Me perdí en La Flota y sonaba Arctic Monkeys y encontré un cartel de un viejo ídolo: una historia de melancolía

AM

Miro el móvil y le pregunto a Asier si echamos otra. Él mira su móvil y dice que no, que mañana madruga. Cojo el plástico de la pizza y lo meto en la bolsa de plástico y cojo el litro y hago lo mismo y me pongo la chaqueta y miro por la ventana y está lloviendo y me pongo la capucha y Asier me acompaña hasta la puerta de su piso. Nos despedimos. Le digo: Bueno, tío, espero que no tengas pesadillas con Balotelli. Mi colega sonríe y baja un poco la mirada. Dice que nos vemos el viernes en Betunizer. Bajo las escaleras y rememoro mi gran victoria en el, indudablemente, mejor partido que hemos jugado esta noche. Argentina – Italia. Debo mi gran victoria a la aplicación de una táctica que he desarrollado durante el último año: toco el balón en el centro del campo. Pases horizontales. Sin peligro, sin movimiento, sin profundidad. Entonces saco un tema de conversación que exaspere a mi rival. Desempleo, Partido Popular, Facultad de Periodismo de la Universidad de Murcia…yo qué sé, hay mil. A continuación, dejo que mi lateral derecho suba. Le paso el balón a la altura de la línea de tres cuartos. Llego a la línea de fondo con Christian Maggio y centro y, cuando Asier se está cagando en los muertos de nosequién, Mario Balotelli se anticipa al primer palo y la empuja. BAM. 0-1.

Se me cae un auricular y me doy cuenta de que estoy sentado en las escaleras del edificio de Asier y de que me he reído como un maníaco. Me coloco el auricular y busco el AM de los Monkeys y pulso Reproducir. Salgo a la calle. Tiro la bolsa de plástico a un contenedor. Está lloviendo. No veo a nadie en toda la avenida de la Flota. Alex Turner canta I guess what I’m trying to say is I need the deep end, keep imagining meeting wished away entire lifetimes, unfair we’re not somewhere misbehaving for days. Llevo unos días revisando cronológicamente la discografía de Arctic Monkeys. Últimamente he escuchado varias sentencias sobre ellos, y necesito contrastarlas. Sacar conclusiones.

FRASES QUE HE ESCUCHADO ÚLTIMAMENTE SOBRE ARCTIC MONKEYS:

  • A ver, no es que no me gusten Arctic Monkeys, les tengo cariño y tal, pero me recuerdan demasiado a mi adolescencia. Es música para adolescentes. (Esta la llevo escuchando desde que empezó a brotar pelo bajo mi nariz; pero mola recordarla. Para saber en qué mundo vivimos y tal, digo).

  • A Alex Turner le ha dado por cantar como un viejo…tío, que tienes 30 años, no puedes cantar como si tuvieras 70.

  • Del 2000 al 2015 no ha pasado absolutamente nada: el trap es lo primero nuevo desde el grunge. (Esta no alude SOLO a Arctic Monkeys).

 

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La primera es una estupidez propia de una persona que recibe una paga del Estado. En 2016 puedes decir muchas cosas, pero no que Artic Monkeys sea música para adolescentes. A no ser que sigas viviendo en 2006. Joder, ni así: Whatever people say I am, that’s what I´m not marcó nuestra adolescencia, pero aquel no era un disco adolescente. O no solo adolescente. O no adolescente peyorativamente. Aquel disco era ser joven y descubrir todo. Quiero decir: si de la música para adolescentes -¿qué coño es eso, en realidad?- salen canciones como When the sun goes down, From the Ritz to the Rubble o A certain romance, YO QUIERO MÚSICA PARA ADOLESCENTES. Y todo lo que no sea eso significa ser un puto cadáver. Precisamente, si algo se puede criticar de los Monkeys es que después de aquel disco dejaran de ser jóvenes en tan poco tiempo. Humbug (2009, Domino) es el disco clave: dejaron de ser instantáneos y se volvieron oscuros. Su música ya no entraba a la primera. Habían crecido. Pero, ¿quizá demasiado?

Yo qué sé. Siempre me ha costado no comparar su trayectoria con la de The Strokes. Las dos bandas entendieron que no podían estar toda la vida haciendo lo mismo. La diferencia: a Julian Casablancas se le fue la traca y le dio por cantar en falsete y escribir sobre las estrellas. A Alex Turner…no. Lo dejó claro en A certain romance: no iba a cantar toda la vida sobre salir por Sheffield y tirarle a las mismas tías cada sábado. Tenía un plan. Encontró a Josh Homme y el sonido de los Monkeys se hizo cada vez más pesado en el buen –y a veces en el mal- sentido. Trazó una línea a seguir. El problema es adónde lleva esa línea. Arctic Monkeys tienen todas las papeletas para convertirse en un dinosaurio. Fíjate en Arabella. Todo pinta muy guapo hasta ese solo de guitarra absolutamente innecesario. Joder, ¿Arctic Monkeys metiendo solos de guitarra absurdos? Pfff. Es como si hubieran crecido demasiado. Solo espero que nunca den tanto asco como Coldplay o Arcade Fire. Dolería demasiado. Bah, estoy seguro. ¿Estoy seguro? Sí, estoy seguro: ARTIC MONKEYS TIENEN TODAS LAS PAPELETAS PARA CONVERTIRSE EN UN DINOSAURIO, PERO NUNCA DARÁN TANTO ASCO COMO COLDPLAY O ARCADE FIRE. Sigue lloviendo y me acabo de dar cuenta de que llevo media hora caminando en el sentido contrario al que debo ir.

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Así que estoy de acuerdo a medias con la segunda frase. Suena Mad Sounds. Me flipa Mad Sounds. Me revienta la cabeza esa canción de la escuela Velvet en medio de AM. Pienso en la tercera frase. Bueno, defíneme nuevo, rey. Tampoco lo tengo claro. Las bandas guapas guapas de la primera década de este siglo –The Libertines, The Strokes, Franz Ferdinand, Arctic Monkeys, The White Stripes, Black Rebel Motorcycle Club, los primeros Kings Of Leon (mil matices en esta lista, por supuesto)- recuperaron el rock de guitarras y volvieron a enganchar a miles de jóvenes a la magia de los tres acordes y esa forma de cantar que parece decir:

-Venga, venga, que tengo que contar esto.

-Tío, pero que no sabes cantar.

-Da igual. Venga, venga, que tengo que contar esto.

Y ESO HACÍA FALTA. Conozco a más de cien personas que le partirían la cabeza al típico amargado rechoncho y alopécico que lleva una camiseta del plátano de la Velvet y dice que la música de nuestra generación no es auténtica. Que me parta un rayo, típico amargado rechoncho y alopécico que lleva una camiseta del plátano de la Velvet, si Pete Doherty cantando que hay pocas cosas más idiotas que un inglés con una gorra de béisbol no es auténtico.

Recupero el rumbo y llego a Ronda de Levante. Mad Sounds me recuerda lo mucho que echo de menos a Lou Reed. Fíjate: nunca fui a un concierto suyo, nunca se pintó los ojos desde que yo nací, pero le echo de menos. Mucho. Sigue lloviendo. En una pared veo un cartel rosa. Aparece un tío con una guitarra. Leo el nombre y sigo caminando. El nombre llega a mi cerebro y me pregunto si de verdad he leído SYLVAIN SYLVAIN. Sí, he leído Sylvain Sylvain. JO-DER. Necesito información: el tipo toca la semana que viene con una banda que se llama The Trash Cowboys. Te cagas. En los cowboys de la basura tocan Sami Yaffa (Hanoi Rocks), Stevie Klasson (Diamond Dogs) y Chris Musto (Johnny Thunders). Madre mía. Me siento en la acera. Sigue lloviendo. Estoy empapado. Me doy cuenta de que la música de mi generación sí que tiene un componente nuevo. Me acuerdo de la pena que da la nueva banda de Marky Ramone y de lo bochornoso que fue el concierto de los Dictators hace dos años en Garaje y de la noticia que leí sobre los problemas de Cheetah Chrome para llamarse así en Facebook. Joder, cómo ha pillado el siglo XXI a esta gente.

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Me embarga una melancolía estúpida: echo de menos cosas que nunca han pasado. No vi a los Ramones en el CBGB ni a los New York Dolls cantando Personality Crisis en Musik Laden, pero extraño esos momentos. También extraño cosas del futuro, pero eso te lo cuento otro día. Mi generación es la primera que ha visto cómo esos héroes tocan fondo. Mi generación ha visto morir a Lou Reed y a David Bowie. Y eso es nuevo. Por simple cronología, no hay más. Con menos de 25 tacos, nos ha tocado ver caer a los nombres que hicieron que la segunda mitad del siglo XX sonara a rock and roll. Imagina el potencial narrativo de un tío con talento que se ponga a hacer rock en 2016 y se encuentre ese panorama. Imagina el potencial narrativo que tienen Ty Segall John Dwyer Kurt Vile Andrew SavageCourtney Barnett o Tim Darcy.

Arranco el cartel del concierto de Sylvain Sylvain y me lo guardo dentro de la chaqueta. Llego a casa. Estoy empapado. Saco el cartel y lo extiendo sobre mi escritorio. Suena Knee socks. Me siento en la cama. Joder, joder, no nos la líes, Alex.

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