Los Malinches en Musik: Pero Rasputín, muchacho

No está lloviendo. La misma historia toda la puta semana. Me levanto, meo, pongo a Bobby Womack, entrelazo los dedos, estiro los brazos, me suenan huesos que ni sabía que eran míos, introduzco el índice derecho en el mismo agujero de mi nariz y satisfago su vocación minera, engullo un paquete individual de galletas Dinosauro y, con los triceratops 65%-cereal-enriquecido-con-siete-vitaminas aún asomando bajo mi bigote, grito: ¡Qué solanero, nene! En qué momento. Toda la semana lloviendo. Una lluvia tranquila, sosegada. Y yo sé que no es un drama, pero me ha tocado los huevos. ¿Es que en esta ciudad ahora llueve como en las ciudades serias o qué? Me ha tocado los huevos.

Lo recuerdo cuando me quito la chupa y la dejo en uno de los barriles de cerveza reconvertidos en mesas que te abordan a cada rato en el Musik. Se ve que sigo negando con la cabeza. Mi colega Ángel me pregunta qué me pasa. Le digo ¿eh? y repite la pregunta y le contesto si no cree que los barriles de cerveza reconvertidos en mesas son el punto álgido que las palabras DISEÑO y ESTÉTICA alcanzaron en este antro. Se encoge de hombros, señala el escenario y dice: Están guapos, tío. Y la verdad es que sí: están guapos. A cinco metros, Los Malinches están presentando su primer largo. Lleva por nombre En el agua y edita Groovie Records. El concierto está enmarcado en la primera edición de Trémolo Club, el circo itinerante que (parece que) van a montar de vez en cuando, sin murgas, sin calentamientos de cabeza, los tunantes del templo de la calle Trinidad.

Los Malinches suenan vacilones. Es como si estos cuatro zanguangos fueran los pipas de la última sensación del indiestream y hubieran escuchado al cantante de la banda decir: Bueno, sí, al final la música que hacemos es la que nos sale, ¿sabes? No es premeditado, hay algo de garaje, algo de surf, algo de psicodelia…Entonces, uno de ellos, seguramente el Charro, suelta los bártulos y coge al tío de la pechera y le dice: Pero a ver, Rasputín, ¿tú sabes de lo que va el garaje, el surf y la psicodelia? Y el otro no lo sabe y el Charro y los otros tres se lo tienen que explicar. Y sé que es el Charro el que coge al Rasputín de la pechera porque, joder, míralo, ahí, en medio, con la batería, redefiniendo el manspreading, cantando, pensando en el Rasputín y riéndose como solo te ríes cuando sabes que te estás meando en un gilipollas.

Apuro el quinto. Pasa por delante un tío con una guerrera molona y un afro de haber conocido a Andy Warhol. Le toco el hombro y le digo: ¡LOU REED! Lo digo emocionado, porque siempre he pensado que si Lou Reed hubiera vivido en Murcia se habría pasado las noches en el Ítaca, pidiendo quintos y diciéndole al viejo del pelo blanco: El bar este que tienes montado es la mayor mierda que he visto en mi vida, ¿por qué no lo cierras? ¿Es que eres tonto o qué? Y no, va Lou Reed y se viene al Musik a ver a Los Malinches. El tío se ríe y yo le veo en las muelas trozos del coño de Nico y dice: No, no soy yo. Qué putada. Esta ciudad me va a matar a disgustos. Me señala. Dice: ¡Jimi Hendrix! Le digo que sí, que soy yo. Se larga. Soy incapaz de ver a Los Malinches y no pensar en Galleta Piluda. No solo es que sean la mitad de esta banda (el Charro y Reverendo Vinny, impertérrito tras las teclas) y que estén, casi a la fuerza, hermanadas: es más profundo. Como si Los Malinches legitimaran a Galleta Piluda. Me refiero al grado de conocimiento de una movida tan concreta  -garaje/surf psicodélico sesentero de México pa’ bajo-, la forma de entenderlo, la consciencia de saber que esto no va de copiar un sonido, la personalidad para transmitirlo y transformarlo en canciones que van a convertir tu resaca de mañana en antológica.

 Hay un tío vestido de verde que me invita a cerveza. No parece peligroso. Mi culito podrá dormir tranquilo una noche más. Creo. Me pasa su quinto cuando necesita las dos manos para su baile. Y yo lo entiendo. Lo entiendo y aprovecho. El cabrón lleva la espalda llena de polvo. Se lo sacudo y dice que es de apoyarse en la pared. Pongo mi sonrisa de cómo-te-entiendo-hermano-me-paso-la-vida-apoyado-en-paredes. Los Malinches se despiden. Ahora pinchan los flautistas del viejo Trémolo. Las ratas les seguiremos. Tengo el cuerpo golfo. Pienso que tiene que hacer un tiempo de la hostia. Noche despejada, como mínimo. Se lo digo al Ángel. Le doy un abrazo y le digo: ¡Qué buena noche hace, nene! Salgo a mear. Aprovecho y me asomo a la puerta. Sigue lloviendo. Toda la puta semana igual. Antes de darme la vuelta, me fijo en los ojos de los porteros. Son ojos de asesinos reformados y dicen ¿Vas a hacerla ya, hijico? Me dan ganas de decirles que con este tiempo no hay quien la haga negra.

De vuelta a la sala, me cruzo con el tío de verde que me invita a cerveza y no parece peligroso. Dice ¿Qué pasa, tronco? Yo le contesto que nada, que sigue lloviendo. Se saca el móvil. Dice: Yo me voy, que mi novia se va a enfadar conmigo. Asiento. Me coloca la pantalla a un palmo de la nariz y veo una conversación con alguien llamada Gorda. Gorda acaba de escribir: No decías que ibas a volver pronto? Le digo al tío de verde que se apure, que todavía se puede ir a dormir sin follones. Asiente y sonríe, como si acabara de recibir un consejo. Se larga. Yo llego a la barra y trazo un plan. Todo parece indicar que lo más sensato es no salir de aquí hasta que haya una noche despejada. O un sol cegador. Las dos me valen.

Santini Rose
Santini Rose
Soy periodista. A veces me meso la barba y las personas a mi alrededor creen que estoy pensando en algo muy profundo. Cuando hay personas a mi alrededor, quiero decir. Por cierto, están guapas esas presentaciones en las que uno habla de sí mismo en tercera persona, ¿sabes cómo te digo? rollo: Santini nació en la murciana aldea de Fuente Librilla allá por 1992. Hijo de maestros, demostró desde muy pequeño...ese rollo. Qué risas. Otra cosa: si sabes algo de Pedro, el pescador mellado de La Manga al que no dejan entrar en ningún bar, ponte en contacto conmigo. Le echo de menos.

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