Locus Amoenus

tractor

Gozo de la vieja y medicinal costumbre de salir al bosque que por mis tierras llaman Bancal de Aparicio. Digo que tengo el anciano ―jovial, fresco, urbano―hobby de salir al campo al atardecer, pero no adelantando un pie tras otro, como hacen los enfermos de colesterol y triglicéridos, sino sorteando las curvas mareantes y sufriendo leves paradas cardíacas cuando las ruedas trompican de súbito por los jodidos baches de los tractores.

Aparco al principio de una senda que abandona el asfalto de la carretera y que se adentra, o sube, al corazón neblinoso del monte. Los troncos secos se espigan hacia el cielo como postes de la luz. Hay los que se revuelven en un giro atlético de discóbolo; hay los vetustos que se desgonzan por la edad y van declinado año tras año hasta convertirse en puentes de ningún arroyo. Entre la frondosidad respiro hondamente el olor a pino; succiono el aire y los orificios nasales se me ahuecan tal cual la entrada a dos cuevas. Antes de caminar, me tumbo chafando el capó por mis arrobas de más.

Como nunca me concentro para echar un clis ―que así llamamos en mi tierra a lo de dormir cinco minutos―, desbarato pronto cualquier amago de sueño por si acaso las alimañas decidieran arrimarse y roerme sin darme yo cuenta. A mi entrañable paisano Román Paladino le empezaron las hormigas por el gemelo en un camping cuando se quedó torrado. Siempre que recordamos esto, Román Paladino, para alejarse de su historia, evoca otra anécdota de otro amigo común a quien le picó un abejorro en la punta del haba no diremos en mitad de qué trance.

Apuesto a que mis grasas están caras en el reino animal. Mi apreciado Román Paladino es enjuto y no sé cuánto costarán sus cueros en el reino animal. Mi fiel Román Paladino es urbanita pero a veces gusta de arrimarse por estos pinares y cazar algún guíscano en cautiva soledad. En esta zona tenemos el níscalo vinoso, rebollón o, como a mí más me gusta, el borracho. A este género los catalanes le llaman rovelló, vinader o esclata sang. No quiero ser plúmbeo con tanto dato. Esclata viene del verbo esclatar, y esa palabra la tenemos en mi pueblo heredada de algún célebre emigrante. Todavía la usan las madres cuando sus hijos pequeños se ponen histéricos: Te voy a dar un esclate en el culo como no pares con el azogue.

Vuelvo al coche cuando las piñas empiezan a crujir. Con innecesaria perentoriedad me cruzo el cinturón, que se me endurece y remolonea hasta que lo clavo con violencia. Enseguida meto marcha, acelero, derrapo, dejo unas huellas industriales en la tierra y me largo al pueblo. Al compás de la vihuela que se oye cerca del salpicadero, miro de reojo el retrovisor y atrás va quedando un cielo que tiene el color de las granadas. Los que habitan estas laderas van encendiendo sus luces amarillas de noviembre. Román Paladino vivió un tiempo por estos montes. Cuando le muestro una foto del Bancal de Aparicio, el tío me arrebata el móvil nerviosamente y expande la imagen hacia los setos con las yemas del índice y el pulgar. ¿Trae a ver? Me dice Paladino. Las chimeneas eructan las primeras bocanadas grisáceas de la lumbre. Los perros ladran en la lontananza. Yo les dejo un rastro humeante tras mi tubo de escape. Por estos lugares amenos nos saludamos así, casi sin mirarnos los ojos. A lo indio.

Antonio F. Jiménez
Antonio F. Jiménez
Antonio F. Jiménez gasta un 46 en cada pie y tiene algo de anticipada tonsura. Nació en una fecha llena de doses y ha vivido casi siempre en un pueblo al que le agradecerá eternamente su abrigo y helor. Hizo lo de periodismo. De cuando en cuando hace de gacetillero. Lee acostado, con lo cual suele acabar besando los libros. En cuanto al futuro, lo deja en manos de los agoreros.

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