hacen las discográficas y las grandes marcas es devorar a estos músicos. Vuelvo al ejemplo de Rosalía. En ella se unen dos aspectos fundamentales: talento y un alma trapera que se asienta como su mayor filón. Solo hay que ver las visualizaciones de los vídeos con Refree, son miserables en comparación con el proyecto actual. Lo que interesa no es el talento de Rosalía, es si Rosalía hace trap, si habla con Pablo Alborán, si hace un directo en Instagram, es si Rosalía es capaz de mover masas.

Nathy Peluso desde el rap, el R&B, o lo que sea que mezcle en su guisote, es otra Calle Delicias del Monopoly, aunque modesta (esto es importante). Es el único concierto de La Mar de Músicas que empieza con retraso, y ahí están todos sus feligreses agolpados contra el balcón del Papa esperando un discurso se oiga o no se oiga. Le vengo diciendo a Diego que la organización va a pinchar este concierto. Es una plaza pequeña, los altavoces están demasiado bajos y no van a poder cubrir toda la audiencia. Así ocurrió. El pobre técnico se vio sobrepasado. Cientos de personas de pie a la altura de tres cajitas de altavoces. Entre que la Peluso no usa muy bien el micrófono y se aleja como si oliera a azufre, que le falta voz -hasta le pinchan playbacks- y que el técnico por narices tiene que aumentar la presión sonora para el público más alejado, fue un festival de acoples y silencios. Esto es un claro síntoma de no saber muy bien qué se está programando porque Nathy Peluso es un puto fenómeno de masas. Hay que usar Instagram, analizar las audiencias y el tiempo en el que se generan, su edad, su permeabilidad. De este concierto se podría haber sacado más crédito que de muchos otros haciéndolo en otro recinto como el CIM o una Plaza San Francisco, y sobre todo se habrían evitado los continuos comentarios de «no se oye, ¡qué puta mierda!». Pero bueno, era gratuito. Como para quejarse.

En mis notas apunto que empiezan el concierto bastante bajoneros. Ahora me doy cuenta de que no. Es que la banda cuenta con dos registros distintos. Uno latino y otro… que es un intento entre R&B, soul, blues y jazz. Algo que podría sonar bastante bien de no ser porque la banda es más mala que el cáncer. Lo único interesante sobre el escenario es ella, así que más le valdría pinchar bases y cantar encima como hacen los Chunguitos. Aun con esto, he de admitirlo: estoy flipando. Miguel dice que soy joven y me ha entrado por la bragueta, y, aunque no suele equivocarse, me gustaría puntualizarle. Esta mujer es una pantera. Con cada tema latino que interpreta le sale la vena salvaje. Es tan irreverente que asusta. Es emocionante, es visceral, sabe dónde atacar. Con Corashe o Estoy Triste se desgarra como la Yerma de Lorca ahogando a su marido. Se me eriza la piel viendo cómo sufre, cómo vomita rabia. El arte dramático se le queda pequeño. Le gusta estar sobre el escenario y sobreactuarse. Es tan latina, tan blanca, tan soberbia, tan sexual, tan asexual, tan burda, tan garrula… Me tienen hipnotizado todos sus símbolos y me los trago como un ganso al que le va a estallar el hígado.

Ciertamente todo es un pacto, su postura virginal y la puramente lujuriosa. Esto es: cuando coge el micro con las dos manos y reza, y cuando se azota su propio culo mientras dice «yo entiendo que diga que mi culo está muy bueno, ven y vos probame que te enseño mi veneno». No es un mal mensaje, ¿no? Aunque para considerar que una imagen en la que se representan hombres y mujeres no está discriminando a un género, considero que debe haber una igualdad en la sexualización de ambos. Esto en sus vídeos no ocurre. Solo hay tetas y culos femeninos en movimiento. Por unos segundos pensé que lo que menos me interesa es tu banana, acércate que te enseño katana era algo feminista. Algo así dicen, que hablar de esa forma y usar la sexualidad y la belleza femenina como se quiera, lo es. Yo tengo mis dudas. Pienso en el movimiento Femen y su inteligente sextremismo y se me hace complicado establecer una analogía. No obstante dice una cosa muy cierta Natalia Peluso: “El avance social reside en no importar si canta un hombre o una mujer. En no tener que preguntar cómo te sientes al triunfar en festivales siendo una de las pocas cantantes femeninas. A mí nunca me ha importado qué tenemos entre las piernas. La clave del éxito del movimiento feminista es conseguir que no nos estén recordando que somos mujeres y que hemos conseguido cosas”. ¿Seguimos “luchando” y añadiendo una moda a otra moda? Seguimos. En Esmeralda dice «con frío en las peras y en el pie un disparo, te desacredito, no pienses que te vas a quedar en mi cama apalancaito» para unos cuantos versos más tarde soltar «pa qué explicarte dónde vivo si tú eres mi casa pá». Supongo que tiene que ver con los dilemas internos de una típica relación amorosa donde se están luchando los roles y entra en conflicto el poder y la independencia. No sé si para ti, lector, también son valores de chichinabo muy alejados de una historia de amor sana. Pero mola este drama, ¿verdad?

Por un momento creo que el sol me ha dado un escalofrío, y no es eso: me pone la piel de gallina ver como una sola persona ejerce su poder sobre una masa que bota al unísono. ¡Es fascinante! Una tipa que sin saber cantar tiene a cualquier público metido en el bolsillo. Respiro marihuana durante todo el concierto. Bailo, grito, soy un pez nadando hasta que la Peluso grita varias veces: ¡Viva la música! Yo pienso: Qué coño, ¡viva el teatro! Nathy Peluso es una teatrera, y es alucinante en ello. Tanto que escuchando letras, voz y a una banda mediocres he disfrutado de un gran espectáculo. No todo va a ser ver conciertos.

Le pregunto a Diego qué hora es. Él me sonríe sabiendo que unas horas antes unos gitanos nos lo preguntaban antes de pasar a pedirnos cosas de valor. Así que le pido un trago de cerveza, dos euros y vamos a ver a Cécile McLorin Salvant. Esta mujer tiene un conocimiento profundo de lo que es el jazz. Se le intuye en la planta, en la barbaridad de recursos estilísticos que tiene. Es curioso estar viendo casualmente minutos después cómo Cécile también usa el teatro pero de una forma completamente distinta. Su concierto es una performance elegante de lo que canta. Embellece y explica a partes iguales. Yo estoy sentado en una silla en la zona chill del CIM sudando el concierto anterior. Tengo a una pareja bebiendo té helado en mi mesa. Disfrutan del concierto de una forma tan civilizada que da miedo. De repente me observo a mí mismo desde fuera haciendo lo mismo, incluso disfrutando de cómo secan las gotitas del té antes de beber, de cómo se acarician antes de hablarse para no molestarse. La guinda la pone un señor que nos pide permiso y disculpas para encender una velita dentro de un candil que tenemos sobre la mesa. No sé muy bien si este es mi lugar, pero desde luego  me siento cómodo. Canta Gracias a la vida. Gracias a la vida le doy yo por tener la oportunidad de disfrutar de espectáculos tan dispares en una distancia tan corta. Gracias a la vida y a Dios, gracias a La Mar. Por desgracia no me rompe el corazón con Oh My Love y Totó La Momposina va a empezar, así que nos vamos.

Entro 20 minutos a Totó mientras Diego me espera comiéndose una hamburguesa en el puerto. Se la he jugado. Por un error no cogí su acreditación y se está perdiendo el mejor concierto que hayamos podido ver hasta ahora. Después de recoger el premio La Mar de Músicas se cuela la tibetana Yungchen Lhamo y comparten un momento trascendental a capella de lo que, dice Totó, es la primera influencia de la música colombiana. Poco más vi que toda su prole bailando y embrujando El Batel. Una fiesta que tuve que abandonar con dolor.

 

Nos hemos vuelto cantando este es mi jazz latino una y otra vez. Nos reímos, y lo cantamos, y nos reímos. Y yo, sabiendo que tendré que escribirlo, empiezo a hiperventilar y me pregunto: *¿te hace falta corashe?*

 

Fotos del inconmensurable Diego Montana.

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