Morcheeba y Whomadewho: «¿A qué edad empezaste a fantasear?» [La Mar de Músicas 2018]

Muchas veces me acuerdo de lo que nos decía Jam Albarracín: si vais a tomar nota de algo que sea de un concepto, una idea, nada de particularidades, los conciertos son un conjunto y las ideas os llevarán a él. Esta frase es como mi botón del pánico. En ocasiones cuando me observo a mí mismo durante largos minutos escudriñar a un solo músico, pensar en un solo músico o mirar solo los gestos y las manos, la falda al aire, o el pie descalzo de un solo músico, se dispara la alarma y alejo el foco. Este mecanismo de defensa sirve para que, en conciertos como el de Morcheeba ayer en La mar de músicas, uno pueda decir: con 30 focos móviles sobre el escenario, ¿de verdad solo se podían hacer efectos sobre Skye Edwards? Las fotos dan cuenta de ello. Quizá se entienda así por qué volvió a la banda años después.

Recuerdo que mis tíos nos ponían Morcheeba a mis hermanas y a mí en los trayectos en coche Murcia-Caravaca, Caravaca-San Javier, San Javier-cualquier playa que no fuera el pútrido Mar Menor. Cuando me dejaba llevar tenía unos 13 años. Supongo que ellos también estarían descubriendo a la banda porque de un verano a otro pasamos del Who can you trust? al Big Calm, de ahí al Fragments of freedom para acabar en Charango y nunca saber nada más. Me imagino que a mis tíos, como a la mayor parte de los fans, no les gustó el cambio de Skye a Daisy Martey. Recuerdo todas las canciones menos sus títulos, recuerdo la oscura suciedad trip hopera penetrando en mis fantasías cuando algo tenía que recrear ante la ausencia de luz en mitad de una carretera en la noche. Eran parte de mis bandas sonoras de hora, hora y media hasta llegar a casa.

Morcheeba es, a veces, sexo oscuro y sanguinoliento.

No recuerdo a qué edad empecé a pensar en sexo. Horas antes del concierto, mi amigo Ángel Guirao me contaba que a los 13 años se excitaba con la idea de que la madre de su novia lo amamantara como a un niño. Yo le decía que no tenía esos pensamientos y él me exhortaba que era imposible que un preadolescente creciera sin haber pensado en los pechos de una mujer mayor –quiero entender que Edipo no participaba de estos encuentros–. No niego que yo fuera un ser sexual, eso late desde que por error tocamos nuestros órganos no solo para miccionar, niego la creación de una fantasía tan elaborada como para verme acunado chupando unos senos en la forma de adulterio pederasta más zafia que se me ocurre. Me pregunto entonces horas después cómo es posible que yo fantaseara con el sexo sin poner mi simiente sobre el tapete. Debía ser algo tan formal como la escena de Janet Leigh conduciendo con la mirada empapada hacia la casa de Norman, el loco que conservaba el cadáver de su madre putrefacto.

Skye canta frente a un ventilador de diseño que vuela su precioso vestido rojo sangre como la limonada. Se vuelve loca gritando blood y otras cosas. Y entre tanta tontería y tanto foco, coge a un niño en brazos y le canta una nana llamada Summertime. He escuchado decenas de versiones de esta canción sobre escenarios y en vídeos, pero Edwards es la única que ha dormido a un niño recién nacido entre cientos de personas casi tan bien como Harolyn Blackwell en Porgy and Bess–salvando las distancias–.

Su banda, la banda de ellos, Paul Godfrey y su hermano Ross, son sencillamente soberbios. Es absurdo hablar de su sonido propio porque es de lo único que no carecen. Los cuatro se quedan quietos ante el espectáculo de la diva, pero es tan cierto que sin ellos no hay Morcheeba como que sin ella no hay feeling. La indisolubilidad del matrimonio es el precio a pagar de gozar de un sonido auténtico.

Antes de Morcheeba tocarían Whomadewho y su majadería haría de un «teloneo» un concierto más animado y comunicativo que el de los británicos. Solo hay que verlos caminar y moverse sobre el escenario de esa forma tan sinuosa para acabar rendido a su electro-pop tan deliberadamente soft y naif que hasta un leve punteo de Telecaster destaca como la mayor subida de intensidad. Una estrategia, una forma de musicar con conceptos tan claros, que les sobra tela para vestir otro santo sin desvestirse ellos.

 

Fotografías cedidas por La Mar de Músicas (se me olvidó la tarjeta SD)

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