Día 1| Marlon Williams, elza soares, Mon Laferte, Mayra andrade y pongo: «putos yanquis» [la mar de músicas 2019]

No hay nada como dejar de trabajar para empezar a hacer lo que a uno le gusta. Como alquilar una casa en Cartagena para escribir las crónicas de todos los conciertos de La Mar de Músicas con puntualidad y a diario, como si un jefe despótico te amenazara con bajarte el sueldo por tercera vez si no cumples una entrega. Así que aquí estamos, en el peor barrio de Cartagena –con permiso de Lo Campano– siendo recibidos a gritos por un hombre que cree que somos de Ohio. La culpa la tiene mi yo adolescente que por miedo a perder su privacidad puso en Facebook «nacido en Cliffton, Ohio» en vez de en «Murcia, El castillejo». Y aunque me llame Javier, hable un perfecto castellano y tenga la tez de un moro, el mentón de un judío y los pecados de un castellano, el tipo me calza una hostia sin saludar y advierte que odia a los putos yanquis. El último que estuvo se fue en mitad de la noche. No sé cómo, pues tuvo que superar las altísimas medidas de seguridad de la casa: una pala de madera que sujeta la puerta, el único muro entre nosotros y la codicia de los gitanos.

Pongo toca a las ocho de la tarde. Dice Miguel Tébar que a esta hora debería estar tocando Mayra Andrade y la angoleña de madrugada en su lugar. Yo creo que le pega más un chiringuito de playa tipo Arenal Sound, para que toda esta gente que baila alocada se pueda revolcar por la arena. Lleva un set funcional: dos tipos vestidos con camisa de cebra tocando baterías electrónicas. De fondo y para que nada se vaya de madre, una secuencia por ordenador que le hace voces y algún instrumento que armonice el árbol navideño con algo más que hojas. Solo esto le hace falta para desgañitarse mientras sus pulmones –y alguno más que debe haberle robado a la oro olímpico, Faith Kipyegon– oxigenan los saltos, bailes y follow the leader que se pega. Divertido, enérgico y revitalizante pensar cómo este dance-pop-kuduro-africano podría quitarle el pódium a las pistas que corona el electro latino. 

Este año, Diego teme que lo esté llevando a ver al Canijo de Jeréz en vez de a Marlon Williams. No lo culpo. El año pasado pusieron el listón bajo con El niño de la hipoteca. Me imagino que ese día lo pillaron de domingo por Cala Cortina, si no no se explica que fuera su recambio, porque la distancia entre espectáculos es de dos o tres veces la ruta de las especias. Esta vez sí tenemos a Marlon Williams, un muchacho llamado a ser un nuevo crooner. Un tipo al que no le interesa lo más mínimo. Madera tiene, de palosanto si me aprietas, pero se la suda. Tendría que haber empezado por no componer ese once ideal que es Make Way for Love. Lo solemne lo hace chistoso, lo chistoso solemne. Así empieza, con una serie de canciones con su acústica y una banda lenta que atisban un descalabro, pero no. Si te vas no te enteras, y solo querer irte merece que mi casero te calce otra hostia, no por extranjero, por gilipollas. Cierto es que presentar un tema como Can I call you mofándose de lo triste que es demuestra inseguridad o mala oratoria, y dudo que con las tablas que maneja sea lo primero. A ver, la mujer más atractiva de Cartagena me asalta elogiando mi melena y yo lo único que respondo balbuceante es: ttutú también tienes un pelo muy bonito… Imagino que fue peor. Eso es LA inseguridad. Transformar las canciones a su antojo, tiempos, arreglos y estructuras es pedir el número de teléfono. Al grano. Si Marlon no quiere ser crooner Dave Khan (guitarra) no quiere ni sonar bien. El tipo parece el sicario que aparece desde la primera escena en una película de mafiosos y no habla ni se carga a nadie hasta la última. Eso sí, cuando abre la boca te chupa la vida y echas espuma por la boca como en esa joya de Bruno Dumont que es Hors Satan. Parecen empeñados en eso, y cuanto peor intentan sonar mejor les sale, y cuanto mejor les sale más se envalentonan, más rudos se vuelven, más distorsionan, más agitan. Puro punk. Si me descuido le doy una patada a la mujer de delante, de mi izquierda y mi derecha. Me pongo en pie y corro desesperado, necesito un pogo, restregarme con alguien incluso pegarnos. Por momentos Marlon parece que no puede cantar mejor. Baja del escenario y termina el concierto en apoteosis con I didn’t make a plan y le digo a Diego, por Dios, que el bis sea When I was a Young girl. Hasta hace tres días no había reparado en ella y pensé que si no era esta canción ninguna podría removerme las entrañas esta edición. La interpreta al dedillo. Magno, poniendo cada letra en su sílaba. Un flamenco le diría que no vale, que no ha improvisado, que le ha faltado coraje, y tendrían razón. Ha vuelto a hacer lo que lleva haciendo todo el concierto: no tomarse en serio lo serio. Quizá por eso no pueda ser un crooner, porque ha venido a divertirse de verdad.

Escribía Santini Rose en su lista de discos de 2016 a propósito de A mulher do fim do mundo: «Fresco, agresivo, pasional, extrañamente canónico y vanguardista al mismo tiempo, este álbum parte de una óptica punk –ese espíritu punk que derrochan los viejos molones que están por encima del bien y del mal». Por esta frase nos hemos subido la cuesta del Parque Torres en zancada y media. Cuando llegamos el escenario está invadido por decenas de personas. Han preparado un emotivo homenaje a Paquito. Me aferro a la butaca y miro al mar. Tantas veces he admirado este auditorio repitiendo el mismo gesto, perdiendo la vista. La importante no reside en los lugares si no en los que los saben ocupar y este hombre llenaba algo más que una ciudad. A todo esto, sacan una lona y empiezan a montar algo sobre unas tarimas del escenario. Es el trono de Elza Soares con Elza incluida. Ya vamos con retraso y la voz no aparece, lo cual permite escuchar cristalinamente cada acople. La banda está en su sitio, pero los volúmenes andan buscando guíscanos en un día de sol. Desde que un compañero técnico me dijera: «no seas duro, te podría pasar a ti» trato de relativizar. Así que empiezo a pensar que el problema es mío. No la oigo. ¡¿Me he quedado sordo?! Creo que no, porque en las presentaciones entre canciones parece que se ha subido a hablarme al oído. Así que uno va atando cabos. Está sentada en el sillón de la pata rota de Axel Rose. Es como ver a la madre de Norman Bates a través de la ventana. A la cuarta canción el enfermo va cogiendo color y los dos diamantes que son A mulher do fim do mundo y Deus É Mulher empiezan a brillar. Se manifiesta ese sonido circense, a veces terrorífico, duro, caliente como las tripas, húmedo como la mano de Caronte, y por qué no decirlo, un poco freak, pero no del malo, sino del de la guitarra de Captain Beefheart. Sobre él bailan y cantan dos saltimbanquis que salen desde el inicio como muleta de la cadera –y voz– de Elza que aunque a veces resurge con la fiereza que le caracteriza, no es lo que era.

Debe ser difícil adquirir la consciencia de que has creado y compuesto un proyecto rompedor a una edad inaudita, pero eres la única que no puede defenderlo en directo. No debe ser fácil claudicar, aunque ¿no son las mujeres fuertes y valientes las que saben cuándo hacerlo? Esta lo es, solo hay que examinar su carrera. Antes de llegar al final de su concierto le cortaron el sonido y le encendieron las luces. No aventuraré a quié se debe, pero dolió verla intentar hablarle a un micro apagado que por otra parte tampoco sonó mucho el resto del concierto…

Es complicado escribir cuando tienes a un hombre gritando desde el tejado con una antena en la mano que le pregunte a su de su mujer si ya se ve la puta televisión, o gritando porque no puede limpiar el fondo de la piscina sin removerlo to’, o porque todos los periodistas son unos hijos de puta mientras te agarra fuertemente del brazo y te das cuenta de que no dice “los periodistas”, sino “vosotros los periodistas” [aunque tiene un corazón enorme, tanto que acaba invitándonos a una carne en salsa que ha hecho él mismo]. Pero el concierto de Mon Laferte merece enfrentarse a esas pequeñas distracciones. No esperábamos demasiado. Un proyecto joven que sonoramente va de menos a más, que explora desde la salsa, a la cumbia, que a veces recuerda a Los Zafiros, que por desgracia tiene un efecto embudo en cuanto a inventiva poética –hasta el peor bolerista le canta a algo que no sea el amor–, pero que una vez aceptado ese trato te regala litros de espectáculo. La chilena es más lista que nadie y sabe que con esos cuatro muchachos y la Nati puede sonar a big band. Ella, exultante, maneja a la perfección códigos latinos como la rima y el humor dentro de un contexto dramático. También se suma a la moda, busca el sonido trapero pero vuelve corriendo al paraguas de papá mambo que le queda como un guante. Cómo no, con esa garganta hasta rapear le sale. Una suerte de concierto que un hombre que me encontré en el baño se tuvo que perder porque se llenó las manos de jabón y el agua de los baños del Parque Torres estaba cortada. Saliendo escuché en el eco “me cago en tus mueeeertoooossssss, Chile”.

La sorpresa final vino de Mayra Andrade. Honestamente, es la primera vez que la escucho así que hago uso de los conocimientos de otros. Paco se fue perdidamente enamorado a verla a Portugal. Aunque tras este último disco, Manga, que gira radicalmente al pop moderno, si tuviera que coger el coche igual se iba a la Manga del Mar Menor. ¿Dónde está la sorpresa? Pues que trajo algo guapísimo. Suena hiper producido, con un beat potente y conceptos urbanos. No hay cavaquinho, pero sigue habiendo brillo y sobre todo un ritmo constante. Hasta se marca un solo de vocoder a lo Daft Punk. Todo iba bien hasta que corrió la misma suerte que Elza Soares pero esta vez entre pitos y abucheos que finalmente acabaron en reanudación.

Lo confieso. No sé bien cómo terminar esta crónica, son las 17:30 del segundo round, llevo todo el día escribiendo y parte de la noche anterior; así que he tenido la maravillosa idea de que Diego concluya el texto mientras yo me ducho, esto es un poco raro, hablo en primera persona, pero yo no soy Javi. Es tarde, a las 20:00 toca Lorena Álvarez y no podemos perder más tiempo. Oh, vaya final.

Hasta mañana corazones.

Fotografías de Diego Montana

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