Los Bengala en Sala 12 & Medio: Estimulantes como un tanga de leopardo sudado

Estoy con Ginés y Chemi en la caravana de este último haciendo tiempo para el concierto. La sensación de recogimiento y de estar amparados por lo único que puede protegerte en este país (la propiedad privada) nos hace beber con una seguridad que las aceras de Mariano Rojas están muy lejos de poder ofrecer. No hay Coca-Cola ni hielos; los tapones de J&B bajan por la garganta amortizando bastante la relación tiempo-movimiento de glotis-efecto de embriaguez. Cuando han pasado unos quince minutos de la hora de comienzo nos encaminamos a la 12 y Medio. En la puerta nos encontramos con Santos, Ángel, el Montana, el Guiri y su novia; las posibilidades de diversión y de acabar recibiendo una hostia se equiparan. La cosa pinta bien. Entramos.

Están tocando Mona Luisa, los teloneros. La cantidad de público es bastante aceptable. Mi colega Chemi se acerca y me pregunta si acaso quienes están tocando son La Oreja de Van Gogh. A mí, nada más oír media canción, me han recordado a Los Fresones Rebeldes, pero entiendo a qué se refiere. No son malos instrumentistas. Seguramente ensayarán todas las semanas. Teniendo en cuenta que hacer una canción no es cosa baladí supongo que tienen su mérito. A ninguno de los seis zánganos que vamos juntos nos convencen, pero tampoco es que nos apetezca aburrirnos, así que empezamos a bailar efusivamente y a corear con uh-oh-os. Intento concentrarme mentalmente en Loquillo a ver si consigo mimetizar esos movimientos suyos que pretenden ser solemnes y acaban resultando ridículos. Creo que lo estamos consiguiendo: bailamos justo frente al escenario con una entrega tan aparentemente sincera que no podemos mas que estar dando vergüenza. Alguna gente nos mira entre divertida y reprobatoria. Llegamos al final del concierto con la misma actitud.

Turno de Los Bengala. Chemi me pregunta si son del rollo de los que acabamos de ver. Lo tranquilizo. Aparecen Borja Téllez y Guillermo Sinnerman en el escenario y empiezan a tocar rock and roll muy rápido. En cinco minutos ya nos hemos chocado con la mitad del público. Qué tablas tienen los cabrones. Lo más obvio al ver a un dúo de Garaje Rock es compararlo con The White Stripes, pero sería injusto: Borja Téllez, además de pulirse técnicamente a Meg White (meta realmente alcanzable para cualquiera que consiga sujetar dos baquetas), es uno de los baterías con más actitud que he visto encima de un escenario. Y ver a un batería que cante y consiga atraer el sesenta por ciento del protagonismo de una banda es bastante estimulante. A las pocas canciones ya está con el pechico al descubierto y ha encarado al público varias veces. Guillermo Sinnerman rasga aceleradamente esos acordes abiertos sobre los que está asentada la mitad de la historia del rock. Sin demasiada floritura. Pienso que con esa camiseta de leopardo tan ceñida tiene que estar pasando calor. Pero acto seguido le veo apretar bastante la mandíbula y concluyo que seguramente no se esté dando mucha cuenta de la temperatura. La gente está demostrando que eso de liarla entre el público no es solo cosa de los conciertos de punk antisistema. Estamos sudando.

Mi colega Ginés me hace ver que sería adecuado que dejara de pegarle tragos a los tercios de los demás y pusiera yo algo de mi bolsillo. Escarbo. Encuentro dos euros. Realizo una colecta con los demás y voy a por un kalimotxo. Mientras espero en la barra tocan Salvaje, una versión de Los Saicos que aparece en su último disco, y pienso en que las canciones que más me están llegando son las que tienen un aire más ye-yé. Verlos vociferar esos ohhhhhs tocando a todo capullo es gloria bendita. Pienso que es ridículo diferenciar que parte de su discografía está más presente en el concierto porque tienen dos discos y no es que en el segundo se hayan ido a buscar influencias a la India precisamente. Suena Jodidamente loco cuando el concierto está cerca de acabar y es la más coreada. Supongo que porque será de las primeras que aparecen en youtube. Borja ya lleva un rato en calzoncillos y ha dicho algo así como que a él unos murcianos no le vacilan. Guillermo se sienta en la batería y empieza a darle al bombo mientras se marca un blues a la vez con la guitarra. Se oyen varios qué máquina entre el público. Termina el concierto y en la puerta nos dividimos entre los que van a bajarse al centro y los que nos vamos a quedar por Mariano. No sé porqué pero me viene a la cabeza la imagen de Guillermo Sinnerman intentando quitarse la camiseta de leopardo y descubriendo que la tiene pegada al cuerpo.

Fotos del intrépido Diego Montana

Daniciruelo
Daniciruelo
Estudié periodismo en la Universidad de Murcia, lo cual tampoco es que diga demasiado a mi favor. Canto en los Dos Ciruelos Descomunales, esa banda de rapcore del campo de Cartagena, lo cual creo que tampoco dice demasiado a mi favor. Me gusta escribir. Y la música, y la literatura y el cine. A veces escribo sobre ellas o sobre otras causas menos nobles. Ah, y nunca he colgado a un gato de una higuera. Un saludo.

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